El doble sismo que sacudió a Venezuela reavivó el debate sobre la vulnerabilidad sísmica de los países ubicados en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, entre ellos Panamá. Para el director del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, Néstor Luque, el fenómeno registrado en territorio venezolano responde a un evento geológico poco frecuente conocido como “doblete sísmico”, cuya ocurrencia vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la preparación de la población y los sistemas de respuesta.

Luque explicó que el caso venezolano estuvo marcado por la ocurrencia de dos terremotos prácticamente consecutivos, con magnitudes similares y una separación mínima tanto en el espacio como en el tiempo. “Entre un evento y el otro transcurrieron de 38 a 39 segundos. Uno sucedió a 20 kilómetros de profundidad y el otro a 10 kilómetros.

Horizontalmente estaban separados por apenas cinco kilómetros. Estas distancias son muy pequeñas y eso hace que ambos sean conocidos como un doblete sísmico”, explicó.

Aunque en las últimas horas también se emitieron alertas por actividad sísmica en países como Japón, Filipinas y Nicaragua, Luque aclaró que no existe evidencia científica que permita relacionar estos eventos entre sí ni anticipar nuevos terremotos. “Las predicciones no se pueden hacer. Lo que sí se puede implementar son medidas anticipatorias.

Hay que estar preparados o prepararse ante un eventual evento sísmico”, aseveró. En ese contexto, el geocientífico respaldó la realización de simulacros nacionales de evacuación impulsados por las autoridades panameñas, al considerar que constituyen una herramienta esencial para reducir riesgos. “Hay que hacer simulacros de evacuación ante cualquier emergencia para estar preparados cuando suceda.

Son llamados de atención para que la población esté preparada”, expresó. Luque recordó que Panamá forma parte del entorno geológico del Cinturón de Fuego del Pacífico, una extensa franja donde convergen varias placas tectónicas y se concentra buena parte de la actividad sísmica y volcánica del planeta. “En todos los países que hacemos contacto con la gran placa del Pacífico existe una elevada actividad sísmica y también volcanes activos”, explicó.

Respecto a las zonas de mayor riesgo dentro del territorio nacional, el director del Instituto de Geociencias indicó que la mayor actividad sísmica se concentra en la frontera entre Panamá y Costa Rica. “Está cerca del punto triple donde hacen contacto la placa de Cocos, la placa del Pacífico y la microplaca de Panamá. Esa zona genera una intensa actividad sísmica que se proyecta hacia tierra firme, tanto en Chiriquí como en Bocas del Toro”, precisó.

Uno de los principales desafíos que enfrenta el país, según Luque, es la ausencia de un sistema nacional de alerta temprana para terremotos, una tecnología que ya utilizan países altamente expuestos a los sismos, como México, Chile y Japón. Explicó que estos sistemas funcionan mediante sensores instalados cerca de las zonas donde se originan los sismos, capaces de detectar las primeras ondas y emitir avisos segundos antes de que la sacudida alcance las ciudades. “Cuando los sensores detectan el arribo de la onda sísmica, la información llega a un servidor que calcula la intensidad del evento y emite señales.

Puede sonar una sirena, aparecer un mensaje en los televisores indicando que el impacto llegará en 20 segundos, bloquear ascensores, abrir automáticamente las puertas de emergencia o cerrar válvulas de gas”, describió Luque al explicar el funcionamiento de este tipo de tecnología. Consultado sobre el costo que implicaría implementar un sistema de estas características, el investigador evitó pronunciarse sobre decisiones presupuestarias, aunque dejó una reflexión dirigida a quienes diseñan las políticas públicas. “¿Qué es más costoso: la vida o tener un sistema?

Esa pregunta no me corresponde responderla. Si Panamá lo necesita, hay que decidir si debemos tenerlo o esperar a que ocurra una tragedia para implementarlo”, expresó.

El experto también recordó que Panamá posee un historial de terremotos de gran magnitud, lo que demuestra que el riesgo no es hipotético. “En la historia sísmica de Panamá ya han ocurrido sismos de magnitud siete o superior. Tres de ellos superaron la magnitud 7.5”.

Entre ellos mencionó el terremoto de Limón, ocurrido en 1991, de magnitud 7.6; otro evento cercano a Bocas del Toro, de aproximadamente 7.7; y el mayor registrado en el país, un sismo de magnitud 7.9 ocurrido en 1882 en el mar Caribe, que generó un tsunami con olas de aproximadamente tres metros y causó la muerte de más de 75 indígenas en la entonces comarca de San Blas, hoy Guna Yala. Como hoja de ruta para fortalecer la capacidad de respuesta del país, Luque planteó mantener los simulacros nacionales, avanzar hacia la implementación de un sistema de alerta temprana y reforzar la educación ciudadana sobre gestión del riesgo desde las escuelas y los medios de comunicación.

Asimismo, destacó que Panamá cuenta con fortalezas importantes en materia de construcción. “Tenemos un reglamento estructural panameño y contamos con ingenieros muy bien formados en la Universidad Tecnológica, con la capacidad de diseñar edificaciones que resistan los sismos”, concluyó.