Ser peronista ya no es lo que era

Mientras avanzaba aquella impresionante multitud compungida que asistía a los funerales ricoteros del Indio Solari, diferentes militantes políticos en distintos tramos de la columna incentivaban la entonación de la marcha peronista. Nunca consiguieron su objetivo.
El sociólogo y antropólogo Pablo Semán, investigador constante de los sectores más empobrecidos y testigo ocular del curioso episodio, llama a esa clase de operaciones “punguismo simbólico”, que consiste en la apropiación indebida de hitos e ídolos ajenos, una especialidad del justicialismo de todos los tiempos. Semán, lúcido pensador del progresismo vernáculo, conecta esa anécdota con ciertos kirchneristas y mileístas hiperpolitizados que solo piensan, y en vano, cómo el Mundial de Fútbol puede beneficiarlos, cuando está demostrado históricamente que el desarrollo y el resultado final no afectan de ningún modo la percepción de la gestión (a lo sumo calman un poco los ánimos durante tres o cuatro semanas), y también que el fenómeno es tan fuerte y masivo que salta cualquier grieta: la dicha que produce es transversal, y Semán, que camina el asfalto y el barro, la detecta en todos lados, y al final parece decirles a los especuladores de las dos veredas: “Soy un gran fan de la Selección argentina, déjenme ser feliz”.
Tampoco olvida a esa “gente de clase media que mayormente está en redes sociales y que lo llama a Messi desclasado: ¡como si ellos fueran obreros de la construcción!”.Está demostrado históricamente que el desarrollo y el resultado final del Mundial de Fútbol no afectan de ningún modo la percepción de la gestión (a lo sumo calman un poco los ánimos durante tres o cuatro semanas)El episodio del funeral del Indio Solari tiene, no obstante, una dimensión que escapa al simple “punguismo simbólico” y también al hecho de que determinados acontecimientos ecuménicos eluden la polarización. Lo cierto es que en otros tiempos esas inmensas multitudes, con esas particularidades sociales, probablemente habrían cantado también la marcha peronista.
Y no la cantaron quizá -es una hipótesis- no solo porque no correspondía a las circunstancias, sino por algo que el mismo Semán narra como una gran novedad de esta época: en los segmentos más desfavorecidos -donde las condiciones son dramáticas y hoy predomina el rechazo al modelo actual- ni los que están en contra piensan que hay otra alternativa. Describe esta sensación generalizada como una “navegación a ciegas”: quienes rechazan no saben qué les gustaría a cambio, y quienes apoyan no saben exactamente adónde van, en un verdadero mar de incertidumbres.
Algunos con quejas, otros con aplausos, aunque siempre sin euforias, parecen abandonarse a una frase resignada: “No hay otra opción”. En los escalones más bajos de la sociedad no ha cesado la desconfianza hacia el “Estado regulador”, simplemente porque no mejoró sus vidas y en algunos casos incluso resultó dañino.
Este crudo diagnóstico del sociólogo, que personalmente sí cree en las regulaciones, denuncia en verdad la falta de una idea nueva. Una idea de fondo que no proponga más pasado.En los segmentos más desfavorecidos -donde las condiciones son dramáticas y hoy predomina el rechazo al modelo actual- ni los que están en contra piensan que hay otra alternativaEl asunto parece en principio beneficiar a Milei e interpelar a la sensibilidad peronista, que antiguamente estuvo basada en una serie de apotegmas ocurrentes y consignas seductoras para distintas generaciones.
Los anzuelos para ingresar en el “movimiento nacional y popular” eran: la potencia bienechora del Estado, tener de tu lado al proletariado y a los sindicatos, representar a las grandes mayorías, cultivar una moral contra el sálvese quien pueda y practicar un nacionalismo sano que se emparentara directamente con la argentinidad. Esos anzuelos ya no son lo que eran.
El Estado presente, por ejemplo, acabó brillando por su ausencia, manejado por estatistas que paradójicamente devastaron su prestigio, lo depredaron y lo volvieron ineficiente y lejano. Al proletariado las políticas kirchneristas propendieron a reducirlo y a suplantarlo por empleados informales, y las nuevas tecnologías, por volverlos emprendedores y autónomos, y en consecuencia, mucho más individualistas; adicionalmente, este proceso vertical quizá se agudice, puesto que el capitalismo global va reemplazando la industria (bastión del obrero como sujeto histórico) por el sector de los servicios, que genera una clase de trabajador con una conciencia mucho menos colectiva.
La “columna vertebral” aludía a que las grandes organizaciones gremiales contenían a todos los laburantes y garantizaban su movilización; los sindicalistas de hoy están completamente desprestigiados, representan a pocos y no tienen fuerza ni siquiera para llamar a un paro general consistente. Expresar y pertenecer a una mayoría se sustentaba en la creencia -por momentos acertada- de que “el pueblo peronista” era mucho más que la mitad más uno y eso le otorgaba una cierta infalibilidad; hoy se sabe que más del sesenta por ciento de la sociedad es crítico del Movimiento y así lo demuestran no solo ciertos sondeos sistemáticos sino el promedio de las últimas votaciones: el kirchnerismo, preocupado únicamente por las minorías, perdió la mayoría, en una de las operaciones de distracción más estrepitosas de la historia moderna.
Luego recordemos el mandamiento crucial: “Primero la patria, luego el Movimiento y al final los hombres”, abnegado concepto que sintetizaba el carácter despojado y ejemplar que debían cultivar los dirigentes; en la actualidad esos líderes han demostrado ser exactamente lo contrario: el peronismo, en el imaginario argento, es hoy el partido de la inflación y de la venalidad, un pobrismo manejado por nuevos ricos bajo sospecha. La lucha contra el sálvese quien pueda derivó en que solo se salvaron ellos.
Y el visible y escandaloso caso de Martín Insaurralde -corazón del justicialismo bonaerense- y el hecho de que la gran campaña kirchnerista consista en excarcelar a una lideresa condenada por la justicia muestra un descrédito moral que está a la vista de todos. Finalmente aparece el nacionalismo, apelación atávica, sentimental, otrora rentable y algo paranoica que cohesionaba y que permitía desplegar una “épica antimperialista”.
Todas esas palabras parecen un tanto oxidadas (nadie serio las usa sin ponerse colorado), y el populismo de derecha ha absorbido, con orgullo y para colmo, el vocablo “patriotas”. Que una nueva ley libertaria permita cancelar todos los límites para la extranjerización de la tierra (Patagonia, Glaciares, Antártida), desproteja con ello los macizos de agua dulce -regalo obsceno para los todopoderosos dueños de la Inteligencia Artificial- y no levante de inmediato a las “masas peronistas”, como antes, tal vez demuestre no solo que el chofer no sabe manejar sino que ese vehículo ya no funciona.
La Argentina siempre tuvo dos almas, y sería raro que una de ellas desapareciera: es más creíble pensar que en algún momento transformará por completo su software y alumbrará una nueva idea de fondo, para lograr que el llamado de la tribu surta efecto y su potencial audiencia vuelva a cantar la marcha. En lo inmediato, salvo accidente o convulsión, esa canción no prende.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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