El mapa que nos dieron

Homero cuenta que Circe advirtió a Odiseo sobre el paso donde dos monstruos vigilan a los navegantes: Escila, que devora a unos pocos marineros desde su roca, y Caribdis, el remolino capaz de tragarse la nave entera. La diosa le aconseja un cálculo simple: acercarse a Escila, perder a algunos hombres y salvar el resto de la tripulación.
Es quizás el primer relato de Occidente sobre la elección del mal menor, y durante siglos se leyó como una lección de prudencia. Pocas veces se pregunta, no obstante, qué clase de capitán termina siendo quien aprende, travesía luego de travesía, a sacrificar a unos para salvar a otros sin que la mano le tiemble.
Hannah Arendt desconfió de esa forma de razonar. Al reflexionar sobre la responsabilidad personal bajo los regímenes totalitarios, especialmente en Responsabilidad y juicio y en Eichmann en Jerusalén, observó que quienes aceptan el argumento del mal menor olvidan muy pronto que, al final, han elegido el mal.
No fue una reflexión abstracta: ese razonamiento permitió que funcionarios, burócratas e incluso algunas víctimas terminaran convertidas, paso a paso, en piezas de una maquinaria de dominación y persecución. Cada concesión parecía razonable frente a la siguiente; ninguna lo parecía cuando se la miraba desde el punto de partida.
Desde otra tradición filosófica, Kant llegó a una conclusión semejante. En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785) remarcó que el valor moral de una acción no depende de sus consecuencias, sino de si puede convertirse en un principio universal de conducta.
Un acto injusto no deja de ser injusto porque la alternativa parezca peor. La moral no consiste en calcular pérdidas sino en preguntarse si una acción es correcta en sí misma.
El mal menor no desaparece, pero deja de ser una justificación suficiente. Camus, al examinar las revoluciones que se justifican en nombre de un bien futuro, advirtió algo semejante: la necesidad histórica, esa gran coartada, ha legitimado matanzas presentes a cambio de promesas que casi nunca se cumplen.
Esa misma necesidad histórica reserva su condena más severa para quien se abstiene de escoger: no lo llama disidente, sino cómplice del monstruo que dice combatir, como si negarse a participar equivaliera ya a una traición. Más cerca de nosotros, Slavoj Žižek retomó esta discusión durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, a propósito del dilema de la izquierda entre Hillary Clinton y Donald Trump.
No remarcó que el mal menor deba rechazarse siempre como una verdad universal; cuestionó, más bien, que se convierta en una estrategia política permanente que impide imaginar alternativas, porque esa lógica termina despolitizando a los ciudadanos: los obliga a escoger dentro de un mapa de opciones dibujado por otros y convierte la resignación recurrente en virtud cívica. Surge entonces una paradoja inquietante: ciudadanos que siempre han reclamado libertad frente al poder le exigen al vecino decidir en su misma línea, como si existiera un solo voto correcto.
Como si el sufragio ajeno, el voto disidente, el voto en blanco o la abstención razonada fueran una falta que otros tienen derecho a censurar. Quien rechaza ese mapa no necesariamente renuncia a elegir.
Puede estar reclamando algo más simple y más difícil: el derecho a imaginar otro mapa.wilderguerra@gmail.com
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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