Leonard Cohen (1934-2016) sigue vivo. A diez años de su muerte, su voz y el profundo discurso de sus palabras continúa abriéndose al mundo actual.

El artista, pero sobre todo el intelectual, es una llave para romper con el mito del creador todo sentimiento y el intelectual encadenado a la columna de los pensamientos. En un suceso que me parece excepcional, Ballets Jazz Montréal presentó en México “Dance Me”, un homenaje al poeta, escritor, cantante y músico, con la participación coreográfica de artistas de la talla del griego Adonis Foniadakis, la colombiana-belga Anabel Ochoa y el inglés-suizo Ihsan Rustem.

En origen con funciones en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, el evento tuvo que ser trasladado, debido a bloqueos, a los teatros ubicados en avenida Cuauhtémoc, a la par con montajes comerciales y un tanto intrascendentes, cuyo único fin es el entretenimiento. La compañía –una de las mejores del mundo–, tuvo lleno total y se llevó una a ovación de pie.

Diseñado para ser una experiencia visual, sonora e inmersiva, con Cohen como personaje, idea y motivo e inspiración, los tres coreógrafos y todo el equipo de producción resaltaron, con sus diferentes estilos y dinámicas de creación, que la danza siempre es mucho más que un espectáculo de movimiento cuando se trata no de una concatenación de pasos, sino de un camino hacia atmósferas y acciones dramáticas de coherencia y profundidad humana. Luz, diseño sonoro y diseño digital, hermanados con interpretaciones magistrales a la música de Cohen, dieron cuenta de la universalidad que conecta de forma intemporal a todo tipo de sensibilidades.

Nieto de un rabino, Cohen siempre estableció que todo lo que hacia era judío, teniendo claro que serlo no era una declaración política sino una fuente creativa de inspiración. Cuando el Estado Judío era cuestionado, él siempre se sintió orgulloso de entender y comprender a profundidad que, como sucede en el sentido filosófico, ser judío es también una forma universal de ser y no cruza con fronteras y guerras.

Por ello, “Dance Me”, como puesta en escena, es una oda a vivir el arte como algo más que la suma de sus partes.