La bóveda del Carmen, excepcional obra conjunta de Cingolani y Marinaro

SANTA FE.— No se sabe a ciencia cierta por qué el pintor Juan Cingolani migró de Italia a Santa Fe, aunque quizás lo explique el hecho de que su hermano Enrique estaba echando las bases de una pequeña empresa familiar. Aquí trabajó como artista unos veintidós años, pero sin vencer la nostalgia por su lugar de origen (la campiña de Sant’Egidio , pero sobre todo la pequeña, antigua y bella ciudad de Macerata) implantada en una colina de algo más de 300 metros, en un paisaje con montañas que sobrepasan los 2.000 metros, a unos 20 kilómetros del mar Adriático, en la región de Las Marcas ( Le Marche ).
La vida del pintor, desde su infancia en la campiña de Las Marcas hasta su muerte en Santa Fe de la Vera Cruz, está historiada a grandes trazos. De lo que, en cambio, se sabe poco es de su laberinto interior, que lo llevaba a la nostalgia y la melancolía.
Se sabe que nunca dejó de escribirle a sus viejos amigos de Macerata y que nunca dejó de sentirse económicamente infravalorado en Santa Fe. Lo escribe en una carta relevada por Fernando Palloti, descendiente de una familia oriunda de Las Marcas (en el centro noreste de Italia) y él mismo un cultor del vínculo con esa región de Italia.
Dice el texto, remitido a su paese de origen: “Aquí la vida del arte y del artista no es tenida en cuenta, y por eso es poco remunerada. Lo que vale sí es poseer mucho dinero, entonces sí... te hacen hasta presidente, o tal vez te nombran Cavaliere... y así serás un gran hombre y toda la gloria será para ti, pero un pobre pintor, ¡qué quieres que valga!”.
Tímido e introvertido, no era de los que gritan su enojo en busca de respuestas, sino de los que callan y se sumergen en sus trabajos a la espera de reconocimientos que no satisfarán sus expectativas. Y no lo harán, porque la Santa Fe de aquel tiempo no estaba en condiciones de hacerlo, al punto que él creará una de las primeras escuelas de arte en el medio local.
El substrato cultural de nuestra ciudad no estaba en condiciones de valorar su obra como él esperaba. Por eso, sus refugios principales, sus comitentes más importantes, serán las iglesias de la ciudad.
Y su obra, de consistencia académica e inscripta en la rica tradición renacentista, tendrá el valor de conservar para la posteridad, como si de burbujas o cápsulas del tiempo se tratara, el legado visual de los grandes maestros de los siglos XV y XVI, que habían agitado con sus inspiraciones y pinceles las representaciones de la historia sagrada de la Iglesia católica. Como hombre de fe, hará su catarsis a través de sus trabajos pictóricos, de indudable calidad, aunque con una insoslayable carga inercial del Renacimiento.
Al respecto, cabe decir que mientras él comenzaba a pintar aquí sus temas históricos y, sobre todo, religiosos, en Europa, los cánones de la Academia Real de Pintura y Escultura de París, institución señera creada en el siglo XVII durante el reinado de Luis XIV, eran arrasados por las sucesivas innovaciones del romanticismo de Delacroix, las experimentaciones de luz y color de los impresionistas, el contrapunto expresionista iniciado por Edvard Munch a fines del siglo XIX, el exaltado empleo del color como forma pura en la corriente del fauvismo, los primeros ensayos del cubismo (Picasso había pintado sus “Señoritas de Aviñón” en 1907, dos años antes de que Cingolani arribara a Santa Fe). De modo que la pintura de Cingolani, que había tenido el privilegio de integrar la plantilla de los Laboratorios de Restauración de los Museos Vaticanos, e intervenir con sus pinceles en tareas de mantenimiento del Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y en los frescos de las Estancias de Rafael (por Raffaello Sanzio , su autor) en los apartamentos del Papa Julio II en los palacios vaticanos, contrastaba con las nuevas realidades del arte en los grandes centros productores de cultura moderna.
Esa fue su limitación manifiesta, pero también su valor diferencial en una época de cosas nuevas. Gracias a él, trozos del Renacimiento, en imágenes bien pintadas, se conservan en nuestra ciudad, a menudo con el riesgo de deterioros por la falta de mantenimiento de los edificios que las alojan.
En esa línea, su obra mayor se despliega en la bóveda de la basílica de Nuestra Señora del Carmen, cuyo centro visual es la escena de la ascensión de las almas que han pagado sus faltas en el Purgatorio, elevación a la que contribuye la imagen cimera de la Virgen del Carmen y una legión de ángeles que completa la fuerza ascendente impulsora de quienes, ya purgados sus pecados, se elevan hacia un cielo resplandeciente de luz . Los logrados escorzos, evidencian un minucioso estudio previo basado en cálculos matemáticos y geométricos.
Es un capolavoro expresivo del fervor religioso del artista, compromiso que lo llevó a incluir en la escena a miembros de su familia (en 1976, su sobrino Enrique Cingolani me expresó que entre los cuerpos que ascienden al cielo, aparecen los rostros del padre y una hija del pintor, en tanto que, más abajo, se advi
Information from El Litoral (Santa Fe). Edited by: Noticias Today.
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