SANTA FE.— Todo empezó como un impulso incontrolable. Durante el Mundial de Corea-Japón 2002 , millones de personas sin boleto comenzaron a agruparse espontáneamente en las calles frente a pantallas improvisadas.

Así nació este grito de mil banderas, en el que frente a una pantalla gigante se aglutinan habitantes del mundo entero. Es un evento social ineludible para aquellos que llegan a un país a ver un torneo de esta magnitud, aunque hay cosas que realmente no se entienden.

Por ejemplo, el precio de las gaseosas y la cerveza. La Fifa lo corporizó y legalizó a partir de Alemania 2006 .

El impacto fue inmediato y colosal: más de 18 millones de hinchas colmaron las 12 sedes germanas oficiales durante ese mes, marcando un antes y un después en la historia del fútbol. Luego llegaron las arenas de las emblemáticas playas de Copacabana en 2014 , la Colina de los Gorriones en Moscú y varios lugares de Qatar, entre ellos aquel famoso predio en los que miles y miles de visitantes pasaron sus días y noches viviendo en contenedores adecuados a condiciones indispensables de habitabilidad.

Aquí en Dallas nos encontramos un fan fest monstruoso en pleno centro. Se trata de un anfiteatro con escenario, adaptado claramente a los requerimientos y necesidades musicales, semi abierto, con tres pantallas y una tribuna natural, más atrás, con ese verde reluciente del césped que caracteriza a esta ciudad tan pulcra y ordenada.

Visitamos este lugar, donde brasileños (en ese momento jugaban contra Escocia) y mexicanos (colmaron el lugar porque hay muchísimos viviendo en todo el estado de Texas) le dieron un color muy particular. La tribuna explotó cuando entró Neymar .

Y después, llegó el momento de la fiesta mexicana, incluso con números musicales para matizar y entre los que no faltaron “Cielito lindo” o “La Bamba”. Todo muy lindo, muy colorido, pero a la hora de refrescarse llegan los problemas.

Es que en los amplios patios de comida, en los que no solo hay una variedad interesante de platos, sino todos los tragos que uno se pueda imaginar, lo que no abunda es gente. ¿Por qué?, porque los precios son realmente prohibitivos para cualquier bolsillo, no solamente el “agujereado” de los argentinos.

Una latita de gaseosa, cuesta 7,50 dólares (más de 10 mil pesos), una lata de medio litro de cerveza, 21 dólares (más de 30 mil pesos) y ni imaginarse los tragos más sofisticados. Pero hay algo más todavía, como en todas partes, cuando llega el momento del pago con tarjeta, se solicita la propina.

Y lo que pocos saben, es que la propina es el sueldo de quienes atienden en las amplias barras… Sin gente. “Este Mundial es el más caro de la historia” , es la frase que más se escucha. La pronuncian todos, menos los norteamericanos.

A tono con los valores estrafalarios que piden por las entradas, están estas cuestiones que, en medio de semejante calor (temperaturas de 35 grados todos los días en esta ciudad), resultan indispensables: tener la chance de hidratarse convenientemente. A costa del sufrido bolsillo.