BUENOS AIRES.— Pasó un 22 de junio, pero hace 216 años... Dos soldados interrumpieron en la casa de Baltasar Hidalgo de Cisneros y le pidieron que se presentara en el fuerte por orden de la Junta.

Era el comienzo del fin. Esa misma noche, el último virrey abandonaba Buenos Aires para siempre, embarcado en la balandra inglesa Dart, anclada a tres leguas del puerto, lista para zarpar hacia las Islas Canarias.Al día siguiente, Inés Gaztambide de Cisneros le escribía desesperada a Cornelio Saavedra: la precipitación con que se habían llevado a su marido no le había dado tiempo de ponerle más que tres o cuatro camisas en el baúl.

No hubo respuesta. La revolución no tenía tiempo para cortesías con el poder vencido.Un almirante en tierra americanaBaltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre, tal era su nombre completo, nació en Cartagena, España, el 6 de enero de 1756, en el seno de una familia con larga tradición militar.

A los 14 años ingresó a la Real Armada, institución en la que haría una carrera destacada, ascendiendo hasta el grado de almirante.Su bautismo de fuego más resonante llegó en octubre de 1805. En la batalla de Trafalgar, Cisneros comandó el navío Santísima Trinidad frente a la flota inglesa del almirante Nelson.

España perdió la batalla, pero Cisneros sobrevivió con honor. Su actuación en ese combate naval decisivo le granjeó un prestigio que lo acompañaría el resto de su carrera.Cuando Napoleón invadió España en 1808 y apresó al rey Fernando VII mediante las Abdicaciones de Bayona, Cisneros encabezó la Junta de Cartagena en resistencia al poder francés.

Esa lealtad a la corona y su experiencia militar lo convirtieron en el candidato ideal para una misión delicada en el otro extremo del Imperio.En febrero de 1809, la Junta Central de Sevilla lo nombró virrey del Río de la Plata en reemplazo de Santiago de Liniers, cuyo origen francés generaba desconfianza. Su misión era recomponer la autoridad virreinal en un territorio convulsionado por los alzamientos criollos de Chuquisaca y La Paz.Cisneros desembarcó en Buenos Aires el 30 de julio de 1809.

Asumió el mando en un virreinato que ya mostraba las tensiones propias de una sociedad en transformación. Los criollos, envalentonados por su papel en la defensa contra las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, reclamaban mayor participación política.

El equilibrio entre peninsulares y americanos era cada vez más frágil.El nuevo virrey desplegó una política de contrastes. Autorizó el libre comercio por el puerto de Buenos Aires, cediendo a la presión de los ganaderos exportadores que buscaban negociar directamente con los ingleses.

Esa medida le ganó simpatías entre los sectores criollos ligados a la producción rural. Pero, al mismo tiempo, envió tropas para aplastar las rebeliones patriotas del Alto Perú con una dureza que encendió los ánimos revolucionarios en Buenos Aires.Para contener la creciente actividad conspirativa, creó en noviembre de 1809 un Juzgado de Vigilancia Política, destinado a perseguir a quienes alentaran la formación de nuevos regímenes.

El instrumento represivo fue insuficiente. Las ideas de la Ilustración y el ejemplo de las revoluciones norteamericana y francesa circulaban con fluidez en las tertulias porteñas.El secreto que no pudo guardarse y la trampa del Cabildo AbiertoEl 14 de mayo de 1810 fondeó en el puerto de Buenos Aires la goleta de guerra británica HMS Mistletoe, procedente de Gibraltar.

En sus bodegas traía periódicos europeos de enero con una noticia devastadora para el orden colonial: la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español, había caído ante el avance napoleónico. Fernando VII permanecía prisionero.

España, en la práctica, no tenía gobierno legítimo.Cisneros comprendió de inmediato la amenaza. Si no había soberano ni junta que lo respaldara, su autoridad como virrey quedaba sin sustento jurídico.

La pregunta que los revolucionarios criollos llevaban tiempo madurando —¿a nombre de quién gobierna Cisneros?— encontraba de pronto una respuesta incómoda: de nadie.El Virrey buscó contener la propagación de la noticia. Ordenó dejar incomunicada la nave con una guardia de ocho hombres de tropa de marina.

Intentó que los periódicos no circularan. Pero era tarde.

La ciudad era un hervidero: las noticias se filtraban por los cafés, las casas de comercio, los cuarteles. El secreto duró horas, no días.

El 18 de mayo, Cisneros publicó un bando en el que pedía al pueblo que se mantuviera fiel a España, reconociendo implícitamente que ya no podía negar lo que todos sabían.Los revolucionarios actuaron con velocidad. Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, consideró que el momento de actuar había llegado.

Juan José Castelli y Martín Rodríguez se presentaron ante Cisneros y le exigieron la convocatoria a un cabildo abierto para decidir el destino del gobierno. Los patriotas dejaron en claro que, de no concederse, el pueblo lo haría por sí solo o moriría en el intento.Cisneros resistió.

Consultó, demoró, buscó alternativas. El historiador Roberto Marfany indicó que el acta del Cabildo del 21 de mayo y el propio informe de Cisneros al Consejo de Regencia ocultaron y deformaron la verdad de lo ocurrido esas noches.

Según Marfany, el Cabildo Abierto fue un recurso desesperado del virrey para intentar salvar su autoridad apelando al voto de “los buenos vecinos”, antes que una concesión genuina a la voluntad popular.Finalmente, el 22 de mayo se llevó a cabo el histórico Cabildo Abierto con la participación de unos 250 vecinos. El debate central fue la legitimidad del gobierno virreinal.

Juan José Castelli argumentó el principio de la retroversión de la soberanía: caído el monarca legítimo, el poder regresaba al pueblo. El obispo Lué remarcó la posición contraria.

La votación fue contundente: 155 votos por la destitución de Cisneros, solo 69 en contra.El golpe final: el presidente que no pudo serCisneros no se rindió. Lo que sucedió en las horas siguientes revela hasta qué punto estaba dispuesto a aferrarse al poder.

El 23 de mayo, el Cabildo —en un giro que los revolucionarios denunciaron como un golpe contrarrevolucionario— nombró una nueva Junta de Gobierno. Su presidente sería él mismo, acompañado por dos vocales criollos, Saavedra y Castelli, y dos españoles.Los partidarios del virrey creyeron haber ganado la partida.

Hasta anunciaron la nueva junta con salvas de artillería y repiques de campanas. Fue una victoria efímera.

Tanto Saavedra como Castelli rechazaron integrar esa junta. El pueblo, apostado en la Plaza Mayor, exigió la renuncia definitiva de Cisneros.

Las milicias criollas armadas respaldaban el reclamo.La noche del 24, Castelli y Saavedra se presentaron en la casa de Cisneros y arrancaron su renuncia. El 25 de mayo, ante el clamor popular, se constituyó la Primera Junta de Gobierno —presidida por Cornelio Saavedra— que daba inicio formal a la era revolucionaria.

Cisneros quedó reducido a un personaje del pasado en el plazo de una semana.Un ocaso sin gloriaDurante el mes siguiente, el ex virrey vivió en Buenos Aires en una situación precaria. Se instaló en una casa de la actual calle Bolívar, casi sin salir, rodeado apenas de algunos funcionarios de la Real Audiencia.

La Primera Junta lo toleraba, pero no por mucho tiempo.El 22 de junio finalmente se ordenó su expulsión. Se hizo de noche, en secreto, sin aviso previo.

Castelli y Matheu comunicaron a Cisneros y a los oidores de la Audiencia que serían embarcados de inmediato en un buque inglés para proteger “sus vidas”. La Gazeta extraordinaria del 23 de junio comunicó al público que “ya están lejos los que perturbaban vuestro sosiego”, estigmatizando a los expulsados con relatos que subrayaban el poco respeto que mostraban hacia el nuevo gobierno.Al llegar a las Islas Canarias, Cisneros comunicó al Consejo de Regencia sobre los hechos de Buenos Aires y solicitó licencia por enfermedad.

Se reunió más tarde con su esposa Inés en Cádiz, donde fue nombrado comandante general del departamento y luego capitán general. Con el Trienio Liberal fue cesado de todos sus cargos y volvió a Cartagena.

En 1823, cuando Fernando VII restableció el gobierno absolutista, lo nombraron capitán general de Cartagena. Allí murió el 9 de junio de 1829, a los 73 años, sin haber vuelto jamás a las tierras que gobernó.Los historiadores debatieron durante dos siglos el papel de Cisneros en la Revolución de Mayo.

El historiador Gerardo M. Martí tituló su obra de 2010 con una sentencia que resume el consenso académico: El fracaso de Cisneros y la Revolución de Mayo.

El virrey fracasó en todas sus estrategias de contención: falló al ocultar las noticias, falló al resistir el cabildo abierto, falló al intentar presidir la nueva junta.Para el historiador Roberto Marfany, Cisneros fue un actor activo —y no pasivo— en la crisis de mayo, que intentó manipular los mecanismos institucionales a su favor hasta el último momento. Su fracaso no fue el de un hombre débil, sino el de un orden político que ya no tenía futuro, enfrentado a una sociedad que había decidido gobernarse a sí misma.La balandra Dart que lo llevó en la oscuridad de la noche del 22 de junio de 1810 no transportaba solo a un funcionario destituido.

Transportaba el ocaso de trescientos años de dominación colonial. En la orilla que quedaba atrás, un nuevo tiempo comenzaba a desplegarse, todavía sin nombre claro, pero irreversible.