Ignacio Mejías, el protagonista de esta audionovela, inició su vida entre las mafias por una pequeña apuesta que casó en un partido de liga con una mujer llamada Marcela Noguera, quien le tendió aquella primera trampa y luego lo involucró en asuntos más turbios y más pesados. En este capítulo presentamos la historia de aquel primer partido, la de la apuesta que selló el futuro de nuestra protagonista y su monólogo sobre lo que significaba para él futbolear, dicho y jadeado y peloteado entre los muros del confinamiento en el que terminó.

Noviembre 13, 1993Vamos a futbolear, decíamos en el barrio todas las tardes, y los sábados y los domingos, y a veces por las noches de luna llena o cuando el bombillo del poste de luz de la esquina funcionaba. Futboleábamos en zapatos de calle o en zapatillas de lona, con botines casi como los de los profesionales, tacos de madera y punta como de acero, o descalzos si hacía sol.

Pavimento, pasto, tierra, barro, losa, cemento, futboléabamos en donde fuera. Solo necesitábamos un espacio y que no hubiera carros, que no pasara mucha gente, que los perros nos dejaran en paz y que las señoras a las que les rompimos los vidrios de sus ventanas una que otra vez no llamaran a la policía.

¿Que si lloramos alguna vez? Seguro, pero de la rabia por haber perdido, de la ira por habernos botado un gol, de la pena por haber decepcionado a los amigos.

Porque aquellos sí que eran amigos. Para las buenas o las malas, que eran las buenas y las malas futboleando.

¿La vida seria? O sea, ¿aquella otra vida que estaba por fuera de nuestros picados y de la apuesta por la gasesosa y el pan?

Esa era un simulacro. Pantomima.

Ensayo. Farsa.

La vida, la vida seria, importante, trascendente, la que contaba, la que era y con la que nos íbamos a dormir y nos despertábamos a la mañana siguiente, la que pintábamos en los cuadernos, la que escribíamos, incluso en principios de ensayos de poemas, a la que le apostábamos, era la que sucedía mientras futboléabamos, y en fin, en últimas, la que recordaríamos y recordamos.Futbolear. Dícese de la acción de darle patadas a una pelota, o de jugar con una pelota, y también, como una pelota.

Yo futboleo, tú futboleas, él futbolea. En la acción de futbolear, todos podemos ganar, y buscamos ganar, quién no, pero indefectiblemente, todos perdemos, porque en el futbolear está intrínseca la acción de pelotear, y por lo mismo, de estar abocados a que la pelota vaya para cualquier lado, como acá y ahora.

Pum-pam-pum-pam. Dirán los muy estudiosos y muy cuadriculados que las pelotas no van a cualquier lado, sino que se dirigen hacia el lugar al que son enviadas según unas lógicas reglas físicas.

Todo lógica, todo medible, todo previsible. Y sí, en términos precisos, todo eso es cierto, como es cierto que cuando un balón rebota acá o allá, la superficie y el estado de esa superficie ejercen un efecto sobre la pelota que la hace llegar a tal o cual destino.

El pie de un futbolista, o de un jugador de barrio, o mi pie, o el de una vecina, o el de mi carcelero y el de su jefe, son superficies. Aunque se muevan, corran o caminen o frenen del todo, aunque se fortalezcan, se vistan de cuero o de seda o se desnuden, siguen siendo superficies.

He ahí el dilema. El estudio de los estudios, y el entrenamiento de los entrenamientos, es dominar tanto y tan bien el pie, la superficie, que uno logre determinar hacia dónde va a salir el balón con exactitud.

Y luego, analizar y superar también un montón casi infinito de obstáculos que en un alto porcentaje está en movimiento, es decir, los rivales, e incluso los compañeros y hasta el árbitro, el viento, las posibles lluvias. Ya sabemos, muy bien sabemos que eso es prácticamente imposible.

Es mejor decir que existe la suerte, que el azar nos gobierna, y achacarle a la bendita y maldita suerte la responsabilidad de lo que ocurra. O sea, entrar en la definición más amplia de futbolear, que incluye el juego y otros juegos, las excusas, el manejo de la imagen, de la tribuna, de los medios de comunicación, de los contratos, de las apuestas, de la política, y de esa multiplicidad de factores, causas, que se entretejen antes y después de un partido de fútbol para que un resultado se produzca o no se produzca.

Futbolear, que desde un lado es como decir trampear, estafar, engañar… Y en fin, jugar bajo unas reglas que a veces ni siquiera conocemos, pero que son las reglas del juego, y que se fueron construyendo poco a poco, de campo en campo y de oficina en oficina, y desafiar esas reglas con las leyes del barrio y de la pelota, que son las leyes no escritas del futbolear. Quien no engaña en el juego no gana.

Futbolear, el arte del engaño. Yo le insinúo a usted que me voy a ir por la derecha, pero no.

Freno y me voy por la izquierda, y usted queda, como dicen, desairado, a comprar dulces. Yo corro tres metros hacia el fondo de la cancha y usted me cree, pero cuando mi compañero me va a dar la pelota, y eso lo sé por las leyes subterráneas del engaño que hemos acordado en el equipo, me detengo y pego un carrerón hacia mi izquierda, a donde él me la va a dar.

Futbolear es saltar cuando usted cree que me voy a quedar quieto, futbolear es silbarle a mi compañero para que usted crea que ese silbido significa algo. Futbolear, en últimas, es esquivar la ley del juego, y del movimiento, incluso, y desde siempre se ha hecho dentro y fuera de la cancha, y mientras los humanos seamos de esta condición, siempre será así.

En nuestro futbolear, mi señor, mis señores captores sobretodopoderosos, ustedes rompieron las reglas sociales, por decirlo así, abusaron de mi buena voluntad y de mi estúpida inocencia, pero no han podido ganar aún del todo, porque para ganar siempre van a requerir de un tonto como yo, y esos no sobran. O de un muy, muy, muy vivo, que a la larga va a querer lo que es de ustedes.

Les invitamos a escuchar el capítulo número 1 de Futbolear, una nueva audionovela de El Espectador**IGNACIO MEJÍAS:Carmenza Hidalgo corrió un butaco, el único butaco de mi comedor, una tabla unida a cuatro patas, y muy despacio se sentó allí, tal vez para que yo jamás olvidara la escena, para que escuchara el ruido de su falda subiendo ante el roce de sus muslos. Luego cruzó las piernas hacia un lado y hacia el otro, sin decir una sola palabra.

Todo lento, todo de suspenso en suspenso. CARMENZA HIDALGO:¿Puedo fumar?IGNACIO MEJÍAS:Le acerqué mis Pielroja y una cajita de fósforos.

Me hice frente a ella, y en realidad, ante ella. Sus movimientos, su sonrisa siempre a mitad de camino, su silencio, su mirar y mirarme con una mezcla de provocación e insulto, me llevaron a un punto de absoluta subordinación.

Sí, estaba “ante” ella.CARMENZA HIDALGO:Cofffff, coffffffff… Siguen igual de fuertes estos cigarrillos, ¿no? Como de hombre rudo de película… Hacía años que no los probaba.MEJÍAS JOVEN:Todos suyos.CARMENZA HIDALGO:Cofffff… ¿Sabe quién me contó lo de sus arreglos en el fútbol?IGNACIO MEJÍAS:Con cada bocanada de Pielroja, la señora Hidalgo tensionaba más el ambiente.

O lo preparaba. Cuando me expresó lo de los arreglos, me despertó de la película en la que me había metido.MEJÍAS JOVEN:¿Arreglos?CARMENZA HIDALGO:No se me haga el inocente, Ignacio, que usted sabe muy bien de qué le hablo.

Y sabe quién me lo contó. MEJÍAS JOVEN:No sé nada ni de los arreglos ni de nadie que le haya podido contar algo sobre mí.

CARMENZA HIDALGOTodos terminamos por hablar, por contar. Todos.

Usted, yo, la señora La Fayette, doña Carlota, el señor Solano, la señorita Noguera, sus amiguitos de La estrada… Todos. MEJÍAS JOVENSi quiere saber la verdad, yo no puedo responder por muchos de mis actos sobre esos arreglos, como los llama.

Lo más tenebroso que he hecho en la vida fue una apuesta, y todos somos libres de apostar.CARMENZA HIDALGOPues resulta que alguien habló de una tarde lluviosa, y de encuentros y de noches delirantes, y de una apuesta, correcto, contra su propio equipo. Eso dice mucho, todo… Siempre hay alguien que habla, ya le dije.

MEJÍAS JOVENAunque le hayan dicho misa, ese no era yo.CARMENZA HIDALGOHay prueeeeebas. MEJÍAS JOVENNo me acuerdo de casi nada, vuelvo y le digo.CARMENZA HIDALGOYa por lo menos dice “de casi nada…”.

Un progreso. ¿Pero y usted cómo piensa comprobar su supuesto olvido?MEJÍAS JOVENTal vez de la misma forma en que usted podría comprobar que sí recuerdo.CARMENZA HIDALGOA mí lo que me parece más increíble es que usted haya terminado en esas amando tanto el fútbol.MEJÍAS JOVEN¿Y quién le expresó qué?IGNACIO MEJÍAS Carmenza Hidalgo seguía intentando sacarme información, mientras cruzaba las piernas y me miraba fijo, a veces a los ojos, a veces a la boca, a veces más y más y más abajo, y en ocasiones, recorriéndome como si sus ojos fueran sus manos.

O eso pensaba y quería yo por momentos, en medio del interrogatorio. Era cierto lo que había averiguado ella, o parte, pero yo tenía que saber quién se lo había dicho.

Necesitaba enterrar aquella historia. Era cierto que había apostado una plata a que ganaba el equipo en el que yo jugaba, que eso era un decir, pues apenas jugaba cuando enfrentábamos a los más débiles de la liga, o cuando íbamos ganando con holgura y ninguna de mis torpezas podría impedir que nos remontaran.

Era como el talismán del equipo, o la mascota, pero también ponía plata. Me tenían ahí por el dinero y por si acaso… Por si acaso faltaban uno de los titulares y varios de los suplentes principales, por si acaso se lesionaban, por si acaso los juegos estaban decididos, por si acaso faltaba plata para la gaseosa del final, por si acaso había que poner unos pesos de más para los uniformes, por si acaso a alguno de los cracks, o de los no tan cracks se les habían olvidado los guayos.Una tarde, en medio de un vendaval salpicado de agua y rayos, seis meses atrás, La Duna, mi equipo, iba empatando a ceros contra San Alejo.

Hubo una falta en la mitad de la cancha y el árbitro decidió que lo mejor era que nos guareciéramos, por si acaso, ja. Yo me fui a una tienda a comprar una gaseosa, pero cuando fui a pagar, no encontré mi billetera.

Tanteé, busqué, me esculqué. Nada.

Don Rufino, el señor de la tienda, me fió, pero sin un peso, en medio de aquella tormenta y en aquellas canchas en el fin del mundo, yo estaba muerto. En ese momento se me acercó una mujer de veintitantos, vestida de invierno, capota incluida, seguro la novia de alguno de los integrantes de la barra del San Alejo, y me expresó algo como “Mi cabeza contra un centavo”.

MARCELA NOGUERA, HINCHA DEL SAN ALEJOVa mi cabeza contra un centavo a que perdemos, desgracia mía con este equipo.MEJÍAS JOVEN No, no, a que no.MARCELA NOGUERA, HINCHA DE SAN ALEJOPor eso, apostemos, va la apuesta. Mil pesos a que yo, Marcela Noguera… MEJÍAS JOVENVa, pues.

Mil. Pero acá no tengo ni un centavo.

No sé, me sacaron la billetera. IGNACIO MEJÍASLa interrumpí y aposté.

Ella había dicho que apostaba por la derrota de su equipo, pero yo no le puse atención a eso. Como se podía deducir, yo apostaba entonces a lo contrario, la derrota del mío, La Duna.

Entrelazamos nuestros dedos meñiques, nos miramos, sonreímos. Ella me dio diez pesos como un préstamo, expresó.

Cuando volvimos al montículo de pasto que eran las gradas, el juego se había reiniciado. Mi salvadora se acurrucó al lado del entrenador y los suplentes del San Alejo, a dos pasos de donde yo estaba.LOCUTOR UNOLleva la pelota Mesa, un dribling hacia afuera, y se la da a Gayán.

Ahí está la zurda fina de Hernán Gayán, que la lleva atada al borde externo de su empeine izquierdo. Para, levanta la cabeza.

Ordena a sus compañeros, como si fuera el dueño del equipo. El reloj corre, y corre, y corre.

Vamos para el minuto 90. Con esta mínima ventaja de uno por cero, San Alejo pasa a la final y La Duna se va a jugar por el bronce.

Tic-tac-tic-tac. Gayán se la da a Mesa y Mesa se la devuelve al vacío.

Ahí va Gayán, el 10 a la espalda, entrando al área, señores y amigos. Todo está por definirse.

Se abre un poco, le va a pegar. Le sale el portero.

Gayán alarga el balón. Un defensa lo cierra… Hombre al suelo, Gayán al suelo.

Es penal, sí, es penalti a favor de La Duna en tiempo de descuento, señores y amigos. El árbitro señala el fatídico punto blanco de los 12 pasos, y los jugadores del San Alejo se le van encima.

Hay empujones… Una patada, otras, sí, se está armando la grande. Han entrado los hinchas y todos se dan con todo.

Puño va y puño viene, esto es una batalla campal, con lluvia y barro incluidos. IGNACIO MEJÍAS Y lo que sucedió fue que luego del desmadre, ya no se veía nada.

El árbitro había querido irse, pero lo paramos entre la gente de La Duna y unos más. Yo hablé con él.

El señor tenía que esperar a que se acabara la cosa. El penalti, sobre todo el penalti.

Gayán era el encargado, como siempre. Se había botado dos en todo el año, y había hecho 15.

¿O 16? Unos decían que 15, y otros que 16.

De cualquier manera, el de esa tarde era el más importante hasta ese momento. Si hacía el gol, se empataba el juego y la Duna iba a la final del torneo de la liga de Bogotá.

En medio de todo aquel barullo, la muchacha de la apuesta me agarró del brazo y me llevó a unos túneles de pinos ubicados detrás del arco adonde iba a patear Gayán. Rozó su cuerpo con el mío, casi que entrelazó sus muslos entre los míos.

Me expresó que no me hiciera el bobo, que la apuesta iba en serio. Le contesté que sí, que por supuesto, que le debía diez pesos para empezar y que yo no me iba a escapar porque perdiéramos.

Esa última frase fue mi condena. Cuando me escuchó, la apostadora me pidió un esfero, sacó un papel, escribió Apuesto por la derrota de La Duna en una letra ilegible que igual yo ni vi por verla a ella, por sentirla a ella, y por estar pendiente de lo que estaba en juego, y me pidió que se la firmara.

Colocó el pedazo de papel en el que había escrito contra su clavícula, sosteniéndolo como si fuera una pancarta de protesta pública, me sonrió, hizo gesto de vamos, vamos, y firmé, con tres rayas debajo para asegurar mis aires de valentía y para sentir algo de su piel bajo el papel.LOCUTOR UNO Ahí está Gayán frente a la pelota en esta tarde noche única, alumbrado por los faroles de los carros que han estacionado cerca para que haya luz. Tres carros con las plenas a todo dar.

O a todo ver. Decenas de sombras que se vislumbran por el área.

El árbitro ha dicho que apenas se acabe la jugada se termina el partido. Sin rebotes ni nada por el estilo… Gayán toma carrera.

Mira la pelota, ya casi del color de la noche, y observa como de reojo a Alberto Frías, el histórico portero del San Alejo. Un paso, dos, tres… La pelota suave, apenas a un lado.

Muy, muy suave. Frías, Frías, Frías, mis oyentes.

San Alejo, a la final de La Liga, con todos los honores, claro que sí. San Alejo, por el partido decisivo del añoooooo… Alberto Frías, la gran figura, el héroe del conjunto rojo, se abraza con sus compañeros (Va bajando el volumen de la voz del locutor al final).

CARMENZA HIDALGOApuesto, jaja, apuesto a que su amiguita le robó su billetera. Ustedes, definitivamente, hacen lo que sea por una mujer…IGNACIO MEJÍAS Sí, no, no sé, no tengo ni idea.CARMENZA HIDALGOPues tenga idea, porque tuvo que ser así.IGNACIO MEJÍAS¿Y si fue así, entonces…?CARMENZA HIDALGOEntonces eso que está pensando… Ahora le pregunto otra vez, ¿por qué a usted?IGNACIO MEJÍASEso lo sé menos.CARMENZA HIDALGOCuénteme una cosa.

Otra cosa: ¿No le sonaba de nada, para nada, Marcela Noguera?IGNACIO MEJÍAS JovenPues la verdad es que no… ¿Tenía que saber algo, acaso?IGNACIO MEJÍASLa señora Hidalgo dejó el tema en el aire. Se puso de pie, se alisó el vestido, tomó su cartera y empezó a caminar hacia atrás.

Yo le volví a preguntar qué sabía, casi que le imploré para que me dijera por qué me debía sonar Marcela Noguera, pero no musitó palabra. Se puso el dedo índice de su mano izquierda sobre los labios, dio media vuelta y se fue.

Mi primera reacción apenas escuché sus tacones diluyéndose en las escaleras fue llamar a Juan del Barril, tal vez el más confiable de mis viejos amigos de La Estrada. Tuuuu-tuuuuu-tuuuuuu.JUAN DEL BARRIL¿Aló?

¿Buenas tardes?MEJÍAS JOVENJuancho, con Ignacio.JUAN DEL BARRIL¿Y esto?MEJÍAS JOVENOiga, ¿podemos vernos? Es como urgente.JUAN DEL BARRILPero mañana, ¿le parece?MEJÍAS JOVENSi no hay más, mañana entonces.

¿A qué hora? ¿Dónde?JUAN DEL BARRILAllá donde la señora Carlota a las siete de la mañana.MEJÍAS JOVENBueno, dele.

Allá nos vemos. Gracias.

Ahhhhhhh, ¿usted tiene algún dato de Marcela Noguera? ¿Se acuerda de ella?

JUAN DEL BARRILUyuyuyuyyyyyyyyyy… MEJÍAS JOVEN¿Sí?JUAN DEL BARRILMañana le digo, viejo. Chaooooo.IGNACIO MEJÍAS - Fernando AraújoDel Barril colgó sin esperar nada más y me dejó con el auricular en la mano.

Tuuuuu-tuuuuu-tuuuuuuu. Hasta ese momento, creí que era absolutamente leal, pero con el tuuuuu-tuuuuuu de fondo, me puse a imaginar que como en las películas, había hecho una llamada después de colgarme, y que hacía parte de algún oscuro plan.

Llamé entonces a Federico Robles, el sable, pero no me respondió, y luego le marqué a Arturo Solanas, que me contestó con voz de ultratumba.MEJÍAS JOVENArturo, mi hermano, qué pena con usted, ¿estaba dormido?ARTURO SOLANAS Ahí, más o, más o…MEJÍAS JOVENOiga, una preguntica, ¿usted ha hablado en estos días con Juancho? Es que lo llamo y nada.

Y creo que me llamó al trabajo.ARTURO SOLANASEhhh, jummmmm, hablé con él hace como quince días.MEJÍAS JOVEN¿Y eso?ARTURO SOLANASNada, lo de siempre, que si tenía el teléfono de una amiga, o conocida… Igual, nada, yo ni sé por qué Juancho puede creer que yo tengo números de mujeres.MEJÍAS JOVENOiga, ¿Nos vemos?ARTURO SOLANAS¿Ahora, dice?MEJÍAS JOVENSí, sí, es que tengo que contarle… Dele, venga acá que tengo comida y todo…ARTURO SOLANASPuess… Está biennnnnnn… Será. ¿Y cerveza?MEJÍAS JOVENSí, cerveza también, claro, acá lo espero.

ARTURO SOLANASSalgo en media hora y lo que me demore.MEJÍAS JOVENSúper, hermanito, ahora nos vemos.IGNACIO MEJÍASCuando le conté a Solanas la historia de la apuesta y le mencioné a Marcela Noguera, entrecerró los ojos y sonrió. ARTURO SOLANASY hablando de apuestas, ¿qué me da si le digo que yo sé cosas y cuáles cosas?IGNACIO MEJÍAS Mientras comimos y recordamos el pasado, yo me solté con nombres, anécdotas y alguna que otra confesión, como en el pasado.

Parecía que nada hubiera cambiado, pero como me expresó un compañero del periódico una vez, el pasado jamás se queda donde lo dejamos. Solanas tomó aire para decirme que sabía cosas, y cuáles cosas, cuáles cosas, y en la medida en que iba pronunciando cada palabra, yo iba comprendiendo que el pasado no se había quedado donde lo habíamos dejado.

Solanas me hablaba en serio. Sabía cosas y me pedía algo en serio a cambio.MEJÍAS JOVENUsted pida, pida y vamos viendo.ARTURO SOLANASBien, pongamos las cartas sobre la mesa.

Usted se vio con un tipejo, Aurelio Solano, ¿qué le expresó o qué?MEJÍAS JOVEN¿Pero usted cómo supo? Maldito…ARTURO SOLANASSin vueltas, Ignacio, sin vueltas.

Suelte el paquete y yo le cuento.MEJÍAS JOVENAún sigo con miedo, man. Ese tipo sabe cosas raras de los azules, del fútbol.

Me llevó a hablar con él a la fuerza. ATTURO SOLANASTípico.MEJÍAS JOVENAy, Solanas, Solanitas, yo no sé en qué me he metido.

Me dan ganas de llorar todo el día. ARTURO SOLANASEso no ha parado ni se va a quedar ahí.

Solo le informo, amigo. ¿Cuándo se vio con Solano, y dónde?

MEJÍAS JOVENAyer, pero no sé dónde, me llevaron dos gorilas, ya sabe. ¿Quién es el tal Solano?ARTURO SOLANASSin más, uno de los dueños del fútbol en este país.

Yo trabajé con él unos años atrás, pero por ese tiempo aún no era el de hoy. MEJÍAS JOVENSí, obvio, nadie es el de hoy.

Y menos, yo. ARTURO SOLANAS¿Y de qué hablaron?MEJÍAS JOVENDe Distéfano.

ARTURO SOLANASAh, ya, ya. La historia del recibo de su sueldo y todo eso.

MEJÍAS JOVENYo no le creo nada, o casi nada, pero bien, ya me enteraré. Sigamos.

¿Y Marcela Noguera? ¿Sabe de ella?ARTURO SOLANASElla es la novia de Frías, o la novia a la sombra, ¿sí me entiende?, jeje, y Frías, el arquero del San Alejo, pero todo eso ya lo sabe.

Asimismo, el trato es que usted desembuche. Y hasta ahora… En este capítulo de Futbolear participaron las siguientes personasFutbolear, esta audionovela de El Espectador, fue escrita por Fernando Araújo VélezLa producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph CasañasLa captura de audio fue responsabilidad de Andrés Agudelo Suárez y Sergio GuarnizoLa edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de Jessica AnguloEste capítulo contó con las actuaciones de Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio MejíasJoseph Casañas es Ignacio Mejías jovenAntonia Villalba es Carmenza HidalgoEl locutor fue Keny SalamancaArturo Solanas fue interpretado por Andrés OsorioY Juan del Barril, Nicolás Achury