¿El fin del antifujimorismo?

La virtual victoria de Keiko Fujimori en su cuarto intento consecutivo de alcanzar la presidencia –un hecho inédito en la política mundial– ha dejado sorprendidos a muchos, inclusive a quienes la apoyaron en el pasado. La historia del país cambiará para siempre con su triunfo, siendo quizás el rasgo más resaltante el retorno a la bicameralidad, que introducirá dinámicas políticas ajenas a toda una generación.
El antifujimorismo ha dominado la escena política peruana desde el ascenso de Alberto Fujimori al poder, evolucionando y complejizándose con el protagonismo de su familia y la consolidación de su partido. La pregunta crucial es la siguiente: ¿seguirá siendo una fuerza política protagónica o está condenado a desaparecer?
Como señala Carlos Meléndez, hay antifujimoristas de izquierda, de centro y de derecha, y en todos los casos su evolución está intrínsecamente ligada al desempeño del fujimorismo en el poder y a las narrativas que se construyen en torno a él. El antifujimorismo de derecha –que podríamos denominar un antikeikismo– se sostiene sobre dos pilares: la creencia de que Keiko no es su padre y el rechazo a su figura por considerar que, en elecciones polarizadas, termina cediendo el Perú a la izquierda radical.
La victoria de Keiko derriba ese segundo pilar. El primero, en cambio, dependerá del desempeño del gobierno en materia de economía y seguridad.
El antifujimorismo de centro –al que algunos denominan caviar– extrapola los rasgos negativos del gobierno de Alberto Fujimori a un supuesto ADN fujimorista: autoritarismo, corrupción e impunidad. En su lectura, Keiko perpetuó ese poder a través del Congreso, copando instituciones claves y cogobernando con Dina Boluarte ilegítimamente.
Para este sector, la llegada del fujimorismo al Ejecutivo no es más que la formalización del copamiento total del Estado. No obstante, parte de su audiencia podría verse reducida si el gobierno adopta medidas moderadas que generen disonancia cognitiva en ese público.
A ello se suma la tensa relación Ejecutivo-Legislativo, que podría derivar en ‘gridlocks’ frecuentes y frustración ciudadana. El pronóstico para la reducción de este antifujimorismo es, por tanto, reservado.
Por último, el antifujimorismo de izquierda comparte con el sector centrista la misma certidumbre narrativa respecto al ADN fujimorista, pero añade una variable central: el factor económico. En este bando, el rechazo al fujimorismo tiene como piedra angular la oposición al capítulo económico de la Constitución de 1993 y su modelo de apertura.
Aunque la propuesta fujimorista es más socialdemócrata que “neoliberal”, la izquierda insistirá en que el gobierno se plegará a los grupos económicos. No obstante, si las políticas públicas logran ser exitosas en el sur y centro del país, el caudal electoral de la izquierda podría reducirse.
No es un escenario sin precedentes: en esta segunda vuelta el fujimorismo casi alcanzó 100 mil votos en Puno, su territorio más hostil, y recordemos que Alberto Fujimori ganó el sur en 1995. En conclusión, el antifujimorismo podría seguir reduciéndose en función de tres variables: el éxito percibido en economía y políticas públicas, el crecimiento de audiencias que abandonen referentes del centro y el manejo político del propio fujimorismo.
Todo ello estará por verse.
Information from El Comercio (Perú). Edited by: Noticias Today.
View original article ↗
💬 Comments (0)
Sign in or create your account to comment.