SANTA FE.— "Es inteligente, pero le cuesta concentrarse". "No duerme bien".

"Se distrae fácilmente en la escuela". Son frases que muchos padres escuchan o repiten cuando intentan entender por qué sus hijos enfrentan determinadas dificultades en el aprendizaje o el desarrollo.

Durante décadas, gran parte de las explicaciones se centraron en factores como la genética, el coeficiente intelectual o los estilos de crianza. No obstante, una nueva investigación internacional publicada en la prestigiosa revista científica Science plantea una mirada más amplia: para comprender cómo se desarrolla el cerebro infantil, también es necesario observar las condiciones en las que crecen los niños.

El estudio analizó 649 variables diferentes en casi 12.000 chicos de entre 9 y 10 años y llegó a una conclusión que está generando repercusión en la comunidad científica: el nivel socioeconómico y las condiciones de vida aparecen como los factores más estrechamente relacionados con la organización cerebral durante la infancia. Lo que ocurre alrededor del niño también moldea su cerebro Los investigadores encontraron que, entre las 40 variables con mayor asociación a los patrones cerebrales observados, 37 estaban vinculadas a aspectos socioeconómicos.

Entre ellas aparecieron factores como el ingreso familiar, la calidad de la vivienda, la seguridad del barrio, el acceso al transporte, los recursos disponibles en el hogar y distintos indicadores relacionados con la pobreza o la vulnerabilidad social. La conclusión no significa que la inteligencia, la genética o la educación hayan dejado de ser importantes.

Lo que muestra es que el cerebro infantil se desarrolla en interacción permanente con el entorno. Los especialistas suelen explicar este fenómeno mediante una idea sencilla: el cerebro de un niño es extremadamente sensible a las experiencias que vive todos los días.

El acceso a espacios seguros para jugar, una vivienda adecuada, una alimentación equilibrada, la posibilidad de dormir bien, la estabilidad emocional y la ausencia de estrés constante son elementos que influyen en ese proceso. Según el estudio, los patrones cerebrales asociados al contexto socioeconómico aparecieron principalmente en áreas relacionadas con funciones sensoriales y motoras.

Esto llamó la atención de los investigadores porque tradicionalmente muchas investigaciones habían puesto el foco en regiones vinculadas al razonamiento o las habilidades cognitivas superiores. Los autores sostienen que el entorno podría estar influyendo sobre aspectos básicos del funcionamiento cerebral que luego impactan en el desarrollo general del niño.

La investigación también encontró un dato llamativo: cuando los científicos ajustaron los análisis para tener en cuenta el nivel socioeconómico, aproximadamente el 70% de las asociaciones entre cerebro e inteligencia dejaron de ser estadísticamente significativas. Esto sugiere que muchas diferencias que históricamente se atribuyeron exclusivamente al coeficiente intelectual podrían estar fuertemente influenciadas por las condiciones sociales y económicas en las que viven los niños.

Sueño, estrés y bienestar emocional: las posibles claves Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que permitió identificar algunos mecanismos que podrían explicar cómo el entorno influye sobre el cerebro en desarrollo. Entre ellos aparecen dos factores fundamentales: la calidad del sueño y el estrés crónico.

Los investigadores observaron que los niños expuestos a mayores desventajas socioeconómicas tendían a presentar peores condiciones de descanso y niveles más elevados de estrés sostenido. Los especialistas en neurodesarrollo explican que el sueño cumple un papel esencial durante la infancia.

Mientras los niños duermen, el cerebro organiza información, fortalece conexiones neuronales y consolida aprendizajes. Cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, pueden aparecer dificultades para concentrarse, problemas de memoria, irritabilidad, bajo rendimiento escolar y alteraciones emocionales.

Por otro lado, el estrés crónico también puede afectar el desarrollo cerebral. A diferencia del estrés puntual, que forma parte de la vida cotidiana, el estrés persistente genera una activación constante de mecanismos biológicos diseñados para responder a situaciones de amenaza.

Cuando esa activación se mantiene durante períodos prolongados, puede afectar distintas funciones relacionadas con la regulación emocional, la atención y el aprendizaje. Señales que merecen atención Aunque cada niño es diferente, los especialistas recomiendan prestar atención a algunas señales que pueden indicar que el bienestar emocional o las condiciones de vida están impactando en su desarrollo: Dificultades persistentes para concentrarse.

Problemas frecuentes de sueño. Cansancio constante durante el día.

Irritabilidad o cambios bruscos de humor. Bajo rendimiento escolar repentino.

Aislamiento social. Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.

Quejas frecuentes de dolo