Urge restaurar la pintura absidal de Marinaro en las Adoratrices

SANTA FE.— En 1940, con motivo de la realización en esta ciudad del III Congreso Eucarístico Nacional, Francisco Marinaro, pinceles en mano, se sumó a la celebración de la Iglesia Católica con su pintura "Apoteosis de la Eucaristía en el cielo", desplegada en el ábside de la capilla del Colegio San José de Adoratrices. Artista consumado, después de una larga maduración que había comenzado con sus aprendizajes académicos de arte en la antigua ciudad de Bari, capital de la región de Apulia, Italia, Marinaro migró primero a América del Norte (Nueva York, Estados Unidos), para luego trasladarse a la Argentina y recalar en Santa Fe en 1908.
Su casa, que permanece en pie, se erige, con sus toques de escultor-decorador, en bulevar Gálvez entre Alvear y Las Heras, vereda norte. Era, por lo tanto, vecino del colegio y templo de las Hermanas Adoratrices.
Quizás por eso, su obra exuda una devoción que va más allá del contrato de obra. El desafío no era sencillo.
El gran espacio a pintar tenía -tiene- una forma poco habitual: un amplio pentágono con tres lados rectos y los dos más extensos, curvos, que se unen en un encuentro ojival, característico del neogótico, estilo que signa la arquitectura de la capilla y el primigenio edificio colegial. El programa icónico fue determinado por la naturaleza del encuentro eclesial.
El compromiso era grande. El artista debía gestar una obra que representara "la glorificación y adoración perpetua de Jesucristo en la Eucaristía", nada menos que la transubstanciación del pan y el vino simbólicos, en el cuerpo y la sangre reales de Jesucristo resucitado.
Desde la conclusión del Concilio de Trento, en 1563, el sacramento de la Eucaristía se convirtió en dogma esencial del catolicismo y en tema central de su confrontación teológica con distintas expresiones del protestantismo y sus variantes interpretativas sobre el significado de la Última Cena y las palabras dirigidas por Jesús a los apóstoles. En ese terreno precedido de luchas religiosas, Marinaro abrazará la posición de la Iglesia respecto de la Eucaristía e intentará glorificarla con sus dotes de artista en el referido pentágono del ábside de la capilla de las Adoratrices.
A tal punto fue así que, en el límite inferior de la pintura, a todo lo ancho, casi rozando la hostia, creará una filacteria con una frase en latín de Santo Tomás de Aquino que subraya la intención: "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum" ("He aquí el pan de los ángeles, hecho alimento para los peregrinos"), cuya primera mitad ha sido lamentablemente destruida por la humedad. A los fines de su análisis, el trabajo puede dividirse en tres planos, cinco si se cuentan las dobles guardas de ángeles en ambos costados.
El sector dominante, el que ilumina la escena, es el que se centra en la hostia, blanca y circular, representativa del pan-cuerpo de Cristo, cuya circularidad se reproduce en sucesivos anillos, el último de ellos transparente, al punto que deja ver la espectral parte inferior de los ángeles que la contornean. Digo ángeles, porque tienen alas trabajadas en sutiles valores tonales, recurso que el artista manejaba con destreza.
Sólo los ángeles de los extremos, de mayor tamaño y con aplicaciones de color, se diferencian de los otros, que parecen clonados. Los acentos de color y forma empleados en las grandes alas de estos seres celestiales, son préstamos tomados de desarrollos pictóricos de Tintoretto y, después, inspirado por éste, de El Greco, luego de su inmersión en el cromatismo veneciano que llevó a su plenitud en la española Toledo.
Por encima del resplandor de la hostia, un conjunto de ángeles polícromos agita sus respectivos incensarios tal como lo hacen los oficiantes de la misa en el momento de la Consagración, cuando se inciensan la hostia y el cáliz, el pan y el vino, el cuerpo y la sangre de Cristo, luego de presentarlos en el altar, y antes de lavarse las manos en gesto de purificación. En la concepción católica, el humo del incienso representa la elevación de las oraciones de la grey a Dios, así como la santificación del espacio ritual.
En el ángulo superior de la composición, de una nube de ángeles trompeteros pintados con los colores vaticanos, se desprende hacia abajo, en acrobático movimiento, un enfatizado integrante de la corte celestial, seguramente el arcángel Gabriel, mientras con su gran trompeta transmite el anuncio divino de un inminente acontecimiento trascendental (el III Congreso Eucarístico Nacional). La parte menos lograda del conjunto pictórico, son las dobles hileras de ángeles, verdaderas legiones celestiales, que cierran ambos costados de la composición.
Sin duda, Marinaro, que manejaba el método del trampantojo, no consiguió en este caso una buena resolución de la perspectiva que el problema pictórico reclamaba. Pero la obra, en general, rezuma Eucaristía, que era el propósito principal, testimonia un tiempo de artistas creyentes en una sociedad creyente, y está bien ejecutado en clave antigua.
El hombre de Matera (Basilicat
Información de El Litoral (Santa Fe). Edición y redacción: Noticias Today.
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