SANTA FE.— "¿Tienes fuego?” “He viajado 9.000 kilómetros para dártelo". A fines de los 50, el cine francés seguía dominado por las superproducciones de estudio y, sobre todo, por una tradición narrativa que muchos consideraban anquilosada.

Los jóvenes críticos percibían aquel panorama como un terreno insuficiente para contar las inquietudes de su generación . Desde las páginas de Cahiers du Cinéma , un grupo de apasionados cinéfilos -que, en cierto sentido, guarda algunas afinidades con los jóvenes del Nuevo Cine Argentino de los 90- inició a cuestionar ese orden establecido , anticipando, acaso, el inconformismo que marcaría la década siguiente.

François Truffaut , Jacques Rivette, Éric Rohmer y Jean-Luc Godard compartían una convicción: el director debía ser un autor y el cine, una forma de pensamiento antes que una industria de fórmulas. Admiraban las películas de Alfred Hitchcock y despreciaban las de Claude Autant-Lara .

Aquel proceso fue bautizado como Nouvelle Vague , aunque en rigor nadie lo había concebido como un movimiento organizado. Era, más bien, una especie de coincidencia generacional y una misma urgencia por romper las convenciones, los moldes del cine heredado.

La historia dice que lo consiguieron. Las cámaras salieron a las calles, los presupuestos se redujeron y las historias se volvieron más cercanas.

El cine podía improvisar, dialogar con la literatura, el jazz, la historieta o la filosofía y quebrar las reglas. Godard fue el más imprevisible de todos.

Ciencia ficción sin decorados futuristas Cuando "Alphaville" (Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution” es el título original) llegó a las pantallas en 1965, Godard ya había superado el terremoto de "Sin aliento" , que había generado una recepción dividida al poner patas arriba las convenciones del film noir. En lugar de reproducir los códigos de la ciencia ficción, género en el que puede inscribirse la película aunque no sin reservas, decidió apropiarse de ellos y deformarlos por completo.

El protagonista es Lemmy Caution, un detective surgido de las novelas policiales e interpretado por Eddie Constantine. Su misión consiste en infiltrarse en una ciudad gobernada por una inteligencia artificial (sí, en 1965) llamada Alpha 60 y destruirla.

No obstante, el argumento es apenas un pretexto. Los edificios, las calles y las vidrieras del París de los 60 se convierten en la escenografía de una sociedad donde ciertas palabras han sido prohibidas y donde términos como amor, ternura o conciencia son residuos peligrosos.

El resultado es una mezcla extraña: cine negro, ciencia ficción, poesía y filosofía conviviendo en una misma obra. Una película que, por momentos, dialoga con "Invasión” , de Hugo Santiago, escrita por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

Un futuro que alcanzó al siglo XXI El 18 de junio, "Alphaville" volverá a los cines argentinos. Vista desde el presente, la computadora que gobierna la ciudad puede parecer rudimentaria, pero la inquietud que genera permanece intacta.

Porque la verdadera amenaza, en el fondo, no es la máquina en sí misma, sino la racionalidad convertida en sistema absoluto. Resulta perturbador comprobar que una película filmada cuando Internet era apenas una fantasía tecnológica dialogue con una época en la que los sistemas son capaces de clasificar deseos, consumos e información.

En "Alphaville", los habitantes aprenden a vivir sin determinadas palabras. Y Godard comprende la violencia implícita en esa amputación del lenguaje, porque también modifica, o reduce, la manera de comprender el mundo y de pensar los mecanismos que lo gobiernan.

Conversación permanente La influencia de "Alphaville" se extendió mucho más allá de Francia. Martin Scorsese, Wim Wenders, Jim Jarmusch, Wong Kar-wai y Quentin Tarantino reconocieron su deuda con Godard y con las variaciones que introdujo en el lenguaje cinematográfico.

Pero quizá lo más importante sea lo que hizo por los espectadores: les mostró que una película no tiene por qué ofrecer respuestas cerradas ni ajustarse a estructuras previsibles. Puede ser contradictoria, fragmentaria, incómoda.

"Comprender Alphaville es comprender a Godard" , escribió el crítico Andrew Sarris. De ahí la importancia de su regreso a los cines argentinos.

Porque en esa vieja distopía en blanco y negro hay preguntas que siguen abiertas.