Mientras esperamos la proclamación oficial de los resultados electorales, vale la pena mirar los grandes desafíos que enfrentará el próximo gobierno. Y ninguno es tan importante como reducir la pobreza.

Después de todo, si existe un objetivo que debería convocarnos como país, es lograr que más peruanos puedan acceder a una vida mejor, especialmente aquellos que aún permanecen excluidos del progreso. Para ello, no necesitamos empezar de cero.

Basta recordar qué hicimos bien cuando logramos reducir la pobreza de manera sostenida y observar qué están haciendo países de la región que siguen avanzando.En quince años, el Perú logró sacar a más de 9 millones de peruanos de la pobreza y alcanzó la que probablemente sea la tasa de pobreza más baja de toda su historia (20,2% en 2019). Detrás de esa cifra hay millones de historias de esfuerzo, oportunidades que se abrieron y familias que lograron mejorar su calidad de vida.

Algunos suelen restar importancia a este avance argumentando que fue únicamente producto de un contexto internacional favorable o señalando que parte de esos logros se revirtieron con la pandemia. No obstante, ambas críticas son injustas.

El Perú ha disfrutado de contextos internacionales favorables en otros momentos de su historia, incluidos los últimos años de altos precios de nuestras exportaciones, sin lograr reducciones similares de pobreza. Y más que concentrarnos en lo que sucedió durante la pandemia, deberíamos preguntarnos por qué el Perú sigue siendo uno de los pocos países de la región que aún no ha logrado regresar a sus niveles de pobreza previos.

Conviene, en cambio, recordar qué fue lo que hicimos bien cuando sí logramos reducirla de manera sostenida.El crecimiento económico fue el gran protagonista de ese avance. Según el Banco Mundial, buena parte de la reducción de la pobreza durante ese período se explica por una economía que generaba más empleo, más ingresos y más oportunidades.

La experiencia paraguaya confirma esta lección. En las últimas dos décadas, ese país redujo su pobreza de más de 50% a cerca de 16%, apoyado en un crecimiento sostenido, la expansión del empleo formal y reformas orientadas a promover la inversión privada.

La evidencia es contundente: ningún país ha logrado reducir la pobreza de manera significativa sin una economía capaz de crecer y generar oportunidades. No se puede, por tanto, desdeñar el crecimiento si queremos mejorar el bienestar de los peruanos.Junto con el crecimiento, las políticas sociales focalizadas también jugaron un papel importante, especialmente para llegar a los hogares más vulnerables.

Si ampliamos la mirada más allá de la pobreza monetaria y pensamos en la pobreza multidimensional, la conclusión es similar. Reducir la pobreza también exige un Estado capaz de proveer servicios públicos de calidad.

Y allí el Perú enfrenta desafíos evidentes, con una inversión pública deficiente y obras paralizadas. Un Estado que deja obras paralizadas difícilmente logrará cerrar brechas.No obstante, el reto actual presenta una complejidad adicional.

La pobreza peruana es hoy mucho más urbana que hace dos décadas. Tres de cada cuatro pobres viven en la actualidad en ciudades.

Son hogares que enfrentan problemas distintos a los del pasado: empleos informales, escasa productividad, servicios públicos deficientes e inseguridad. Por ello, la agenda social del próximo gobierno debe adaptarse a esta nueva realidad.

Ello implica adaptar los programas sociales actuales al contexto urbano, facilitar la inserción laboral de los jóvenes, fortalecer los servicios públicos básicos y elevar la productividad de trabajadores y pequeñas empresas.El Perú ya demostró que puede reducir la pobreza de manera acelerada. El desafío del próximo gobierno no es descubrir una fórmula nueva, sino volver a hacer funcionar aquello que ya sabemos que da resultados y adaptarlo a una pobreza que hoy tiene un rostro distinto.