Lodenhaus, la emblemática tienda de abrigos en Recoleta, anunció que cierra sus puertas
RECOLETA.— En 1990, María Silvia de Eléspuru de Bellucci quiso importar a la Argentina productos de buena calidad provenientes de Europa. Con la máxima de que fueran “para toda la vida”, su idea era clara: los famosos relojes suizos o la tela loden, famosa por su capacidad para proteger del viento húmedo y el frío.
Finalmente, se decidió por el material que conocía bien gracias a sus viajes y que aún no había llegado al país y así fundó la histórica casa de abrigos Lodenhaus. Hoy, 36 años después, la tienda ubicada en Recoleta anunció su cierre definitivo.Ubicado sobre la calle Libertad 1272, a pocos metros del pasaje que lleva el mismo nombre, el local que se dedicó a importar sacos y tapados confeccionados en el lujoso paño de lana europeo comunicó a los clientes que julio será el último mes en que tendrán las puertas abiertas.Confeccionados originariamente por monjes en Tirol y las Dolomitas, los tejidos de loden se popularizaron durante el siglo XIX gracias a su capacidad impermeabilizante.
Este tipo de lana —proveniente de ovejas alpinas— se teje de forma suelta y luego se somete a un proceso de lavado con agua jabonosa, calor, humedad y presión, lo que logra que quede como una tela gruesa y rígida. A lo largo de los años se extendió el comercio a otros países y algunas empresas comenzaron a importarlos a la Argentina.
Hace más de tres décadas, Lodenhaus fue la primera.El cierre no tiene motivos estrictamente relacionados con la economía del país. “Es un poco por eso, pero no por el [Javier] Milei de hoy, sino por la situación nacional misma. Nosotros abrimos cuando el dólar estaba un peso, pero no importa el color político, la situación nunca es estable”, expresó a LA NACION Cecilia Bellucci, hija de la fundadora y quien dirige el lugar en la actualidad.Más largos, más cortos, algunos colorados, verdes o los clásicos negros.
Para hombres, para mujeres y para niños. Todos con un pliegue en la espalda y una sola hilera vertical de botones que se cierran y se solapan sobre el lado opuesto.
Con una sensación afelpada y suave al tacto y un forro interno que evita la picazón al contacto con la piel, los percheros están cargados con los últimos artículos que les quedan a la venta y que esperan agotar antes del cierre. Las paredes están decoradas con objetos que su madre trajo de viajes —osos de peluche y elementos de mimbre— y una pintura realizada por su padre —Alberto Bellucci, arquitecto, dibujante y exdirector del Museo Nacional de Arte Decorativo y del Bellas Artes— recibe a los clientes en la entrada.“Si fuera únicamente por un tema de país, podríamos seguir adelante porque nos reinventaríamos, pero hay otros condimentos.
Antes abrías sí o sí el 1 de marzo porque ya hacía frío y seguía hasta octubre: tenías 8 o 9 meses de venta. Hoy vendés 5 meses y hay que subsistir todo el año”, explicó Bellucci sobre otro de los motivos que la llevaron a tomar la decisión junto a su madre y su hermana.El tercer y último motivo fue personal. “Si queríamos seguir, había que reinventarse en ese instante.
Yo tenía la voluntad, pero lo primero que hice fue poner un freno y decir: ‘A ver, voy a mirar hacia abajo’. A ninguno de mis hijos les interesa, a mis sobrinos tampoco.
¿Ponerme a traer gente de afuera para seguir? Es un esfuerzo muy grande", consideró. “Fue un poco el país, un poco la situación personal.
Yo tengo un título de arquitecta, ejercí un tiempo y después tuve a mis hijos y frené. Ahora me recibo de psicóloga a fin de año.
Esto me gusta muchísimo pero como hobby, no para dedicarle el 100% de mi tiempo“, reflexionó.La mujer aseveró que se trató de una “decisión en conjunto”: “Es momento de cerrar. Me da una tristeza enorme, por supuesto.
Pero como mi mamá está viva, que el ciclo empiece y se cierre con ella la verdad es que me encanta". Bellucci da la bienvenida a los clientes que ingresan a la tienda situada entre Arenales y Juncal.
Tanto ella como su empleada, que la acompaña desde hace más de 20 años y se emociona al pensar en el cierre, le explican a cada mujer u hombre el valor que tiene el producto y los ayudan a elegir el modelo adecuado.“En un principio, la idea no era tener un local a la calle, sino venderle a James Smart, a otras marcas. Mi mamá trató de registrarse como proveedora, pero como ya era mayo y la temporada había arrancado, le dijeron que era tarde.
Ahí contactó a la embajada de Austria y se mandó por su parte”, contó Bellucci y recordó: “Cuando llegó el pedido se vendieron todos el mismo día y teníamos lista de espera. Ahí ella expresó: ‘Abramos un local’”.
A partir de la decisión de traer el loden, otras marcas decidieron imitarlos y tratar de convertirse en la competencia. Desde su pequeña oficina en el fondo del local, ratificó: “Cuando uno llega primero y fuerte, ya está.
Después de eso nos quisieron comprar y mi mamá les expresó: ‘No, ahora ya abrí el local’”.A lo largo del tiempo, Lodenhaus pasó años de mayor esplendor e incluso llegó a tener varios locales al mismo tiempo en los barrios de Belgrano, Martínez y San Isidro, asimismo de los shoppings Unicenter y Galerías Pacífico. También en el extranjero.
Entre 2011 y 2015, cuando el país tenía complicaciones para importar debido al cepo cambiario, se achicaron hasta quedar únicamente con un local en la calle Arenales, a pocas cuadras de donde están ahora. Hace siete años que se mudaron al punto en donde están ahora.“Hemos ido a Rosario; al norte, en Salta; estuvimos más de 20 años en Chile y en Punta del Este, en Uruguay.
Pero bueno, después la situación del país hizo que nos quedáramos con un solo local", contó Bellucci a este medio.Si bien esta es la definitiva, no fue la primera vez que el local anuncia que se ven obligados a cerrar sus puertas. En mayo de 2025 también comunicaron que era la “última temporada” de la tienda en funcionamiento. “Hasta fin de temporada estaremos en el local”, les decían a los clientes que se mostraron afligidos por la noticia.
No obstante, decidieron extenderse casi un año más en el mercado.“La idea era cerrar el año pasado, pero cuando lo quisimos hacer fue demasiado rápido. Era tratar de cerrar algo de tanto tiempo, ¿por qué hacerlo de un día para el otro?
Estamos todas transitando el duelo", explicó Bellucci. Pese a que era una idea que evaluaban desde hacía tiempo, lo que motivó la decisión fue algo meramente técnico: “Queríamos cerrar el año pasado porque se nos vencía el contrato de alquiler.
Al final renegociamos por un año más y se nos vence el 31 de julio. En algún momento hay que poner una fecha límite”.El anuncio del fin también se da en un contexto de caída de ventas para la industria textil y dificultad para competir con productos importados a menor precio. “Estos abrigos son algo que tiene un valor, que se puede pagar o no.
No son para todo el mundo. Al que le gusta no es que viene todos los años a comprarse dos o tres", analizó Bellucci.Al igual que ellas, los clientes mutaron a lo largo de los años. “Antes el loden te distinguía: el que lo tenía estaba dentro de cierto target.
Se usaba a la noche, para ir al teatro. Después apareció lo que yo le digo el loden ‘para cubrir la calza de lycra’ y forma parte de la vida cotidiana“, bromeó la dueña. ”El público no cambió, pero sí cambió el hábito de cómo usarlo.
Tal vez la plata cambió de manos. Hoy la gente lo usa porque sabe que se pone un loden y que, no importa lo que tenga abajo, va a estar bien vestida", evaluó.“Antes la madre traía a la hija.
Hay generaciones completas en las que viene la abuela, la madre, la hija. Hoy son esas hijas las que vienen a comprar para ellas mismas y no sé si están tan dispuestas a gastar para otros”, deslizó y cerró: “Antes nuestra frase era ‘el loden es para toda la vida’: era un valor subsistir a lo largo del tiempo.
Hoy, la industria de la moda es un deshecho continuo".
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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