El último bastión de la jarana criolla: Don Porfirio, la peña que logró que los jóvenes limeños vuelvan a enamorarse del criollismo

Fin del Mundo, el restaurante en Lima creado por el hijo de un veterano de Malvinas que rinde tributo a su padre a través del asado patagónicoPálpito, así es el nuevo restaurante arequipeño que trae la cocina de Mollendo a LimaCochinita, el restaurante mexicano en Miraflores que trae los verdaderos tacos callejerosEn una época en la que las peñas criollas forman parte de la memoria de muchos limeños, la Peña Don Porfirio en Barranco sigue resistiendo al paso del tiempo y lo hace gracias a una promesa de amor. Marilú Loncharich de Vásquez todavía recuerda con emoción aquel sueño que acompañó durante años a su esposo, el reconocido cantautor Abelardo Vásquez, hijo del gran Porfirio Vásquez, y que hoy se siente más vivo que nunca.MIRA TAMBIE: Ivalú Acurio, la hija de dos íconos de la gastronomía que sigue sus pasos y hoy lidera siete locales en SuizaAmbos se conocieron en la Escuela Nacional de Folclore José María Arguedas, donde él era profesor y ella una de sus alumnas.
Entre clases de marinera limeña y festejo nació una historia que terminaría convirtiéndose también en un proyecto de vida.“Mi esposo siempre tuvo el sueño de tener una peña criolla”, cuenta Marilú. La oportunidad apareció en 1984, cuando dos alumnos de Porfirio le sugirieron aprovechar una antigua casona del pasaje Tumbes, en Barranco, donde asimismo ofrecía clases particulares de marinera.En apenas un mes, el lugar quedó listo.
Solo faltaba un nombre. La noche de la inauguración, el 10 de febrero de 1984, fueron los propios asistentes quienes sugirieron bautizarla como Don Porfirio, en homenaje al querido criollo con quien muchos habían compartido interminables jaranas criollas.
Así nació una de las peñas más tradicionales de Lima.El sueño encontró un hogarLa primera sede permaneció ocho años en el pasaje Tumbes. No obstante, Abelardo tenía una condición innegociable: la peña debía seguir en Barranco. “Si no conseguimos algo en Barranco, la peña muere”, le decía a Marilú.En 1992 encontraron el terreno donde hoy funciona el local.
La pareja hizo esfuerzos, recibió el apoyo de amigos y en menos de un año levantaron la nueva casa. “Quiso hacer la peña y nuestra casa encima. Aquí vivimos”, cuenta doña Marilú.Pero el camino no siempre fue fácil.
Luego de la muerte de Abelardo, muchos pensaron que la historia terminaría. “Fue un año muy complicado. Los amigos creían que la peña iba a desaparecer”, admite.No obstante, la ayuda de artistas, amigos y personas cercanas permitió salir adelante.
Y, sobre todo, la convicción de Marilú. “Lo hice por amor a mi esposo. El sueño de toda su vida no podía quedarse abandonado”.Una anfitriona que conoce a todosA sus más de cuatro décadas, la Peña Don Porfirio conserva una esencia familiar.
Marilú sigue recibiendo personalmente a los visitantes. Recorre las mesas, pregunta de dónde vienen, felicita cumpleaños y toma el micrófono para presentar a los invitados. “Quiero que todos se sientan como en casa”, dice.Su hijo Eduardo se encarga de la parte administrativa y tecnológica, mientras que Verónica se ocupa de las redes sociales y la difusión.
Entre los tres mantienen vivo un proyecto que se convirtió en una extensión de la familia.La pandemia cambió algunas costumbres, pero no la esencia. Hoy el público es más diverso que nunca. “Después de la pandemia vienen turistas de todas partes.
Europa, América, África. Me emociona cuando llegan personas de países que uno ni imagina”, cuenta.Pero hay otro fenómeno que la llena de satisfacción: la presencia de los jóvenes. “Antes el público era mayor.
Ahora hay noches en las que tenemos un 80 % de jóvenes y eso nos encanta porque significa que nuestra música criolla sigue viva”.Asimismo, también disfruta viendo cómo extranjeros y peruanos terminan unidos por el ritmo de la música criolla. “Así vengan del Congo o de donde sea, terminan bailando festejo”, dice entre risas.La peña abre principalmente los viernes, una tradición heredada de Abelardo. En los años ochenta, los espectáculos terminaban los viernes a las tres de la mañana y luego los músicos, cantantes y guitarristas llegaban a la peña a continuar la jarana hasta el día siguiente. “Por eso siempre fue viernes y así lo hemos mantenido”, explica.El criollismo también se sirve en la mesaLa experiencia se complementa con una propuesta gastronómica sencilla, pero muy querida por sus visitantes.
El plato estrella es el lomo saltado, uno de los favoritos históricos de la casa. También ofrecen piqueos como chicharrón de pollo, alitas, tequeños y otros platos ideales para compartir.La cocina tiene un significado especial para Marilú.
En los primeros años, era el propio Abelardo el que preparaba las comidas. Un legado que sigue cantandoAunque ya no canta como antes, Marilú continúa siendo el alma de la peña, para ella, Don Porfirio representa mucho más que un negocio. “Es el sueño cumplido de mi esposo y una gran satisfacción.
Lo primero que quiero es que la gente se sienta como en casa. Y que los peruanos valoren lo que tenemos”.Cada viernes, llegan curiosos y amigos, como Danna, quien llegó con una foto de su papá, gran amigo de la casa y que falleció hace unos meses, ella decidió celebrar el cumpleaños número 80 como lo hizo durante muchos años y es que cuando las guitarras vuelven a sonar y los visitantes se levantan a bailar, el legado de Abelardo Vásquez continúa vivo.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.