Escribo esto desde una soleada terraza en el centro de Filadelfia, una ciudad mucho más encantadora de lo que nadie me había anticipado, así que tal vez esté sesgado, pero hasta ahora este ha sido un Mundial inesperadamente bueno. En parte es por la profusión de goles, no igualada desde la década de 1950, y en parte por la profusión de países chicos, cada uno con su propia historia de Cenicienta, algunos de ellos rindiendo sorprendentemente bien.

Pero el mayor activo del torneo puede ser, contra todo pronóstico, EE.UU. Antes habíamos hablado todos de los defectos del principal anfitrión: los precios de las entradas al estilo estadounidense, la policía migratoria del ICE y la política oficial del gobierno de odiar al mundo.

No habíamos hablado de las cualidades que en cierto modo hacen de EE.UU. el anfitrión ideal de un Mundial.Primero, en contra de la percepción esnob del extranjero, EE.UU. tiene muchísimos amantes del fútbol —más que anteriores anfitriones como Qatar, Rusia, Japón, Francia en 1998 o el propio EE.UU. en 1994—. Una buena parte del país abrazó este deporte foráneo con su cultura ajena.

Los hinchas estadounidenses hicieron una marcha al estilo europeo hacia su partido inaugural contra Paraguay en Los Ángeles —el partido de fútbol más visto en la historia del país, con 27,5 millones de televidentes—. El seleccionado estadounidense, asimismo, es bastante bueno.Pero el principal activo del país como anfitrión es justamente la cuestión que lo viene desgarrando durante la última década: la inmigración.

Casi todos los seleccionados del Mundial tienen una diáspora acá. El primer partido al que fui fue Brasil-Haití en Filadelfia.

Había habido mucha bronca, con razón, por la negativa de EE.UU. a otorgar visas a los hinchas haitianos. No obstante, había miles de haitianos en el estadio, cantando sus canciones durante la derrota de su equipo por 3 a 0, y en el estacionamiento después, mientras los brasileños que hacían cola para el subte se contoneaban al ritmo de las melodías.

El Mundial es un carnaval de naciones y la gente de verdad quiere que aparezcan los hinchas del equipo rival.El transporte público no es uno de los activos de EE.UU. Los sufridos trabajadores del transporte de Filadelfia pidieron a la gente que esperara, y la gente esperó, y los trabajadores del transporte les agradecieron.

Finalmente, nos amontonamos todos en un tren peligrosamente atestado. Una nena con la camiseta de Brasil lloraba aterrorizada, y brasileños, haitianos y estadounidenses (categorías no mutuamente excluyentes) de algún modo le consiguieron un asiento y la calmaron.Al día siguiente vi Costa de Marfil-Alemania en una pantalla gigante en la zona de hinchas gratuita de la ciudad, en Fairmount Park.

Gente con camisetas de muchas naciones estaba tirada en el pasto, en su mayoría hinchando por Costa de Marfil, porque esa es la ética del desvalido propia del Mundial, pero en realidad simplemente disfrutando del clima. Cuando el partido se detenía para las pausas publicitarias, conocidas en la jerga de la FIFA como “pausas de hidratación”, todo el césped brindaba junto.Después estuvo la alegría de los estadounidenses al conocer extranjeros y darse cuenta de que les caen bien.

Recuerda, curiosamente, al Mundial de Rusia de 2018. En ciudades como Nizhni Nóvgorod o Samara, que casi nunca habían visto un extranjero, fue como si hubieran aterrizado ovnis y dejado salir alienígenas inesperadamente amistosos.

Habían sido pocos los momentos de la historia en que los rusos comunes se cruzaban con el mundo, y en el Mundial la gente bailaba junta en la calle. En Rusia, igual que en EE.UU., esto no concordaba con la cosmovisión presidencial.La inesperada casi ausencia de Donald Trump en este torneo hasta ahora ayudó a mantener el clima alegre.

Me encantaron las escenas de policías estadounidenses bailando con caboverdianos, encabezando un cántico de hinchas egipcios y siendo aplaudidos por escoceses por su virtuosismo haciendo jueguito con la pelota. Los escoceses son los indiscutidos campeones de hinchada del torneo hasta ahora, con el Boston Globe publicando un agradecimiento a página completa que decía: “Nunca olvidaremos la alegría que le trajeron a nuestra ciudad”.Una hincha escocesa publicó su propio “videíto para la gente de Boston” en Instagram, diciendo básicamente que esperaba ICE pero encontró gente amable. “La América que estamos viviendo ahora —reflexionó— es la América que nos prometieron de chicos.” Tenía “mi fe en los Estados Unidos de América restaurada, de verdad”.

Lo mismo decimos todos los que pasamos nuestra infancia pateando una pelota contra la puerta de un garaje en una calle que llevaba el nombre del presidente Kennedy. También indicó: “La impresión que me llevo es: ustedes también nos necesitaban a nosotros.

Necesitaban algo de diversión”. Es cierto: el Mundial es una celebración alegre de la cultura nacional de cada uno, construida en torno a una competencia que casi todos entienden que en realidad no importa, así que es lo opuesto a las guerras culturales estadounidenses.Los mundiales no cambian el mundo.

El servicio normal se reanudará la mañana después de la final. Pero el torneo permite que la gente habite una realidad alternativa durante un mes, y propone un modelo de mundo mejor que aquel en el que vivimos.