Más de 26 millones de colombianos confían en el proceso electoral, creen en la importancia de la democracia, hicieron contar sus voces y rechazaron de tajo la violencia.Mauricio Dueñas CastañedaLa democracia colombiana mostró una reconfortante madurez con los resultados de la elección presidencial. Ante un momento de suprema tensión por la apretada diferencia de votos entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, ambos candidatos llamaron a la calma, al respeto de las instituciones y a reconocer los conteos oficiales una vez terminados los escrutinios.

Esto, en el marco de las elecciones más votadas bajo la Constitución de 1991, con una participación de más de 26 millones de colombianos que confían en el proceso electoral, que creen en la importancia de la democracia, que hicieron contar sus voces y que rechazaron de tajo la violencia.El incendio del país, que se rumoreaba en redes sociales la semana previa a las elecciones, no sucedió. No hay que cantar victoria porque, sí, hubo algunos disturbios en Cali y en Bogotá, y fueron hechos lamentables todavía sujetos de investigación, pero se trató de hechos aislados en un país que reaccionó en cambio con altura al resultado electoral.

Adicionalmente, la Registraduría resistió a los constantes ataques a su legitimidad desde la cabeza del Estado con un trabajo riguroso, transparente y veloz en el conteo de los votos y su transmisión. La Defensoría del Pueblo mantuvo su rol esencial como garante de las elecciones llamando la atención sobre los lugares donde hubo constreñimiento a los electores.

Todo eso nos arroja una jornada electoral histórica que reforzó las instituciones y demostró que Colombia tiene normas electorales que se cumplen.También se destruyeron mitos que pulularon durante toda la presidencia de Gustavo Petro. Una y otra vez le escuchamos a la oposición que no tenían garantías y que el mandatario buscaría perpetuarse en el poder eliminando la democracia.

Incluso, que no tendríamos elecciones. Eso no sucedió.

No solo la oposición pudo participar en las elecciones, sino que las ganaron y su triunfo ha sido respetado. El presidente Petro no aplazó las elecciones ni las canceló y, como prometió desde el principio, entregará el poder el próximo 7 de agosto.

Ahora, cuando el ruido de la campaña ha bajado, todo esto parece obvio, pero muchos de los miedos que se escucharon en estos años giraron en torno a un quiebre institucional irreparable que sucedió.Por su parte, el presidente electo, Abelardo de la Espriella, ofreció un discurso de victoria que modificó el tono utilizado durante la campaña con los mensajes correctos. Viendo que las urnas reflejaron un país con profundas divisiones, prometió representar a todos los colombianos, garantizar el derecho a la oposición democrática, ganarse la confianza de quienes no votaron por él y respaldar la institucionalidad.

Son promesas que deberá cumplir y sobre las cuales reposará cualquier evaluación de su futura gestión como gobernante, pero es un buen comienzo.Entre sus mensajes conciliadores, el presidente electo habló del respeto a la libertad de prensa, tema que nos toca directamente y que requiere gestos contundentes. Durante su vida como ciudadano, el ahora elegido acumuló denuncias y demandas contra periodistas que lo investigaron o criticaron.

Durante la campaña estigmatizó a sus críticos, pidió que la justicia estadounidense tomara represalias contra ellos y se mostró como un líder poco receptivo a los cuestionamientos. Recibimos como buena noticia su promesa de querer proteger la prensa libre, y confiamos en que cesarán comentarios y acciones de presión, Incluso, debería abandonar los procesos en curso.

Venimos de cuatro años de ataques sistemáticos del Gobierno actual a la prensa libre y esa persecución no debe continuar ni, menos, profundizarse. El país necesita dejar a un lado tanta agresividad.¿Está en desacuerdo con este editorial?

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