Brasil siempre ha sido el espejo en el que Japón miraba su futuro. Durante décadas, el futbol japonés estudió su técnica, invitó a leyendas brasileñas como Zico y Falcão para acelerar su crecimiento y aceptó que la distancia entre ambos parecía insalvable.

Hoy, no obstante, ese espejo dejó de ser un modelo para convertirse en un rival. Esa es la transformación más profunda que dejó entrever el entrenador nipón Hajime Moriyasu en la conferencia previa al duelo de dieciseisavos de final de la Copa del Mundo 2026.

Su discurso no giró alrededor de esquemas tácticos, marcajes o variantes ofensivas. Fue una declaración de principios.

La frase explica mejor que cualquier análisis el momento que vive el futbol japonés. Moriyasu no pretende copiar a Brasil para derrotarlo.

Tampoco modificar la esencia de un equipo que considera única. Cree que Japón ya construyó una identidad propia y que el siguiente escalón pasa por acumular experiencias frente a la élite mundial.

Brasil representa justamente ese examen. El técnico recordó que el triunfo conseguido en el amistoso del año pasado rompió una barrera psicológica.

Fue la primera victoria de Japón sobre la selección absoluta brasileña. No obstante, lejos de pensar que aquello reduce la dificultad del desafío, considera que la aumenta.

Moriyasu sabe perfectamente el peso del escudo brasileño. Reconoce que la Canarinha seguirá apareciendo entre las favoritas al título en cualquier Mundial.

Japón, en cambio, acepta un papel distinto. Japón ya no habla únicamente de avanzar una ronda más.

Habla de convertirse, algún día, en campeón del mundo. El entrenador sostiene que ese objetivo no es una fantasía, sino un proceso.

Durante años, los futbolistas japoneses sufrían el impacto de enfrentarse al ritmo físico, técnico y mental de las grandes potencias. Ese equilibrio entre disciplina táctica y crecimiento individual es la apuesta japonesa para desafiar mañana en el Houston Stadium a una selección que históricamente ha marcado el estándar del futbol mundial.

Moriyasu tampoco se dejó seducir por los juegos psicológicos. Al ser cuestionado sobre su famoso cuaderno de notas, dio a conocer que antes del partido no escribe secretos tácticos.

El resto de las páginas se llenan durante el encuentro, registrando qué funciona, qué falla y qué ajustes debe transmitir en el descanso. Más que un manual estratégico, el cuaderno es el diario de una batalla.

La única noticia negativa para Japón llegó con la confirmación de la ausencia de Takefusa Kubo. Moriyasu comunicó que el atacante todavía no trabaja con el grupo y únicamente realiza ejercicios individuales de carrera, por lo que quedó descartado para enfrentar a Brasil.

El seleccionador destacó que el jugador acelera su recuperación y confía en que pueda reincorporarse pronto, pero dejó claro que no arriesgarán su estado físico en un partido de esta exigencia. La baja obliga a Japón a buscar otras soluciones ofensivas en un encuentro donde cada detalle puede marcar la diferencia.

Otra de las reflexiones del técnico estuvo relacionada con una de las mayores heridas recientes del futbol japonés. Moriyasu recordó que la eliminación en la Copa del Mundo de Qatar, definida desde los 11 pasos, cambió por completo la preparación del equipo.

Explicó que entonces ya existía una lista de posibles cobradores, pero la decisión final terminó quedando en manos de los propios jugadores. Aquella experiencia llevó al cuerpo técnico a replantear la preparación para las tandas de penales.

Hoy el trabajo es más profundo, con escenarios previamente ensayados y futbolistas preparados para asumir la responsabilidad si el partido vuelve a definirse desde el punto penal. En un Mundial donde los márgenes son mínimos, Japón entiende que incluso los penales también forman parte de la identidad competitiva que intenta construir.

Mientras el calor del verano texano envuelve Houston y el NRG Stadium espera uno de los cruces más atractivos de los dieciseisavos de final, Moriyasu insiste en que el reto no consiste en parecerse a Brasil. Consiste, simplemente, en demostrar que Japón ya encontró el camino para competir de igual a igual con cualquiera.