“La tal “patria milagro” podría consistir en la privatización forzada del Estado para favorecer a un grupillo”: Cecilia OrozcoMauricio Dueñas CastañedaLo siento por aquellos millones de ciudadanos ingenuos que el domingo pasado votaron por el vencedor de la contienda presidencial, porque desconocían las formas oportunistas con que se reinventa el mundo de los tiranos cada vez que las circunstancias lo requieren. Lo siento por el pueblo que fue a dejar sus aspiraciones legítimas en las urnas, confundido por la información engañosa con que fue bombardeado.

Lo siento, de verdad, por los miles de colombianos que manifestaron sus deseos genuinos de lograr una vida más estable y menos angustiosa. Deploro el retroceso que veremos, en muy poco tiempo, en materias democráticas.

No lo lamento, en cambio, por el pequeño establishment o grupo de poder que, tradicionalmente, ha detentado influencia y control sobre el Estado, y que eligió, a ciencia y conciencia de quién es, qué representa y de dónde viene, al personaje que podría reencauzar el manejo de los presupuestos públicos y los negocios oficiales que necesitan para engordar más sus abultadas chequeras. No hay que hacerse ilusiones con discursos sin contenido ni proyectos de fondo como el de la noche del 21 de junio –hueco, artificioso, contradictorio y farandulero–, con que el mandatario electo atiborró a sus fanáticos: pleno de gestos belicistas pero con frases de cajón deshilvanadas e incongruentes, empezando por aquella que reza que “gobernará para todos” para, seguidamente, advertirles a Cepeda y Petro, los jefes de la oposición legal que le hará control político a su futura administración, que “no se equivoquen” y que “vayan empacando maletas”.

Quien ha sido, no deja de ser de la noche a la mañana. No es posible, en la vida real, que el “emprendedor” que hace 23 años se acercó a los paramilitares Mancuso, alias Báez y alias El Tuso Sierra, entre otros, para servirles de puente con el fin de lograr los favores del gobierno, las cortes y el Congreso del momento; el consejero de mujeres voceras del paramilitarismo; el abogado, aliado, amigo o examigo de narcos y defraudadores del erario público y de los ahorros privados con cuyos pagos hizo la fortuna de la que se ufana; no es creíble, digo, que esa persona sin límites morales contenga en su ser interior a un dirigente sabio, prudente y equilibrado.

Lo saben los grupos privados y públicos, nacionales y extranjeros que pusieron raudales de dinero, presión y esfuerzos para apalancar su elección. Y ¡de qué forma retadora!

Ellos están celebrando su victoria pragmática sin reparos éticos: su éxito utilitarista se sitúa, históricamente, en la filosofía maquiavélica que supuestamente habría expresado hace casi un siglo Franklin D. Roosevelt durante los gobiernos del primer Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua (1937–1947; 1950–1956): “Somoza may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch” (“Somoza puede ser un hijo de p… pero es nuestro hijo de p…”) (ver).

Pronto veremos la “patria” plutocrática que imita la de la antigua época Roosevelt, hoy era Trump.También se frotan las manos, felices con los beneficios que obtendrían, los futuros ministros o directores de departamentos y agencias estatales que pertenecen al círculo cercano del ganador (ver). Un examen superficial a sus hojas de vida muestra quiénes son y cuáles intereses representan: Carlos Alonso Lucio, jefe programático de la campaña y “amigo desde hace 20 años” del mandatario electo, fue guerrillero, de un lado, y consejero de paramilitares, del otro, en la época en que el nuevo presidente también lo era.

Lucio carga el deshonroso “título” de condenado en un juicio penal por los delitos de falsa denuncia y estafa (ver). Jaime Beltrán, gerente de la campaña para las regiones, fue alcalde de Bucaramanga conocido como el “Bukele” santandereano por su extremismo y, después, separado del cargo con destitución, por doble militancia (ver).

Carlos Andrés Ríos, gerente de la campaña y accionista principal de la empresa familiar en Antioquia, Estaco, de diseño, fabricación y montaje de grandes estructuras metálicas como puentes, torres, edificios y recintos (ver) aspira, pese a que su negocio se encuentra en plena actividad y a sus eventuales conflictos de interés, “a estar al frente de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres” (UNGRD), la misma del escándalo de corrupción del gobierno Petro. Carlos Suárez, estratega publicitario y amigo personal del electo funcionario, ha recibido $1.925 millones en honorarios parciales por sus servicios a la campaña, a través de una firma opaca que ha sido consultora de los poco edificantes politiqueros Dilian Francisca Toro, Clara Luz Roldán, Álex Char y Alejandro Ordóñez, sumados a Enrique Gómez Martínez: este hoy senador y jefe de debate del candidato triunfante, antes era el hiperactivo contradictor de la reforma a la salud; pero nunca puso de presente que fungía como “empresario [con] historial de vínculos, negocios y contratos con empresas privadas de la salud que, potencialmente, se podrían ver afectadas con [esa] reforma”.

Joaquín Gutiérrez, secretario privado del elegido, es agente liquidador de Odebrecht, asimismo de socio y directivo de empresas privadas de salud de Magdalena y Córdoba. El entramado de negociados potenciales que se vislumbran desde antes de pisar la Casa de Nariño, no termina: es mucho más largo.

La tal “patria milagro”, cuando se concrete, podría consistir en la privatización forzada del Estado para favorecer a un grupillo de privilegiados. Debido a estas oscuras realidades, lo siento por Colombia: el país que eligió un remedio mil veces peor que la enfermedad.