Detrás de la fiesta de la Copa del Mundo se mueve una economía más pragmática que eufórica. Contratos comerciales, derechos de transmisión, patrocinios, boletaje, seguridad, turismo, infraestructura y complejas negociaciones entre gobiernos, empresas y FIFA dominan el ambiente.

La narrativa oficial es ya conocida: más visitantes, altos niveles de consumo, mayor ocupación hotelera, empleos temporales, promoción internacional y una inyección económica difícil de replicar con cualquier otra actividad de estas dimensiones.FIFA presupuestó ingresos por 11 mil millones de dólares para el ciclo 2023-2026. Sólo en hospitalidad y boletaje, el monto esperado asciende a 3,097 millones.

Asimismo, aprobó una contribución financiera récord de 727 millones de dólares, incluidos 655 millones en premios para las 48 selecciones participantes. La promesa también alcanza para México.

Deloitte estima una derrama de 2,730 millones de dólares, equivalente a 0.14 por ciento del PIB nacional, y 112,200 empleos temporales. Forbes México recoge una proyección todavía más alta, de hasta 4,050 millones de dólares.

Para la Ciudad de México, COPARMEX calcula cerca de 1,560 millones de dólares en actividad económica asociada al torneo. Visto así, el Mundial se presenta como una poderosa maquinaria de dinamismo económico.No obstante, la historia de los mundiales obliga a leer estas cifras con cuidado.

Un mega evento no genera riqueza local por inercia; sólo lo hace cuando la ciudad logra convertir visitantes, consumo y atención global en capacidades permanentes. Para eso se requiere estrategia empresarial, coordinación pública y una política deliberada para incluir al comercio local en la fiesta.

La pregunta de fondo no es si el Mundial moverá dinero, sino cuánto de ese dinero logrará quedarse donde se juega.La historia alrededor de estos mega eventos deportivos ha sido cautelosa al respecto. Por ejemplo, el Mundial de Estados Unidos 1994, a pesar de su éxito deportivo y de haberse organizado en un país con infraestructura existente, generó impactos económicos menores a los anticipados e incluso resultados negativos en algunas ciudades sede.

La razón fue que no todo gasto durante un Mundial es nuevo. Parte sustituye al consumo de siempre; otra parte desplaza visitantes habituales; y otra más sale de la economía local a través de hoteles, aerolíneas, operadores y proveedores externos.Alemania 2006 ofrece una lección distinta.

No suele recordarse como un Mundial transformador del PIB alemán, sino como un caso exitoso de reputación, hospitalidad y marca país. El famoso Sommermärchen (cuento de verano), ayudó a proyectar una imagen más abierta y amable de Alemania frente al mundo.

Ahí el valor no estuvo en las ventas, sino en la capacidad de convertir la atención global en narrativa posterior. Fue un Mundial quizá poco relevante como choque macroeconómico, pero muy valioso como activo reputacional.Sudáfrica 2010 y Brasil 2014 cuentan otra historia.

Ambos torneos tuvieron valor simbólico y visibilidad global, pero también dejaron preguntas incómodas sobre gasto público, estadios subutilizados y beneficios poco percibidos por los ciudadanos. En Brasil, las protestas previas al Mundial dejaron una advertencia clara.

Una fiesta global pierde legitimidad cuando la población resiente pagar una cuenta sin recibir beneficios proporcionales. Qatar 2022, por su parte, siguió otra lógica.

El Mundial formó parte de una estrategia de posicionamiento internacional e infraestructura de largo plazo. El evento no fue sólo un torneo, sino una pieza dentro de una apuesta nacional más amplia.Estos antecedentes ayudan a mirar 2026 con más precisión.

Canadá ya puso números a su factura. Según su Parliamentary Budget Officer, el apoyo gubernamental para coorganizar el Mundial ascenderá a 1,066 millones de dólares canadienses.

Como el país recibirá 13 partidos, la cifra equivale a cerca de 82 millones por juego. El dato no cancela los beneficios esperados, pero cambia el tono de la conversación.Estados Unidos destaca por la monetización del acceso.

Las autoridades revisan precios variables, cambios en mapas de asientos y quejas de aficionados. El contraste es revelador.

Mientras FIFA anunció boletos desde 60 dólares para algunos partidos, ciertos asientos para la final se cotizan en 33 mil dólares. Resalta la ciudad de Nueva York con una lotería de mil boletos a 50 dólares para residentes locales.En México, la oportunidad es real, pero no automática.

Ser sede por tercera vez tiene un enorme valor simbólico. Convertirlo en beneficio económico duradero exige ir más allá de los estadios llenos.

La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey pueden aprovechar el torneo para fortalecer su marca turística, profesionalizar servicios, conectar pequeños negocios con nuevos consumidores y acelerar medios de pago digitales.Ahí está quizá la idea menos discutida del Mundial 2026. Si el consumo se concentra en circuitos cerrados, el comercio de barrio queda fuera, la movilidad se satura y la promoción termina el día de la final, el Mundial habrá sido una gran vitrina con poco saldo permanente.

En cambio, si las ciudades integran negocios locales, ordenan la movilidad, digitalizan pagos y convierten la exposición internacional en turismo futuro, el torneo puede dejar algo más que recuerdos. Sólo así la fiesta deportiva y el negocio global evitarán convertirse en factura local.