Durante más de 150 años, sus fósiles estuvieron guardados en una colección de museo. Primero se pensó que pertenecían a un crustáceo gigante, luego surgieron dudas, después sospechas de que quizá era otra cosa.

Ahora, un nuevo estudio acaba de resolver el misterio: aquellos restos pertenecían a un escorpión enorme. Su nombre es Praearcturus gigas y, de acuerdo con investigadores de la Universidad de Mánchester y el Museo de Historia Natural de Londres, podría ser el escorpión más grande conocido hasta ahora.

El animal vivió hace unos 415 millones de años, durante el Devónico temprano, en lo que hoy es Reino Unido. Medía alrededor de un metro de longitud y tenía pinzas de más de 16 centímetros, un tamaño difícil de imaginar si se piensa en los escorpiones actuales.

La historia de Praearcturus gigas inició en el siglo XIX. En 1871, el paleontólogo Henry Woodward describió sus restos y los interpretó como los de un gran crustáceo parecido a una cochinilla marina.

El problema era que los fósiles estaban incompletos. No había una cola clara, una de las estructuras que más fácilmente asociamos con los escorpiones.

Por eso, durante décadas, el animal quedó atrapado en una especie de limbo científico: se sabía que era un artrópodo gigante, pero no estaba claro a qué grupo pertenecía. En los años 80, algunos especialistas ya habían sugerido que podía tratarse de un escorpión.

No obstante, las pruebas eran limitadas y el debate continuó. El nuevo estudio retomó el caso con herramientas más modernas.

Los investigadores analizaron fósiles conservados en el Museo de Historia Natural de Londres, utilizaron tomografías computarizadas, ilustración científica con cámara lúcida y comparaciones anatómicas con otros escorpiones antiguos. La clave estuvo en una estructura del cuerpo: un esternón triangular con un surco central, similar al que se había observado en otro escorpión antiguo llamado Eramoscorpius.

El tamaño de Praearcturus gigas llama la atención por sí solo, pero lo más extraño es el momento en que vivió. Hace 415 millones de años, la vida terrestre todavía estaba en una etapa temprana.

No existían los grandes bosques que dominarían épocas posteriores. Las plantas apenas comenzaban a establecerse en las costas y los ecosistemas fuera del agua eran mucho más simples que los actuales.

Eso hace que este escorpión sea especialmente interesante: fue un gigante antes de la época de los insectos enormes del Carbonífero, cuando el alto nivel de oxígeno atmosférico ayudó a que algunos artrópodos alcanzaran tamaños extraordinarios. En el caso de Praearcturus gigas, los investigadores creen que su tamaño pudo deberse a otra razón: la falta de competencia.

En otras palabras, este escorpión pudo ocupar un lugar dominante en su ambiente porque todavía no existían muchos animales capaces de disputarle ese espacio. Aunque el estudio lo identifica como un escorpión, eso no significa que viviera exactamente como los escorpiones actuales.

Los fósiles muestran pistas de una vida posiblemente semiacuática. Algunos restos hallados en Gales presentan estructuras en forma de aleta en el abdomen, llamadas epímeras, parecidas a las de ciertos crustáceos como langostas y cangrejos.

Esa característica sugiere que Praearcturus gigas pudo haber pasado parte de su vida en el agua o cerca de ella. La idea encaja con el paisaje de aquella época: ambientes de ríos, costas, planicies inundables y zonas donde la frontera entre tierra y agua era mucho más importante para la vida animal.

Con más de un metro de longitud y pinzas de más de 16 centímetros, Praearcturus gigas habría sido un depredador formidable para su época. No cazaba dinosaurios, mamíferos ni grandes vertebrados, porque nada de eso existía todavía en la Tierra.

Sus presas habrían sido otros artrópodos más pequeños y animales acuáticos o semiacuáticos que compartían su ecosistema. El equipo también identificó superficies estriadas en sus extremidades.

Estas estructuras pudieron servir para producir sonidos mediante estridulación, un mecanismo parecido al que usan algunos artrópodos al frotar partes de su cuerpo. Ese detalle abre la posibilidad de que el animal no solo fuera grande y depredador, sino que también tuviera formas de comunicación o defensa sonora.