“Todos tenemos las mismas 24 horas”. Cada vez que escucho esa frase pienso en mis pacientes, en mi familia, en mí.

Pienso en la mujer que se levanta a las cinco de la mañana para alcanzar a dejar a sus hijos en el colegio antes de ir a trabajar. En quien pasa dos o tres horas al día arriba de una micro o del metro.

En la persona que llega a su casa agotada y todavía tiene que cocinar, lavar ropa, ayudar con tareas o cuidar a un familiar enfermo. Y entonces me pregunto, ¿de verdad estamos viviendo las mismas 24 horas?

Las redes sociales están llenas de mensajes que reducen la salud a una cuestión de voluntad. “Organízate mejor”. “Priorízate”. “Si yo puedo, tú también”. A veces vienen de influencers y otras veces de profesionales de la salud.

El mensaje cambia de forma, pero el fondo suele ser el mismo. Si no estás logrando lo que quieres, si no estás mejorando tu salud o si no sales de la precariedad, probablemente no te estás esforzando lo suficiente.

Es una idea atractiva porque nos permite pensar que todo está bajo nuestro control. Que si hacemos las cosas correctamente, los resultados llegarán.

Pero basta mirar alrededor para darse cuenta de que la realidad es bastante más compleja que eso. No es lo mismo salir de la universidad con una carrera pagada por tus padres, un auto y un departamento de regalo, que salir con una deuda universitaria, pagar arriendo, locomoción y asimismo aportar al sustento de tu familia.

No es lo mismo trabajar desde casa con horarios flexibles que pasar diez o doce horas fuera entre trabajo y traslados. No es lo mismo tener una red de apoyo que enfrentar todo en soledad.

Y aunque esto parece obvio, muchas veces desaparece cuando hablamos de salud. Como nutricionista, trabajo con personas que quieren mejorar su relación con la comida, incorporar más autocuidado o lograr un cuerpo funcional.

Pero sería ingenuo pensar que todas tienen las mismas posibilidades de hacerlo. Porque la alimentación nunca es solo comida.

También tiene que ver con el tiempo disponible para comprar, cocinar y sentarse a comer, con los recursos económicos, la estabilidad laboral, la salud mental, el acceso al descanso o la posibilidad de contar con alguien que cuide a tus hijos mientras tú te dedicas un momento a ti. Por eso me incomoda cuando escucho que la salud depende únicamente de las decisiones individuales.

También cuando se plantea que las decisiones políticas son ajenas a nuestro trabajo o que, en nombre de una supuesta neutralidad, debemos guardar silencio frente a situaciones que afectan directamente la vida de nuestros pacientes. Porque al final vemos sus consecuencias todos los días en consulta.

Las vemos en quien no puede costear un tratamiento, en quien vive con miedo a perder su trabajo, en quien enfrenta largas listas de espera para acceder a atención oportuna o en quien encuentra barreras simplemente por quién es. Cuando se recortan programas de salud, se limitan derechos o se debilitan redes de apoyo, las consecuencias terminan apareciendo también en la salud.

Y cuando el acceso a una vivienda adecuada, a una educación de calidad, a un salario digno o a una atención oportuna funciona más como un privilegio que como un derecho, esas consecuencias suelen recaer con más fuerza sobre quienes ya enfrentan mayores dificultades. No porque las decisiones personales no importen, sino porque las posibilidades de tomarlas nunca son las mismas para todos.

En consulta veo personas que cargan con una culpa enorme por no lograr sostener hábitos que las redes sociales presentan como básicos o incluso algunos profesionales como indispensables. Se sienten fracasadas porque no van al gimnasio, porque compran comida preparada o porque llegan tan cansadas a la noche que, antes de siquiera pensar en descansar, todavía tienen que cuidar a sus hijos, cocinar y hacerse cargo de una casa.

Hay personas que pueden destinar una o dos horas al día al ejercicio porque cuentan con tiempo, recursos y apoyo para hacerlo. Y eso no tiene nada de malo.

El problema aparece cuando se asume que esa experiencia es universal y que quienes no logran lo mismo simplemente no se esfuerzan lo suficiente. Por eso me preocupa cuando se insiste en que quien quiere puede, que basta con organizarse mejor o que las oportunidades son iguales para todos.

Nadie elige la familia en la que nace, el barrio donde crece o las oportunidades que tendrá disponibles desde el inicio. No obstante, muchas veces hablamos como si todas las personas estuvieran corriendo la misma carrera bajo las mismas condiciones.

Y no es así. Algunas parten varios kilómetros más adelante.

Reconocerlo no le quita mérito al esfuerzo de nadie. Tampoco significa negar la responsabilidad individual.

Significa entender que el esfuerzo ocurre dentro de contextos distintos. Porque cuando olvidamos eso, la meritocracia se transforma en una explicación cómoda para problemas que son mucho más profundos.

Y quienes terminan cargando con la culpa suelen ser las mismas personas que enfrentan más barreras para acceder a bienestar, descanso y salud.