Hay pocas cosas comparables con la preparación de unos Juegos Olímpicos. Más todavía si, como fue el caso de Barcelona, la ciudad aprovecha el evento para acometer la transformación urbana más importante de su historia moderna.

No, no va a ser lo mismo. Pero a la capital catalana le esperan cuatro semanas que, a nivel organizativo, de seguridad, movilidad, estrés y proyección mediática, recordarán todo lo vivido entre el 25 de julio y el 9 de agosto de 1992.

En el menú, más allá de la ya habitual aglomeración turística por estas fechas, entran la visita del Papa (unos días hay cita con el Primavera Sound), el congreso mundial de arquitectos y la salida del Tour de Francia, y como petit fours, una nueva edición del festival Sónar y el gran premio de Fórmula 1. Todo, entre el 9 de junio, llegada de León XIV, y el 5 de julio, segunda etapa de la ronda francesa con salida desde las calles de Barcelona.Seguir leyendo...