Durante años, gran parte de la conversación educativa se ha concentrado en el rendimiento académico, las calificaciones y el cumplimiento de estándares. No obstante, poco se habla de los procesos cognitivos que hacen posible el aprendizaje y que, silenciosamente, impactan cada experiencia de estudiantes y docentes dentro del aula.

¿Por qué algunos estudiantes tienen dificultades para organizarse, seguir instrucciones o mantener la atención? ¿Por qué otros reaccionan de manera impulsiva ante pequeños cambios o se frustran rápidamente frente a ciertas tareas?

Con frecuencia, estas conductas son interpretadas como desinterés, falta de disciplina o incluso falta de capacidad, cuando en realidad podrían estar relacionadas con habilidades cognitivas aún en desarrollo: las funciones ejecutivas. Las funciones ejecutivas constituyen un conjunto de procesos cognitivos superiores que permiten al ser humano orientar su comportamiento hacia el logro de metas.

Según Grajeda, estas habilidades facilitan la regulación, organización y planificación de la conducta, permitiendo la adaptación a diferentes demandas del entorno. A pesar de su importancia, se trata de capacidades todavía poco comprendidas fuera de espacios especializados, los hogares y los entornos educativos.

En muchas aulas se continúa evaluando únicamente los resultados visibles, sin detenerse a analizar los procesos cognitivos y emocionales que sostienen el aprendizaje. Y esto tiene consecuencias importantes.

Es posible que un estudiante que constantemente olvida instrucciones no enfrente un problema de actitud, sino dificultades en su memoria de trabajo. Interrumpir impulsivamente puede ser una señal de que requiere mayor acompañamiento para desarrollar habilidades de autorregulación y control de impulsos.

Los estudiantes que evitan ciertas actividades pueden estar experimentando sobrecarga cognitiva o emocional. No obstante, en lugar de encontrar adultos que comprendan estos procesos, muchas veces reciben respuestas basadas en etiquetas o castigos.

Esto no significa justificar todas las dificultades académicas ni eliminar los límites dentro del aula. Implica ampliar la mirada.

Significa reconocer que aprender involucra mucho más que memorizar contenidos o completar tareas. Aprender también implica regular emociones, sostener la atención, organizar pensamientos y adaptarse constantemente a nuevas exigencias.

La neuroeducación ha comenzado a abrir espacios importantes para esta conversación. Es una oportunidad que debe aprovecharse.

Comprender cómo funciona el cerebro no pretende convertir la educación en un laboratorio, sino acercar herramientas basadas en evidencia que permitan entender mejor las necesidades reales de los estudiantes. En un contexto en el que los desafíos relacionados con la atención, la regulación emocional y el aprendizaje son cada vez más visibles, esta discusión resulta crucial.

En Panamá, hablar de funciones ejecutivas todavía parece limitarse a ciertos entornos académicos o clínicos, cuando en realidad debería formar parte de una conversación educativa más amplia. Docentes, familias y profesionales necesitan cada vez más herramientas para comprender conductas y procesos que influyen directamente en el desarrollo y desempeño de niños y adolescentes.

Recientemente publiqué Mentes en el Aula: Una Perspectiva desde las Funciones Ejecutivas, un libro que surge precisamente de la necesidad de acercar estos temas a la comunidad educativa y a las familias desde una mirada accesible, humana y basada en conocimiento neuropsicológico. Su propósito es fortalecer el papel que cada actor desempeña en los distintos contextos educativos.

Más allá de presentar conceptos teóricos, la intención es generar reflexión sobre cómo estamos entendiendo el aprendizaje en las aulas y qué cambios podemos impulsar a partir de una mejor comprensión de las necesidades de los estudiantes. El verdadero desafío no está solo en incorporar nuevos términos a la narrativa educativa, sino en transformar la manera en que observamos a los estudiantes y comprendemos sus necesidades.

Detrás de muchas dificultades académicas existen procesos cognitivos y emocionales que merecen ser comprendidos antes de ser juzgados, para evitar impactos negativos en el desarrollo de los estudiantes. Es preciso seguir construyendo espacios donde hablar sobre aprendizaje también implique hablar sobre el cerebro, la regulación emocional y el desarrollo cognitivo.

Espacios donde docentes, familias y especialistas puedan acceder a información que les permita acompañar a niños y adolescentes en todos los niveles educativos desde una perspectiva más consciente y empática. Porque cuando entendemos mejor cómo aprende el cerebro, también aprendemos a enseñar de una manera más humana.

La autora forma parte de Jóvenes Unidos por la Educación.