Las elecciones por fin terminaron y, luego de semanas de tensión extrema y actas impugnadas, ya tenemos un nuevo presidente electo. No obstante, la foto final de las urnas no cambia por más que ya haya un ganador: el Perú sigue partido exactamente por la mitad.

Haber ganado por un puñado de votos no borra el verdadero problema de fondo. Vivimos en un país donde una mitad de la población no entiende las razones de la otra mitad.Esta desconexión se hace evidente al mirar la dinámica de las redes sociales.

En los últimos meses, buena parte del debate público se encerró en los comentarios de TikTok o X. Los algoritmos nos crearon burbujas perfectas donde cada grupo solo escuchaba lo que quería oír.

Así, fue facilísimo caricaturizar al rival: el que no votaba por el candidato de nuestra preferencia dejó de ser un ciudadano con problemas reales y pasó a ser catalogado como un “traidor”, un “ignorante” o un “corrupto”. Hay que bajar de las redes a la realidad de la calle.

Un lado de la cancha votó con el hígado, movido por el miedo o el antivoto; pero la otra mitad votó con el bolsillo y la frustración del día a día. El nuevo gobierno empieza con el viento en contra y una desconfianza enorme.

Por eso, el verdadero desafío hoy no es seguir peleando en la tribuna digital ni celebrar una victoria ajustada. Nos toca a todos, como ciudadanos, salir del algoritmo, escuchar al otro lado y entender que sus demandas son legítimas.

Si no somos capaces de conectar con ese otro 50% del país, seguiremos atrapados en este ciclo eterno de elegir presidentes que terminamos rechazando a los pocos meses.