Nacido en Barcelona el 5 de junio de 1926, quinto de seis hermanos, hijo de Fernando Valls Taberner, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Barcelona, y de Marcelina Arnó Maristany; y, sobre todo, sobrino de Félix Millet Maristany, que presidía el Banco Popular cuando Luis Valls se incorporó al banco en 1953, recién doctorado en Derecho.Apenas cuatro años después, con 31 años, pasó a ser vicepresidente hasta que en 1972 fue designado presidente y Euromoney le reconoció como el banco más rentable. Antes, a comienzos de los años 60, promovió la sociedad FACES (Fomento de Actividades Culturales, Económicas y Sociales) que compró a Juan Pujol el diario Madrid para convertirlo en una importante tribuna de pluralismo político, la primera en aquel mundo cerrado del franquismo.

De modo que el diario Madrid pasó a ser una pieza clave de lo que después sería la transición política. Para influir más que mandar como le gustaba decir a Luis Valls, la tribuna de un periódico abría muchas posibilidades de contribuir a que despertara una sociedad achantada por el régimen bajo imperante desde el último parte donde se proclamaba que la guerra había terminado, sin que diera comienzo la paz que sólo se inauguraría con la Constitución de 1978.Luis Valls quería acceder a la información más allá de la que daba por buena la censura previa y disponer de un centro de discusión política que permitiera aproximarse a los grandes temas nacionales desde un vespertino independiente.

Pero el proyecto solo duró nueve años porque el Gobierno dictó una orden de cierre el 25 de noviembre de 1971. Llegaron enseguida los bomberos y los arquitectos para dictaminar las causas del siniestro.

Algunos estimaron que el diario Madrid había terminado siendo un órgano de oposición y por tanto merecedor del cierre. Pero en modo alguno había entonces en nuestro país espacio disponible donde tuviera cabida un periódico de esa naturaleza.

Al final, quedó claro que, bajo el principio enunciado por El Roto, según el cual el poder considera que "toda crítica es excesiva; todo elogio, insuficiente", lo que había desencadenado la furia agresiva del régimen y de su ministro de Información y Turismo, Alfredo Sánchez Bella, era la falta de calor en el elogio a Franco. Porque en el Madrid independiente -ni alineado, ni controlado, ni protegido, bajo la dirección de Antonio Fontán- no se encontraban nunca los signos habituales de adulación ni de conformismo ni de aplausos a cualquier medida represiva habituales en otros periódicos de aquella época.Esta historia, como se ha escrito, marcó la vida de Luis Valls, porque supuso el alejamiento de una persona a la que consideraba su amigo.

Se trató de un enfrentamiento con el editor Rafael Calvo Serer, cuya ansiedad de protagonismo le hizo creerse el dueño, cuando era un fiduciario. Luis Valls, en una entrevista con el periodista Fernando González-Urbaneja, se sinceró sobre este incidente diciéndole que el encontronazo fue con la propiedad, no con la redacción y que ningún redactor que hubiera pasado por el Madrid podría recordar una sola anécdota que implicara interferencia por su parte, ni contar en su haber con un hecho con el que poder desmentirle.

Que sus discusiones fueron con la propiedad, con los accionistas de uno y otro signo, porque quisieron quedarse con lo que no era suyo.Quienes trabajaron en la redacción, administración y talleres del diario Madrid defendiendo las libertades prefirieron el paro a la continuidad en el periódico encadenados al yugo y las flechas de la prensa del régimen. Luis Valls tomó buena nota y en uno de los encuentros que nos brindaba a José Vicente de Juan y a mí, nos explicó que, una vez salvados los intereses que había comprometido el Banco, quería entregarnos las acciones que él y sus colaboradores y amigos aún conservaban de la sociedad editora, al considerar que los verdaderos perjudicados por el cierre del periódico habíamos sido nosotros.' Se lo agradecimos, pero rehusamos aceptar alegando que compartíamos su actitud de "ni decir, ni escribir ni hacer nada que no pueda publicarse al día siguiente en un periódico".

No queríamos en modo alguno que habiendo impulsado a los trabajadores a la asunción de riesgos irreparables nos pudieran acusar de habernos movido por afán de lucro. Por eso, constituimos la Asociación del Diario Madrid que acabó siendo la receptora de esas acciones.

Así se cumplió el compromiso pendiente para que los redactores y trabajadores fuéramos copropietarios del periódico desde el que habíamos defendido las libertades y asumido los riesgos que quedaron a la vista.