“Resuélvanse a no servir más y serán libres en el acto. No les pido que tomen las armas contra el tirano, sino simplemente que dejen de apoyarlo.” (Etienne de la Boëtie, Discurso de la servidumbre voluntaria).

Hannah Arendt puso dos horrores ante los ojos lagañosos del siglo XX: los totalitarismos y la banalidad del mal. Respecto de los totalitarismos, la de Arendt es una voz potente, pero no solitaria.

En cambio, la otra forma del mal, su banalidad, gestó un miedo profundo, del que no sabemos cómo deshacernos: los verdugos ni siquiera alcanzan a ser malos. No los mueve el odio, no desean destruir personas y ni siquiera están advertidos de lo que hacen.

Son empleados; desean trepar y obedecen. Eso: obedecen.

Adolf Eichmann no era un sádico ni un fanático. Era un burócrata mediocre, ambicioso, que hablaba en clichés.Stanley Milgram había perdido familiares en el Holocausto.

La idea de que gente común pudiera participar en una masacre por simple obediencia lo obsesionaba. Recibió el informe de Arendt sobre Eichmann como una bofetada.

Decidió someter a prueba empírica la tesis de la banalidad del mal. Entre 1961 y 1963, en la Universidad de Yale, reclutó voluntarios corrientes.

La consigna era sencilla: ayudar a un investigador (bata blanca, actitud de autoridad) a aplicar un supuesto test de memoria. El participante debía hacer preguntas a otra persona que no estaba ante su vista.

Cada error debía castigarse con una descarga eléctrica de voltaje creciente, hasta llegar a 450 voltios, una descarga letal. Del otro lado no había nadie: solo una grabación con quejas, gritos y súplicas.

El 65 % de los participantes llegó hasta el último botón. El experimento Milgram confirmaba empíricamente lo que Arendt había sospechado y analizado en el caso de Eichmann: la banalidad del mal, la gente común que, bajo condiciones de obediencia, incluso obediencia adquirida azarosamente, era capaz de apretar el botón final.Era octubre de 1962 y el mundo entero contenía la respiración: la Crisis de los Misiles en Cuba.

El horror nuclear ya no volaba en aviones. La metonimia del botón se convirtió en un icono del siglo y en el mundo real el botón nuclear estaba a punto de ser pulsado.

En la Habana, Fidel Castro se reúne con uno de los personajes más interesantes del siglo: Anastas Mikoyan, alto funcionario soviético que sobrevivió las purgas de Stalin y los arrebatos de Khrushev —ese loco que, durante una Asamblea General de la ONU, se quitó un zapato y lo usó para aporrear su pupitre—. Mikoyan era un viejo zorro: astuto, simpático, claro y firme, que seguía la táctica de alargar las conversaciones.Cuatro horas sin descanso le llevó la negociación.

Fidel Castro terminó profundamente indignado por la retirada soviética de los misiles (como queda documentado en su correspondencia con Khrushchev y en testimonios posteriores), Pero el Che Guevara fue más allá. En una entrevista con Sam Russell, declaró que, de haber estado los misiles bajo control cubano, se habrían disparado, porque “la victoria del socialismo bien vale millones de víctimas atómicas” (Che Guevara a Sam Russell, Daily Worker, noviembre de 1962).Pero no es Mikoyan el único héroe.

Al fin, él llevaba ya una misión y la cumplió, en contra de los revolucionarios más que dispuestos a pulsar el botón. Durante esa misma crisis, a bordo del submarino soviético B-59, el teniente capitán Vasili Arkhipov se negó a pulsar el botón.

Rodeados por destructores estadounidenses que lanzaban cargas de profundidad para obligar al submarino a emerger, el capitán y el comisario político creyeron que la guerra había estallado y querían lanzar un torpedo nuclear. Se necesitaba el acuerdo de los tres oficiales al mando.

Arkhipov, segundo al mando y jefe de estado mayor de la flotilla, se negó. Discutió, persuadió y evitó un lanzamiento que muy probablemente habría desencadenado la Tercera Guerra Mundial.En 1962, mientras el mundo se asomaba al abismo nuclear, la vieja intuición de La Boëtie volvió a demostrarse: la tiranía solo tiene el poder que le prestamos.

Mikoyan y Arkhipov fueron hombres del sistema que, en el momento decisivo, se negaron a seguir obedeciendo. No fue una mayoría, como soñaba La Boëtie: dos personas, en dos momentos críticos, se negaron a pulsar el botón.

La banalidad del mal, como había advertido Arendt y como Milgram demostró en el laboratorio, solo es invencible cuando nadie se atreve a pensar por sí mismo. AQ / MCB