Para el molinero italiano Domenico Scandella (1532 - 1599) llamado Menocchio, el mundo se había formado de una manera singular. A mediados del siglo XVI, en su particular y algo excéntrica mirada, Menocchio -oriundo de Friuli- afirmaba con la convicción de quienes se sienten elegidos que Dios no había creado el mundo, sino que este se había generado a partir de un caos primigenio, del que habrían surgido Dios y los ángeles.

Como los gusanos en un queso añejo. Por supuesto, a la Iglesia y a la Santa Inquisición no le gustaron del todo dichas afirmaciones.Esa fue la historia que rescató el célebre historiador italiano Carlo Ginzburg en un volumen que se transformó en un clásico de la historiografía, El queso y los gusanos.

No solo es un documentado volumen sobre un proceso inquisitorial del siglo XVI, es una de las obras clave de lo que se conoce en el campo de los estudios históricos como la microhistoria.Fallecido durante esta jornada, a los 87 años, Ginzburg fue un nombre totémico en la historiografía. Fue hijo de la célebre escritora italiana Natalia Ginzburg y el intelectual Leone Ginzburg (1909-1944).

Estudió Filosofía en la Universidad de Pisa en 1961. Entre 1988 y 2006 dio clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California en Los Ángeles; y en la Scuola Normale Superiore di Pisa.“Céline lo expresó: ‘No sabemos nada de la verdadera historia de los hombres’.

Hay infinitas vidas que no dejan huella. Y hay huellas que no han sido estudiadas.

Es como si los testimonios que han decidido la historia fueran tan solo la punta de un iceberg”, expresó el mismo Carlo Ginzburg sobre su método, en entrevista con el matutino español El País. De alguna forma, su microhistoria marcó un antes y un después en la historia cultural.Aunque en rigor, él mismo aclaró de que el concepto vino desde lo que generó su trabajo. “Se cita mi libro como el origen del término, pero fueron las discusiones sobre el libro las que lo acuñaron -expresó a El País-.

Discutían que el caso que analicé, el de Menocchio, un molinero que sabía leer y fue interrogado y apresado por la Inquisición, era demasiado excepcional. Luego Edoardo Grendi lo definió como ‘lo excepcional normal’”.“Menocchio participaba de una cultura oral que no era solo suya, es decir: era generalizable y a la vez excepcional porque sabía leer.

Y pensar. La diferencia entre historiador y antropólogo es que el primero utiliza el término cultura solo para referirse a las clases altas.

Y los antropólogos lo usan para describir actividades e ideas más amplias. En mi trabajo reconozco un diálogo entre antropología e historia, entre alta y baja cultura”.

Para Ginzburg, el valor de la microhistoria era que le daba voz a otros sujetos. No a los reyes, autoridades y nobles, sino a casos como el de Menocchio, la gente de a pie, la gente común. “(Los desclasados) la tienen (historia).

Pero los testimonios, las huellas que han dejado, han sido consideradas, y filtradas, desde la clase alta porque los campesinos no sabían escribir. A los pobres se los estudiaba como estadística.

Yo quise demostrar que se los podía estudiar en profundidad”.Contactado por Culto, el historiador de la UC Rafael Gaune Corradi, quien lo ha traducido para el Fondo de Cultura Económica y que fue su estudiante en Italia, describe el aporte de Ginzburg a la disciplina histórica. “Fui alumno de la Scuola Normale Superiore di Pisa entre el 2008 y 2012, elegí ir a estudiar con esta institución y con él porque quería entender los estudios inquisitoriales y comprender también la historia de los subalternos, archivos judiciales y lo que encontré con Carlo fue una forma de acercar a las fuentes a través de un acceso al pasado con matices, que más que importante es aprender a borrar las reglas del paper. Era un profesor atento a los tesistas.

Dispuesto a aprender de sus estudiantes. En la lectura y el tiempo que se daba para revisar las tesis.

Se genera un vínculo y un amistad que también se profundizó con la traducción de sus textos”. “Su aporte en particular tiene que ver con la microhistoria, acceder al pasado a través de casos de estudio entender contexto políticos y sociales. La circulación de las ideas entre una alta y baja cultura, en forma circular, de un molinero que reinterpreta ideas del cosmo, dios, cristo y la virgen.

Pero efectivamente este libro lo lleva a un éxito por la forma novedosa de leer un personaje y un sujeto de estudio. Iba a contracorriente de lo que se hacía en ese momento: estructuralismo francés.

Esa lectura a contracorriente hace que emergen personajes excepcionales como Domenico Scandella, más conocido como Menocchio”.“No centraría el aporte solo en eso, si no que también él entiende la historia como un aeropuerto que se sale a diferentes casos de estudios, cronologías y la historia no puede dar respuesta por sí sola a todas las cosas”. Gaune agrega una reflexión: “La particularidad de Ginzburg viene de entender la excepcionalidad de los casos, al azar como parte constitutiva del oficio y que incluso la ignorancia de un sujeto de estudio puede ser revelador porque nos puede mover hacia el conocimiento.

En el caso de El queso y los gusanos es dar voz a un molinero, a subalterno, que fue condenado por la Inquisición por tener sus propias ideas respecto a la creación del mundo y Dios”.Por su lado, opina a Culto el historiador Cristóbal García-Huidobro. “Carlo Ginzburg es quizá uno de los grandes historiadores de la segunda mitad del siglo XX, especialmente por la proposición que hace sobre la microhistoria. Libros como El queso y los gusanos son libros fantásticos que se transformaron en una manera distinta de contar la historia.

Es la historia desde lo pequeño hacia lo grande. Es una historia que permite entender que, de sucesos pequeños e incluso de personajes que usualmente pasan desapercibidos dentro del gran relato histórico, uno puede encontrar también un nivel de información; asimismo, se transforma en una especie de barómetro que no está contaminado por los grandes hechos, como se dice usualmente, sino que te muestra, desde una óptica íntima, personal y muy alejada de lo que es usualmente el gran centro de poder, una visión que se tiende a dejar de lado".“No hay que olvidar que, para la época en que escribe Ginzburg, el estructuralismo estaba muy en boga, las escuelas marxistas también estaban muy en boga, y la idea de contar la historia desde lo pequeño a mí me parece una labor osada para la época —enfrentándose a mucha crítica, por lo demás—, pero que, al mismo tiempo, permitió acercar personajes que, de lo contrario, no podríamos conocer y que también nos demuestran un aspecto muy humano de lo que es la historia.

Lamentablemente, los historiadores algunas veces hemos deshumanizado tanto al sujeto como a los hechos, precisamente en pos de una pretendida objetividad que, en realidad, en el ámbito de lo histórico no existe".