El cine descubrió hace tiempo el valor de los puentes en la vida. Cruzar de orilla a orilla supone mucho más que un simple traslado físico, porque lo que atraviesa el cauce, el río o el desnivel de turno puede tener un gran poder transformador.

Hay puentes para cruzar y puentes que se derrumban o se destruyen, como el del río Kwai, en el que, con una sinfonía de silbidos de fondo, se muestra el dilema del muy británico coronel Nicholson (Alex Guinnes) atrapado entre proteger su gran obra y colaborar con el enemigo japonés. “Dios mío, qué he hecho” son sus últimas palabras.Seguir leyendo...