En algunas áreas subsaharianas, el contacto con el agua puede ser patógeno, doloroso y esterilizante. A Sylvia Razanaparana, una agricultora de arroz, su marido la abandonó porque pensaba (equivocadamente) que había contraído una enfermedad de transmisión sexual. “Todos creían que era mi culpa.

Nadie me apoyó”, contó a la fotógrafa en referencia a su comunidad, que también la estigmatizó.Seguir leyendo