POSADAS.— Con apenas 13 años, la misionera Paulina Ojeda atraviesa un crecimiento deportivo que la convirtió en una de las mayores promesas del básquet argentino. Radicada desde hace un año en Florianópolis, Brasil, su evolución y el nivel de competencia la pusieron en el radar de Argentina, Brasil, Europa y Estados Unidos.Hay historias que parecen escritas de antemano.

La de Paulina Ojeda inició mucho antes de que el país hablara de aquella niña que convirtió 93 puntos en un partido oficial. Empezó prácticamente desde que nació, con una pelota naranja siempre cerca y recorriendo polideportivos de la mano de su padre, Silvio Ojeda, exjugador y entrenador de básquet.Nacida en Posadas, a los dos años ya acompañaba a su papá a Ituzaingó, Corrientes, donde él trabajaba en el club Yacyretá.

Mientras otros chicos jugaban en una plaza, ella pasaba las tardes entre entrenamientos, tableros y pelotas.“Tengo videos desde que nació prácticamente. Yo iba a la cancha a las cuatro de la tarde y ella estaba conmigo hasta las nueve o las once de la noche.

En invierno tengo fotos de ella durmiendo dentro de una bolsa de pelotas”, recordó Silvio, todavía sorprendido por el camino que fue tomando su hija.Aquella pequeña que creció respirando básquet se formó primero en Yacyretá, luego pasó por Mitre en Posadas y más tarde encontró su lugar en El Coatí de Eldorado, donde su crecimiento terminó de explotar.En 2024 llegó el hecho que la hizo conocida en todo el país. Con apenas 11 años convirtió 93 puntos en el triunfo de El Coatí sobre Oberá Tenis Club por 108-107 en la Liga Provincial U13, una actuación que rompió un récord nacional y se viralizó rápidamente en medios argentinos e internacionales.Pero para quienes la conocían desde chica, aquella actuación no fue una casualidad. “Yo nunca obligué a ninguno de mis hijos a jugar al básquet.

Mi hija del medio hizo vóley y hockey, mi hijo también jugó. Pero Paulina salió enamorada del básquet.

Hay personas que nacen sabiendo qué quieren hacer y siento que ella es una de esas”, expresó.El salto a BrasilDespués de aquel impacto deportivo, la familia tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la carrera de Paulina. En 2025 dejaron Argentina y se instalaron en Florianópolis para incorporarse al proyecto del Instituto MF.No fue una elección sencilla.

Significó dejar amigos, familia y la comodidad de estar en casa para apostar a un proyecto deportivo mucho más exigente.El principal motivo fue el nivel de competencia. En Misiones, Paulina disputaba entre 12 y 14 partidos oficiales por temporada.

En Brasil la realidad es completamente diferente, supera ampliamente el centenar de encuentros al año entre torneos metropolitanos, estaduales, nacionales e internacionales, asimismo de participar simultáneamente en tres categorías.Ese roce permanente aceleró su evolución. “Vinimos por un proyecto muy interesante. Acá se juega muchísimo más.

Nosotros formamos jugadoras para que puedan llegar a Europa o a Estados Unidos. No trabajamos pensando solamente en la liga brasileña”, explicó Silvio.La diferencia no pasa únicamente por la cantidad de partidos.“El apoyo al deporte acá es totalmente distinto.

Hay empresas, hay estructura, hay recursos. Eso permite que las chicas tengan otra preparación y otra competencia”, agregó.El grito de Paulina resume el carácter con el que vive cada partido.

Foto: GentilezaQuienes conviven con Paulina coinciden en que su mayor virtud no está únicamente en el talento.Con apenas 13 años mide 1.75 metro, juega en todas las posiciones y mantiene una rutina poco habitual para una deportista de su edad.Entrena diariamente, realiza trabajos físicos específicos, hace gimnasio tres veces por semana, complementa con sesiones de crossfit y continúa con un plan personalizado diseñado por su preparador físico argentino.“Ella sola se levanta temprano para entrenar. Controla sus horas de sueño, cuida la alimentación y tiene una disciplina impresionante.

A veces soy yo el que le dice que descanse un poco. Tiene muy claro cuáles son sus objetivos”, contó Silvio.Dentro de la cancha, esa preparación se refleja en su manera de jugar. “Ella tiene una cabeza muy fuerte.

Es base, pero juega en todas las posiciones. Entiende el juego de una manera impresionante.

Escucharla hablar de básquet parece escuchar a una jugadora de veinte años”.El futuro ya la mira de cercaEl crecimiento de Paulina no pasó inadvertido. Hoy su nombre aparece en las carpetas de seguimiento de la Confederación Argentina de Básquet, que busca convocarla para entrenamientos de desarrollo en el Cenard hacia fin de año.Al mismo tiempo, la Confederación Brasileña también sigue de cerca su evolución deportiva y mantiene contacto permanente con la familia.

A ese interés se suman consultas provenientes de Europa y de Estados Unidos.“Hay un colegio muy importante de Florida el DME Academy que la quiere llevar ahora. También hay un club de Gran Canaria interesado.

Pero nosotros creemos que no hay que apurarse. Tiene apenas 13 años y la formación todavía debe hacerla al lado de su familia”, explicó Silvio.Sobre las versiones que comenzaron a circular respecto de una eventual elección entre representar a Argentina o Brasil en el futuro, el entrenador fue prudente.“No tomamos ninguna decisión.

Es una decisión muy difícil. Nosotros somos argentinos y por supuesto, sería un orgullo verla con la camiseta de Argentina.

Hoy lo importante es seguir acompañando su crecimiento y que ella disfrute el camino”.Mientras el debate sobre su futuro deportivo empieza a instalarse, Paulina continúa haciendo lo mismo que hacía cuando era una nena en Ituzaingó o en Posadas o Eldorado, entrenar, competir y disfrutar del básquet.El récord de los 93 puntos quedó como una fotografía imborrable de sus primeros pasos. No obstante, todo indica que apenas fue el comienzo.A los 13 años ya juega más de cien partidos por temporada, comparte cancha con algunas de las mejores juveniles de Brasil, despierta el interés de seleccionados nacionales y es observada por programas de desarrollo de Europa y Estados Unidos.La historia recién empieza.

Y aquella niña que dormía entre bolsas de pelotas mientras esperaba que terminaran los entrenamientos de su padre hoy está escribiendo, con trabajo, disciplina y una madurez poco común, uno de los capítulos más prometedores del básquet misionero y argentino.