De Los umbrales (Tránsito), el primer libro de Liliana Muñoz, se puede decir que se inscribe en esa larga lista de relatos testimoniales y en ese ámbito al que hemos devuelto su aura: la ética del cuidado. Liliana —quien narra y evoca— vive en Barcelona, es editora y ha vuelto a Mérida para acompañar, junto a las mujeres de la familia, a su tía abuela, Yoli, atacada por el cáncer, pero aún con restos de alegría.

Su experiencia a un tiempo reconciliadora y dolorosa se dilata en el choque ineludible entre la Vida y la Muerte, que se manifiesta en las huellas de la enfermedad, el deterioro físico y la dependencia emocional. Como puede presentirse, en el relato no hay lugar para los hombres —ausentes o lejanos o muertos—.

¿Quiénes, si no las hijas convertidas en enfermeras, las nietas abandonando su espacio confortable, la sobrina que huye de la realidad, pueden atender las quejas a las tres de la mañana, estar presentes en la consulta médica, bañar a la tía abuela, confortarla y aun cantar con ella? No hay lugar para los hombres porque no parecen hechos para avistar el vacío que no puede llenarse con libros memoriosos ni con viejos objetos, aunque las palabras se esfuercen por crear el alfabeto de la pérdida.

Al narrar a la tía abuela, Liliana Muñoz se vuelve irremediablemente hacia sí misma. De esta manera, vamos de los recuerdos —los primeros libros tutelares, la salida de casa, los años universitarios— a la crónica del presente, que se ofrece en tonos sobrios, sin desbarrancar en el melodrama o la cursilería.

Es este, creo, el mérito mayor de Los umbrales: la templanza narrativa con la que comunica los momentos en que de los umbrales que atravesamos a lo largo de nuestras vidas —“de la juventud a la adultez, de la adultez a la vejez”…— queda todavía uno abierto.En un pasaje de calma, cuando la casa familiar ha espantado por un rato a las sombras fúnebres, Liliana Muñoz expresa su intención de conservar a Yoli haciéndola un personaje literario… como si hubiera una manera de eludir a la muerte. Ante la trastada definitiva, algo consigue: Yoli, la anciana de noventa años que aún baila a pesar de que su cuerpo es una ruina, no es la protagonista de un libro, sino el libro. ​​AQ / MCB