El odio a los inmigrantes se abre camino en Irlanda del Norte y recuerda los días oscuros de violencia sectaria
Con las primeras sombras de la noche, las calles ardieron de furia. Agitadores de extrema derecha caldearon las redes sociales y fogonearon el ambiente para que turbas desencajadas salieran de cacería de inmigrantes la semana pasada en Irlanda del Norte, un país donde la violencia llegó a ser una costumbre cotidiana durante tres largas décadas de diferencias sectarias.
Hombres enmascarados incendiaron casas, vehículos y atacaron comercios en barrios de fuerte presencia inmigrante, en reacción desmedida a la difusión hasta el hartazgo del ataque con un cuchillo de un refugiado sudanés a un ciudadano local, que resultó gravemente herido.La agresión del sudanés al irlandés Stephen Ogilvie, perpetrada el lunes pasado, más que suscitar solidaridad con la víctima, fue pasto para las fieras del racismo en una espiral de declaraciones de políticos y personalidades influyentes del país y el exterior como Elon Musk. Las imágenes, insultos y diatribas poblaron miles de posteos en las redes sociales.
La convocatoria a la protesta tuvo asimismo varias vías de difusión, con datos precisos de sus organizadores para transformar la indignación en las redes en salvajismo en las calles, en una alquimia destructiva.Según dio a conocer el Bureau of Investigative Journalism, un mensaje que circulaba en WhatsApp en esas horas de espera listaba 26 sitios en Belfast y alrededores con la siguiente instrucción: “Reenvíenlo a todos los hombres de 18 años o más. Vistan ropas oscuras… y estén preparados para pelear o ser arrestados”.Luego de 24 horas de alentar la veta de la venganza, y con las debidas coordenadas, los manifestantes se congregaron en los puntos designados a las seis y media de la tarde del martes.
A esa altura, el ataque del refugiado sudanés, de por sí descarnado, había pasado a ser, según los agitadores, un “intento de decapitación” del que era cómplice toda la comunidad de inmigrantes.“¿Qué se va a hacer para detener esta importación de una cultura extraña que ahora parece incluir intentos de decapitación?”, expresó el líder del partido Voz Unionista Tradicional, Jim Allister.Desde los puntos de encuentro, donde al inicio también había manifestantes más serenos, se desprendieron grupos de sujetos encapuchados que se lanzaron a recorrer las calles, pateando puertas casa por casa para amedrentar a los inmigrantes. Habían cumplido debidamente con el dress code de vestimentas oscuras que les habían indicado.
Minutos después ardían viviendas y vehículos, mientras los encapuchados rompían fachadas de comercios y alejaban a los bomberos, a las cámaras de televisión y a quienes intentaban grabarlos con sus celulares. Pero ellos sí se permitían registrar los desmanes para regodearse en la hoguera del fuego redentor. “En algunos lugares reinaba un ambiente de carnaval, con gente posando para selfies y bebiendo cerveza –relató el diario The Guardian–.
Un hombre levantó a su hijo pequeño para que tuviera una mejor vista de una casa en llamas. ‘Miralo bien’, expresó el padre. ‘Wow’, respondió el chico”.Entradas violentas Una mujer contó a la cadena Sky News cómo salvó a una familia de una turba desquiciada, cuando los manifestantes entraron a su casa con fuegos de pirotecnia para expulsarlos y proceder a incendiar la vivienda. La mujer expresó que la turba estaba tratando de echar a un hombre, su esposa y su hija adolescente, y decidió intervenir lanzándose puertas adentro. “No sé cómo lo hice, pero impedí que todos entraran al dormitorio”.
La familia estaba aterrada y los convenció de salir con ella. “Seguimos caminando, salimos a la calle y doblamos la esquina. Creo que los habrían molido a golpes”.
Los disturbios se reanudaron la noche siguiente, cuando los agresores chocaron con la policía que intentaba dispersarlos con cañones de agua, y se repitieron una tercera noche, aunque con menor intensidad. No les importaba lo que expresó la familia de Stephen Ogilvie desde el hospital, llamando públicamente a frenar la locura y destacando la contribución de los inmigrantes.Desde Londres enviaron 200 oficiales de refuerzo para contener a los revoltosos, aunque las autoridades de Irlanda del Norte admitieron que tenían un déficit crónico de miles de uniformados.
La policía también trajo un bulldozer para remover escombros y barricadas. Las noches de venganza fueron celebradas por los mismos activistas de extrema derecha que venían agitando a las masas desde el principio, con imágenes en las redes donde las llamas de las casas de extranjeros incendiadas eran vistas como un acto de purificación justiciera, alimentando una vez más la narrativa racista y antiinmigrante. “Invasores africanos criminales en Irlanda están aprendiendo que los hombres irlandeses no son fáciles de intimidar”, expresó un usuario en su cuenta de X. “Es el camino.
Debemos asegurarnos que entiendan nuestro malestar de la forma más vehemente posible”, remarcó otro.Fantasmas del pasadoLas imágenes remitieron a los días más violentos de Irlanda del Norte, sumergida entre las décadas de 1960 y 1990 en un dramático conflicto sectario. Por un lado estaban los nacionalistas católicos, partidarios de integrarse con la vecina República de Irlanda.
Por el otro se alineaban los unionistas protestantes, partidarios de que el país siguiera dentro del Reino Unido. Entre los dos bandos dejaron más de 3600 muertos y cerca de 50.000 heridos.
¿Hay alguna conexión entre aquella violencia sectaria y esta violencia racista? Cada cual tiene su propia dinámica, y la de ahora está vinculada sin dudas al extremismo derechista que medra en otras partes de Europa y del mundo.
Pero los cabos sueltos que dejó la era de tumultos sectarios contribuyen a su manera, si bien indirecta. Uno de esos cabos son los grupos paramilitares, que nunca se desbandaron del todo.
La situación social tampoco cambió demasiado. “La extrema derecha existe en todas partes. Ha habido desorden en la República de Irlanda y en Gran Bretaña en los últimos años debido a la inmigración, pero la última semana en Belfast parece ser particularmente mala.
La violencia ha ocurrido en comunidades desfavorecidas, en las que hay bajo nivel educativo y poca movilidad social, y no hay suficientes viviendas. También hay paramilitares unionistas y grupos de crimen organizado incrustados en estas áreas", expresó a LA NACION David Mitchell, profesor de resolución de conflictos del Trinity College Dublin en Belfast.Evi Chatzipanagiotidou, antropóloga especializada en conflictos y paz de la Queen’s University de Belfast, indicó en ese sentido que había varios asuntos sin resolver pese a los acuerdos de paz de 1998. “La paz no significa el fin de la violencia, especialmente cuando cuestiones como las privaciones económicas, la marginación y el desempleo no se abordan desde su raíz”.
No obstante, subrayó, “las personas involucradas en la violencia no lo tratan como una cuestión de clase, sino como un ataque a su identidad, cultura y comunidades. Impulsados por el racismo y la xenofobia, atacan a grupos vulnerables de inmigrantes”.Muchos intentan poner paños fríos antes de que corra la sangre al río.
La narrativa de ultraderecha del inmigrante como un malhechor irremediable dista de cualquier punto de apoyo mínimamente sensato. Andrew Madden, del Belfast Telegraph, desmintió con cifras en mano que los extranjeros no blancos fueran la encarnación de la violencia que toma el país por asalto. “Nada podría estar más lejos de la verdad.
La vasta mayoría de los crímenes violentos aquí son, y han sido siempre, cometidos por gente blanca nacida y criada localmente. En 2024/25, 10.468 personas de todos los orígenes fueron imputadas, el 92% blancas y el 8% de minorías”, expresó Madden, blanqueando los números de la delincuencia contemporánea.
Las víctimas de la violencia en Irlanda del Norte suelen ser, contrariamente al corrompido sentido común, mayormente inmigrantes. Un informe de Amnistía remarcó en diciembre pasado que 2025 había sido “un año vergonzoso de violencia racista”, con 2048 incidentes racistas y 1280 delitos de odio, los niveles más altos desde que comenzaron los registros en 2004. “Detrás de cada estadística impactante, hay una persona o familia real que vive con miedo.
No obstante, demasiados políticos se han hecho eco de la información errónea contra los inmigrantes que sirve de telón de fondo a estos ataques, en lugar de apoyar a las víctimas de crímenes de odio”, indicó Patrick Corrigan, director de Amnistía para Irlanda del Norte.Los recuerdos de la sangre derramada no dejan de acudir a la memoria de quienes fueron testigos del sectarismo de católicos y protestantes. Como el reverendo Brian Anderson, que le expresó a un periodista de Reuters, después de la primera noche de desmanes en Belfast, que los incidentes le recordaban las décadas de destrucción mutua entre las dos comunidades.“Vi, particularmente en estas dos calles, violencia sobre violencia.
Creo que podría usar la palabra anarquía”, declaró sobre la noche de furia. Si bien remarcó que la afluencia de inmigrantes había ejercido presiones sobre el empleo y la vivienda, el descontrol que le tocó ver era inadmisible. “Hay cuestiones que abordar y necesitamos que nuestros políticos intervengan y ayuden en ese debate.
Pero no podemos, no podemos, no podemos, no podemos hacerlo mediante la violencia”, insistió. “Simplemente nos retrotrae a los viejos tiempos y no queremos volver allí”.
Information from La Nación. Edited by: Noticias Today.
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