Por qué estamos agotados y cómo dejar de culparnos por ello, según Claudia Lewis y Camilo Pino
¿Por qué nos sentimos tan mal? Ideas filosóficas para sobrevivir a la vida (y a la autoexplotación) es el nuevo libro de los filósofos Claudia Lewis y Camilo Pino, luego de el éxito de De Sócrates a Netflix: Una guía sencilla para entender la filosofía.A diferencia de su primera publicación —que se presenta más bien como una obra destinada a explicar, de manera sencilla, las teorías de algunos de los filósofos más conocidos de nuestra historia— ¿Por qué nos sentimos tan mal? presenta una tesis más directa.Fieles a su estilo didáctico y cargado de referencias a la cultura pop, Lewis y Pino citan a una serie de autores para profundizar en por qué existe un sentimiento generalizado de malestar en nuestra sociedad.Cuestionan la idea de que sea un problema personal.
Más bien, sostienen, se trata de “el síntoma de una época que convirtió la vida en una competencia infinita”, en la que priman la autoexplotación y la culpa.En medio de la era de la hiperconectividad, los algoritmos de redes sociales, el burnout, los mensajes de positividad tóxica y los influencers que transmiten que “la felicidad depende de ti” y “tú eres el dueño de tu propio destino”, Lewis y Pino plantean que, cuando el éxito se presenta como una obligación y la positividad como un deber moral, terminamos siendo emprendedores y explotadores de nosotros mismos.¿Por qué nos sentimos tan mal? no es un libro de autoayuda. No promete recetas para ser feliz ni recomendaciones para una “vida perfecta”.
En su lugar, entrega herramientas para comprender una perspectiva sobre por qué hay un sentimiento generalizado de malestar y sugiere ideas para romper con los patrones de autoexplotación.A través de figuras como la del Yo S.A —”una startup unipersonal en una eterna ronda de financiación”, en la que “tu misión no es vivir, sino optimizar tu propuesta de valor en el mercado del capital humano” —y la del Homo oeconomicus —“empresas de un solo empleado, obsesionados con monetizar nuestros hobbies, optimizar nuestro descanso y explotarnos hasta llegar al burnout”— , Lewis y Pino abordan cómo se ha consolidado un “zumbido de fondo” que constantemente nos recuerda que “nada es suficiente”.También recurren a las teorías de filósofos como Byung-Chul Han, para explicar cómo hemos transitado desde una “sociedad disciplinaria” a una “sociedad del rendimiento”, en la que el imperativo ya no es el “debes”, sino que el “puedes”.Para facilitar la lectura y añadir un toque de humor irónico, hacen referencias a series como The Office, Los Simpson, Rugrats y Breaking Bad; a películas como Terminator, Matrix, Intensamente, Joker, Full Metal Jacket y El Diablo viste a la moda; y a frases de cantantes como Beyoncé y Cristian Castro, por nombrar solo algunos.En conversación con La Tercera, los autores descifran las claves de su nuevo libro, publicado por Editorial Planeta.¿Por qué decidieron escribir este libro?C.P: Teníamos la idea de que, en cierto modo, todos nos sentimos mal. Nos metíamos en redes sociales y veíamos gente exitosa, que estaba viajando, que subía fotos muy bonitas y se veía muy feliz.
Pero cuando nos juntábamos con ellos a hablar después de un tiempo, nos confesaban que se sentían mal, porque estaban solos o no tenían pareja, por ejemplo. Y eso les abrumaba la mayor parte del tiempo, a pesar de que se mostraban felices.Hablábamos con otras personas y nos decían que se sentían decepcionadas, por ejemplo, de su trabajo.
Sentían que no habían avanzado en su vida a través de los estudios. Así fuimos notando que había un malestar generalizado, que estaba solapado en la cultura de la felicidad.Las personas constantemente nos mostramos felices.
Las redes sociales son una especie de museo, una curaduría, de nuestros mejores momentos. Pero no reflejan la realidad.Nos hacemos la idea de que los demás están súper bien y que solo uno está triste o pasándolo mal, pero debajo de estas plataformas, en general, todos tenemos lo que en el libro llamamos un “zumbido de fondo”.
Es decir, una sensación grande de malestar que viene de una u otra fuente.Hay un punto en el que se van uniendo todas estas líneas de diferentes malestares, y tiene que ver un poco con la época que nos tocó vivir. Por eso quizás, muchas veces, uno habla con los papás y ellos no entienden por qué estamos mal.Si, como joven, les dices “no me gusta mi trabajo”.
Te pueden responder: “En mis tiempos tenía que trabajar muchas horas a la semana e irme caminando, para sacar adelante a la familia”.En esos casos, no hay una comprensión del malestar contemporáneo, porque en el mundo en el que nuestros padres fueron jóvenes, no predominaba el mismo malestar.Existían enemigos, el sistema, el jefe o un partido político, por ejemplo. Pero nosotros hemos integrado ese malestar en nuestra vida, lo hemos internalizado, entonces nos cuesta mucho ser felices.
Y esa es la paradoja de la situación. Vivimos en el momento histórico en que más se nos ha obligado a ser felices.¿Cómo las redes sociales retroalimentan este sentimiento de malestar que abordan en el libro?C.P: Existe la intuición de que “nos sentimos mal porque estamos mucho tiempo metidos en el celular”.
No obstante, cuando empezamos a investigar, nos dimos cuenta de que no es que simplemente dediquemos demasiado tiempo a las redes y que por eso nos sintamos mal, sino que estas están hechas para provocarnos adicción. Por ejemplo, al mostrarnos gente que está viajando por el mundo para que le hagamos clic a la publicidad de una aerolínea y luego compremos un pasaje.En la actualidad hay mucho debate sobre esto de dejar las redes sociales.
No obstante, muchas veces se pone el eje sobre el usuario. En cierto modo, es cierto que somos libres de quitar estas plataformas de nuestro celular cuando queramos, pero también lo es que estas están estructuradas para que te cueste dejarlas.Cada fragmento de la pantalla está distribuido de una forma específica para que te pongas a ver el siguiente video, para que sepas dónde está el like, para que aparezca contenido que potencie tu engagement.
Las redes sociales no quieren que te vayas, porque así te pueden poner más publicidad.En el libro decimos que esto no pasa por un problema personal, que es lo que muchas veces sugiere la autoayuda. No es únicamente un asunto de voluntad, sino que el mundo que nos toca vivir está configurado de un modo en que nuestra voluntad no sea suficiente o tengamos que hacer actos de voluntad increíbles para resolver el problema de las redes.Una de las teorías más interesantes que mencionan en el libro es la de Byung-Chul Han, sobre cómo hemos transitado de una “sociedad disciplinaria” a una “sociedad del rendimiento”.
¿Cómo se conecta con la tesis de su libro?C.P: Byung-Chul Han se dio cuenta de que nuestro mundo es relativamente diferente, desde los 80 en adelante aproximadamente, al que les tocó vivir a nuestros padres. Y que en este cambio de paradigma, el “jefe” se ha introducido en nuestras cabezas.
Es decir, era más óptimo para el sistema, en lugar de tener a un capataz que nos pegue con un látigo para funcionar, internalizar ese capataz y hacernos sentir culpables. Por ejemplo, cuando no nos damos tiempo para trabajar o avanzar en un posgrado los fines de semana.Nuestro mundo actual está estructurado de forma de castigar los espacios vacíos.
Nos sentimos angustiados o como una farsa. Por eso hemos tendido a monetizar nuestros pasatiempos, actividades que antes eran parte de nuestra vida privada.Nosotros tampoco nos escapamos de esta situación, por ejemplo, cuando yo le digo a alguien que teje: “¿Por qué no abres una cuenta en redes sociales y vendes amigurumis?
Te iría muy bien”.Ahí también respondo a esta obsesión. Esta producción con un objetivo fantasioso, efímero e irreal, que es optimizarse constantemente sin ningún fin último.¿Aquello también contribuye a este sentimiento de culpa que se presenta de manera omnipresente?C.P: Así es, porque en el fondo el objetivo de esto es que nunca haya una finalidad, que nunca haya un límite, que no haya un momento en que nos sintamos completos.
En esencia, somos un proyecto constante, porque estamos siempre mejorándonos, evaluándonos, limando nuestras asperezas, pero para un objetivo que al final del día es totalmente inalcanzable. No necesariamente es un defecto de nuestro carácter.
No es que nos cueste motivarnos o ponernos objetivos, es que en la actualidad, el mundo está constituido para justamente estar siempre viéndonos como un proyecto inacabado.De ese modo tenemos que comprar más suplementos, mejores cámaras para hacer streams o más cursos, por mencionar algunos ejemplos.¿Cómo vivir bajo esta lógica del Yo S.A. potencia la autoexplotación y la sensación de malestar en la sociedad?C.P: Uno se pregunta cómo se puede vivir así, pero en la práctica lo hacemos todos los días. Todos los días estamos aferrados a esta constante optimización de uno mismo.
La mayor parte de nuestros contactos o chats grupales están relacionados con el trabajo o con un montón de gente que nos puede ser útil. En otro orden, dejamos de ver a nuestros amigos y tendemos a confiar en las aplicaciones de citas para encontrar una pareja, que también es una optimización algorítmica de cómo solucionar nuestros problemas.
La vida en general se ha estructurado de esta manera. Quizás cuando niños no nos dimos cuenta, pero en el colegio se premia mucho “al mejor”, a quien tiene el mejor promedio del curso.
Hay hasta escalas.Esto no es culpa de los profesores ni de los padres, pero hay una industria cultural donde se ha premiado desde pequeños los elementos que están relacionados a esta misma cultura de la producción. En los colegios hay como un doble discurso, donde se quiere potenciar, por ejemplo, el compañerismo, el trabajo en equipo, las habilidades blandas, los elementos transversales.
Pero al final te das cuentas de que el que gana en el colegio es el que tiene la mejor nota o saca el mejor puntaje.Lo que quizás Byung-Chul Han no dice, y nosotros notamos un poco, es que el gran paradigma que ha cambiado es el individualismo radical. Uno podría decir que desde la modernidad, en el contexto filosófico, hemos estado en una vorágine cada vez más individualista.
El individuo ha sido el protagonista del mundo moderno, pero desde los 80 en adelante, el individualismo se ha radicalizado en nuestra sociedad. Por eso ponía el ejemplo de la educación.
Si la tomamos bajo esa lectura, es muy del éxito individual. Y ese éxito individual va a ser traspasado a la universidad y luego al trabajo e incluso a las redes sociales.
Pareciera que la mayor parte de los problemas que tenemos vienen un poco del individualismo. Históricamente, el ser humano ha tenido el concepto de comunidad mucho más presente.
Aristóteles, cuando habla de la ética, dice que no es algo que se pueda conseguir como individuo. Eso es súper interesante, porque se contrapone a la autoayuda y a muchas tesis contemporáneas.Plantea que la felicidad es grupal, que uno es feliz en comunidad, en el servicio público con los demás, en relación con los otros.
Esa idea se ha perdido. Y hasta que no recuperemos lo común, lo grupal, es muy difícil que salgamos de este círculo de dolor, angustia y de sentirnos mal.Desde su mirada filosófica, ¿por qué es importante procesar nuestros distintos tipos de emociones y no reprimirlas?C.P: Últimamente ha habido un auge importante del estoicismo.
El estoicismo aparece en la historia de la humanidad cada cierta cantidad de años o siglos, y se toma una vertiente sobre otra.En la actualidad se ha ocupado mucho por Silicon Valley, justamente esta lógica del Yo S.A., y se sugiere que ante los males de la vida no nos queda más que reprimir las emociones.Obviamente, el estoicismo es una filosofía de la resiliencia y que sirve muy bien para ciertos contextos históricos y condiciones biográficas. El poder aguantar.
Y en ese sentido, nosotros somos muy estoicos. Pero en otro orden, también hay que ser muy crítico.
Hay autores que no mencionamos en el libro, pero que plantean que la mayor cantidad de cambios en la estructura de la humanidad no se dan por aguantar resilientemente los males de la vida, sino que al contrario: la emociones son realmente los motores del cambio civilizacional.Justamente la rabia y el enojo nos han llevado a revoluciones tanto positivas como negativas, pero también nos ayudan a empatizar. Teorías más progresistas, como las de la identidad, han aparecido porque hemos empezado a empatizar con el dolor de grupos, minorías o la individualidad.Entonces, los cambios sociales no se están dando en suprimir las emociones o en ese estado de control emocional o ataraxia, sino que en darle espacio al sentir.C.L: Hoy en día, particularmente, sentir las emociones y expresarlas es un acto de rebeldía.
En el sentido de que todo está hecho para que las reprimamos.Por ejemplo, quizás podemos ir un día al trabajo y estar más silenciosos, porque estamos más tristes, pero tenemos clarísimo que no podemos estar una semana así. Tenemos que poner una buena cara, sonreír, porque sino quizás empiezan a percibirnos como una problemática o como que tiramos el ambiente para abajo.
Se reprimen esas emociones.Al mismo tiempo, con las redes sociales, nos empezamos a sentir mal e inmediatamente abrimos plataformas para ver contenidos cortos y rápidos, para que nos generen dopamina y nos olvidemos un poco de que estamos tristes.No obstante, al final del día, esa tristeza no se sintió, no se procesó, y se va creando una especie de bola de nieve. Después, en un par de meses, por ejemplo, nos vamos a dar cuenta de que estamos sumamente deprimidos y con burnout.Es importante vivir las emociones, porque así las procesamos y no las almacenamos.
Al hacerlo, las superamos y las vamos dejando atrás también.En una parte del libro citan una frase de José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. ¿Cómo se conecta con la tesis que ustedes proponen?C.L: A veces nos gustaría creer, y hay teoría filosóficas que también lo dicen, que nosotros nos hacemos a nosotros mismos.
Como si nuestro entorno no tuviera influencia en quiénes somos. Pero después nos vamos dando cuenta de que no es así.Por ejemplo, Alexis Sánchez, “El Niño Maravilla”, probablemente no habría sido futbolista si su mamá no lo hubiera dejado ir a la plaza a jugar fútbol.Las personas tenemos una cierta personalidad, tenemos matices.
Algunos somos más melancólicos, otros más alegres, pero nuestro entorno nos hace ser quiénes somos, nos va formando muchísimo más de lo que creemos.Nuestras circunstancias también son diferentes. Por ejemplo, yo no nací en el mismo lugar que Dua Lipa ni me convertí en cantante.
Soy la menor de cuatro hermanos y aquí estoy. Estudié filosofía porque, probablemente, si hubiese sido la hermana mayor, mis papás no me habrían dejado estudiar esta carrera.Nuestro entorno, si bien no nos determina, sí nos va formando y nos va condicionando a ciertas cosas.
No es inocuo ser quienes somos.Pueden ser detalles, pero también cosas grandes. Por ejemplo, si una persona lee desde pequeña, puede tener mayor uso del vocabulario o mejor redacción.
Y eso quizás le va a permitir expresar sus ideas con más elocuencia.En el fondo, se va generando una cadena donde nuestro entorno nos va definiendo, aunque no nos determina.C.P: En relación a la crítica del Yo S.A. y mucha de la literatura de autoayuda, nunca se problematizan las circunstancias.Cuando apareció esta moda de los influencers que se levantaban a las 5:00 para hacerse batidos de fruta y “empezar el día antes” escribiendo en su diario, pensé que era una burla para muchas personas.Yo fui profesor de universidad, y tenía alumnos que venían desde muy lejos. Ellos se levantaban a las 5:00 para llegar a la clase de las 8:00.
Entonces, no eran las mismas 5:00 para uno y para otro.Estas recetas mágicas y universales que muchas veces da la autoayuda carecen de esta idea de Ortega y Gasset, de que las circunstancias de uno también determinan bastante nuestra capacidad de acción y de realización.¿Qué se puede hacer para salir de ese estado de malestar?C.P: Por ejemplo, hay que recuperar el tiempo lento, el “perder” el tiempo. Como expresó Cristian Castro, aprender a mirar la nada.
Esto se puede traducir también en escaparse a la naturaleza y mirar un atardecer, sin necesariamente sacarle una foto. Pensar que nuestro tiempo, si bien es finito, también podemos dedicarlo a aburrirnos.En el aburrimiento aparecen justamente las grandes ideas, los grandes proyectos, las grandes historias.
Hay que recuperar el tiempo muerto sin la sensación constante de que estoy perdiéndolo o malgastando un recurso, como si fuera una cuenta económica.También es muy importante aprender a perdonarse a uno mismo y recuperar lo comunitario, volver a tener grupos y a conocer gente en el mundo real.Hace poco estaba viendo un estudio que decía que se están perdiendo los grupos, por ejemplo, de scouts. Probablemente, si hablamos con nuestros padres o abuelos, nos vamos a dar cuenta de que pertenecían a diferentes comunidades.
A los clubes de fútbol, al club de rayuela o al club de la municipalidad donde iban a jugar dominó. Pero en la actualidad vivimos exactamente en el otro lado.
Yo creo que los jóvenes ya ni siquiera conocemos a nuestros vecinos. Nosotros vivimos hace seis años en un departamento y, lamentablemente, las únicas interacciones que hemos tenido con los vecinos son por ruidos molestos.
Hemos perdido la comunidad. Entonces, hay que buscar formas.Ahora, el auge de los clubes de lectura, por ejemplo, es una muestra de que hay un deseo casi biológico connatural al ser humano, de recuperar lo comunitario.
Y es por eso que han aparecido todas estas instancias fuera de las redes sociales para volver a conectar.C.L: También entender racionalmente que la vida no es una carrera. Creo que es súper importante ser gentil con uno mismo, saber perdonarse.
Por ejemplo, si quiero convertirme en runner y he estado en el sillón todo el tiempo, está bien, pero probablemente voy a ir más lento que una persona que corre 5K y que quiere empezar a correr 10K.Mi punto es que cada uno tiene sus tiempos, sus particularidades. Y en ese sentido, creo que tenemos que ser amables con nosotros mismos.
Hay que recordarse constantemente estas cosas, porque es súper fácil olvidarlas y volver a caer en esas frustraciones del día a día, de quizás ver a tus amigos viajando y tú, por ejemplo, no llegar bien a fin de mes. Pero claro, las circunstancias son diferentes.
Lo otro que también ayuda mucho es estar presente. Estamos con el teléfono todo el día, incluso mientras vemos una película, estamos en una clase de cerámica o compartimos con amigos, por ejemplo.
Es una buena herramienta dejarlo de lado por un rato y estar presentes en lo que estamos haciendo.
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
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