SANTA FE.— "La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo" Paulo Freire *** Hubo un tiempo en que decir "mi hijo va a la universidad" no era simplemente una frase. Era casi un acontecimiento doméstico.

Algo que se pronunciaba con cuidado, como si ciertas palabras necesitaran apoyarse lentamente sobre la mesa para no romperse. En muchas familias argentinas de mediados del siglo XX, la universidad no formaba parte del paisaje cotidiano.

No aparecía en las conversaciones habituales ni en las proyecciones naturales de futuro. Era una excepción.

Una rareza. Algo que parecía pertenecerles a otros apellidos, a otras ciudades, a otras formas de vida donde los libros ocupaban el lugar que en muchos hogares ocupaban las herramientas de trabajo, los uniformes gastados o las manos endurecidas por jornadas interminables.

Y no obstante sucedió. La década del sesenta dejó, entre tantas transformaciones culturales y sociales, una escena que todavía hoy conserva una fuerza enorme: miles de familias vieron llegar a su primer universitario.

No era solamente un hijo estudiando una carrera. Era algo mucho más profundo.

Era una familia entera intentando atravesar una frontera que hasta entonces parecía reservada para otros. El primer universitario nunca llega solo.

Llega acompañado por años de esfuerzo acumulado que después no aparecen escritos en ningún diploma. Detrás de ese muchacho que viajaba dos horas para cursar o de esa joven que estudiaba de noche después de trabajar, había padres sosteniendo rutinas agotadoras, madres multiplicando el tiempo para que nada faltara, abuelos que quizás no entendían demasiado qué significaba aquella carrera, pero repetían su nombre con un orgullo difícil de esconder.

Había hermanos compartiendo espacios mínimos, postergando cosas, aprendiendo incluso que el sacrificio también podía tener una forma colectiva. Y había algo más.

Había una idea profundamente arraigada en buena parte de la sociedad argentina: la convicción de que el conocimiento podía modificar un destino. No resolverlo todo.

No garantizar la felicidad. Pero sí abrir una puerta distinta.

Todavía hoy esa escena continúa existiendo. Cambió el mundo, cambiaron las tecnologías, cambiaron los lenguajes y hasta las formas de estudiar, pero todavía hay hogares donde alguien cruza una puerta que nadie antes había cruzado.

Todavía existen padres mirando a sus hijos universitarios con una mezcla extraña de orgullo y desconcierto, como quien contempla algo que durante años pareció demasiado lejano. Yo fui el primer universitario en mi familia.

Y cada vez que escribo esa frase entiendo menos el mérito individual y más todo lo que hubo detrás para que eso pudiera suceder. Con el tiempo uno comprende que ningún recorrido académico se construye completamente solo.

Hay capas enteras de esfuerzo previo sosteniendo cada trayectoria. Hay generaciones que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, empujando apenas unos centímetros el horizonte para que otros pudieran caminar un poco más lejos.

Algunos heredan empresas. Otros reciben propiedades, campos o bibliotecas completas.

Muchos heredamos algo distinto. La posibilidad.

Y a veces la posibilidad vale más que cualquier patrimonio. Durante décadas, especialmente en países como la Argentina, la universidad cumplió una función mucho más profunda que la simple formación profesional.

Claro que formaba médicos, arquitectos, ingenieros o abogados. Pero reducirla únicamente a eso sería no comprender lo que realmente produjo en términos sociales y culturales.

La universidad ampliaba mundos posibles y tangibles. Había algo enormemente movilizador en que el hijo de un trabajador pudiera discutir filosofía, historia, literatura, ciencia o política.

No porque eso lo volviera superior a nadie, sino porque modificaba la relación de toda una familia con el conocimiento, con el lenguaje y hasta con la idea misma de futuro. Cuando aparece el primer universitario en una casa, las conversaciones empiezan a cambiar.

Empiezan a aparecer otras preguntas alrededor de la mesa. Otras palabras.

Otras inquietudes. De pronto alguien habla de ciudades, de libros, de autores, de teorías, de proyectos, de viajes o de investigaciones en hogares donde quizás durante décadas la preocupación principal había sido simplemente llegar a fin de mes.

Y eso transforma mucho más de lo que parece. El verdadero impacto de la educación rara vez ocurre solamente dentro del aula.

El problema es que en algún momento empezamos a pedirle a la educación la misma velocidad que antes solamente se les exigía a las máquinas. Todo inició a medirse según su utilidad inmediata.

La pregunta dejó de ser qué clase de persona podía formar una carrera y pasó a ser cuánto dinero produciría en el menor tiempo posible. Como si el valor de estudiar pudiera resumirse únicamente en una ecuación económica o en una proyección salarial.

Y ahí empezó a deteriorarse algo importante. No el conocimiento.

La relación cultural con el