Uno de los principales desafíos que enfrenta el Estado Peruano es construir servicios públicos eficientes que respondan de manera oportuna a las necesidades de los ciudadanos. En la lista de urgencias nacionales destaca la salud, un derecho social y un servicio clave para el desarrollo humano.Nuestro sistema de salud está fragmentado (Minsa/SIS, Essalud, privado, Fuerzas Armadas), funciona con lógicas, presupuestos e infraestructuras separadas y con poca coordinación entre sí.

Si bien el registro administrativo del Seguro Integral de Salud reporta una cobertura superior al 97% (OCDE, 2025), las encuestas de hogares (INEI) muestran que menos del 77% de la población accede efectivamente a algún seguro de salud (Enaho, 2024). Esta es una de las principales paradojas del sistema de salud peruano: tener cobertura de seguro no garantiza la oferta real de servicios ni una atención oportuna.La brecha entre el derecho a la salud y el acceso a los servicios públicos es especialmente grave en los sectores más pobres y vulnerables, sobre todo en contextos rurales e indígenas.

Las condiciones en los establecimientos de atención primaria son precarias. Los recursos (hospitales, camas, equipos especializados) tienden a concentrarse en la capital del país, generando desigualdades territoriales en el acceso a la salud.Si entendemos las políticas públicas no solo como instrumentos técnicos y presupuestales, sino como una forma de relación entre el Estado y la ciudadanía, ¿qué nos dice el deterioro del sistema de salud pública y la situación de los servicios realmente existentes en los sectores más vulnerables?

Precisamente, la respuesta a la enfermedad desnuda las desigualdades de acceso a servicios de salud, como se evidenció durante la pandemia.Estas son algunas de las preocupaciones presentes en la vasta obra de Carmen Yon Leau, referente de la antropología médica peruana, quien llevó a cabo aportes fundamentales en salud sexual y reproductiva, género, interculturalidad y desigualdades. Junto con sus investigaciones realizadas en el Instituto de Estudios Peruanos, Manuela Ramos y claustros universitarios, el legado de Carmen Yon vive en las generaciones de antropólogos, a quienes formó con rigor intelectual y compromiso por el país en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.Las investigaciones de Yon han sido claves para comprender la salud, la enfermedad y el funcionamiento del sistema sanitario desde las vivencias de las personas.

A inicios de este milenio, su libro “Hablan las mujeres: preferencias reproductivas y anticoncepción” (2000) constituyó un aporte pionero para entender las decisiones reproductivas de mujeres rurales quechuas y aimaras, evidenciando su agencia y conocimientos. En una de sus más recientes publicaciones, “La voluntad de hablar: antropóloga médica y paciente en tiempos del COVID-19 en Perú” (2025), Yon convirtió su propia experiencia como paciente oncológica en evidencia científica.

Inspirada en Audre Lorde (“el silencio nunca ha traído nada de valor”), este texto ilustra la valentía, coherencia y gran sensibilidad que caracterizó la trayectoria intelectual de Carmen Yon.El debate público sobre salud suele enfocarse en cifras y metas de cobertura. La obra de Yon nos brinda dos lecciones para mirar más allá.

La primera: que las políticas y programas de salud que ignoran las voces y las experiencias de las personas terminan siendo ineficientes y pueden reproducir las desigualdades que buscan combatir. La segunda: evaluar la salud pública desde el costo-beneficio y la efectividad es útil, pero no suficiente.

La justicia también es un criterio relevante. El legado de Carmen Yon nos motiva a construir un sistema de salud que no solo sea eficiente, sino también más humano.*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones.

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