Hace algunos años, muchos ya, le pregunté a un gran activista mexicano del movimiento, en ese entonces LGBT, si el activismo era endémico de un reflector que iluminara el protagonismo como estrella principal del escenario. Es decir, ¿será posible que exista un activismo gay de bajo perfil?

Eso es prácticamente imposible; fue la respuesta, tan contundente como su trayectoria pesada, de carga histórica y compromiso.Ahora que leo un par de comentarios sobre la marcha del orgullo capitalino de este año, cuya peculiaridad es coincidir con el Mundial de futbol 2026, me di cuenta de que parte de su personalidad implica tropezarse con un montón de reflectores regados por el piso sin que las causas se vean afectadas. Aún hay muchas causas por las que el activismo lgbt+ de la Ciudad de México debe luchar.Los conflictos de interés en la organización de la marcha son una constante y un tema recurrente en esta columna desde que surgió en 2006.Algunas polémicas que se me vienen a la mente: la pugna por cuál debería ser el contingente para encabezar la marcha.

Empresarios contra activistas históricos: cuando el último sábado de junio coincidió con las elecciones para presidente de México y la ley seca amenazaba las fiestas postmarcha, los empresarios proponían cambiar la fecha para que pudieran vender alcohol mientras los activistas exigían respeto por el día oficial, el resultado fue la organización de dos marchas. O aquella vez que la marcha arrancó con horas de retraso, pues esperaban a que Claudia Sheinbaum diera el banderazo de salida junto a Genaro Lozano, lo que dio pie a interpretaciones como que la marcha había sido secuestrada y que alguien buscaba algo más que el protagonismo.Cuando el tema de la familia homoparental dominaba la narrativa de los activismos se propuso, entre dientes, evitar la desnudez, la provocación, hipersexualidad, pues esto podría perturbar la inocencia de los niños que podrían acompañar a sus dos madres o padres.Por supuesto, el eterno debate sobre los reyes y reinas de la marcha, embajadores y cuál es su verdadero rol más allá de prestarse al juego campal al servicio del imaginario gay necesitado de divas e ídolos que catalicen nuestra propensión al drama.

Sobre todo, frente a la relevancia de muchos activistas, quienes han materializado más logros sociales que las Jeans o Christian Chávez.La polémica de este año tiene que ver con el control en manos de un cantante casi famoso, su madre y la traición de Fabián Cháirez, el pintor que tan sólo hace un lustro era aclamado por subvertir la masculinidad de Emiliano Zapata, pero hoy es considerado un artistas cuyo talento es ser provocador astuto, no así con el pincel.¿Cómo es que las percepciones no pueden sostenerse, aunque sea en la causa en la que todos podrían coincidir?Ahora que la Ciudad de México me queda a 3 mil 500 kilómetros de distancia, puedo repasar la marcha con la perspectiva de la lejanía y cierta nostalgia propia de la vejez. No es perfecta y pese a todas sus contradicciones tiene algo valioso: es abierta a todo aquel que quiera unirse sin necesidad de protocolos ni credenciales.Acá en San Francisco, la marcha del orgullo es poderosamente vistosa, producida hasta el último detalle, pero hiperorganizada.

Si se quiere marchar por el pavimento de la calle Market, es obligatorio inscribirse en un contingente. A veces, la sola inscripción no basta, debe ser aprobada por un comité..

De lo contrario, la única forma de participar es como espectador del otro lado de vallas instaladas a lo largo de la banqueta, sin margen para la interacción comunitaria, lo que convierte la marcha en una suerte de parque temático con poca carga política. Sin mencionar que muchos de los contingentes pertenecen a marcas o corporativos que, dicho sea de paso, se están alejando de las banderas de arcoíris conforme la derecha se radicaliza en su toma de poder.Volviendo al principio.

Luego de masticarla un rato, la respuesta de aquel activista me demostró que tenía lógica desde una perspectiva realista. Por ejemplo, sabrá Dios si el gran activista Harvey Milk hubiera tenido el mismo impacto en la sociedad estadunidense de los principios de los setenta sin su encantador carisma que cautivó a una sociedad propensa al puritanismo.

Lo mismo con el movimiento radical ACT UP, con sus performances cargadas de histrionismo chillante.¿Qué requisitos debería tener una marcha del orgullo de la Ciudad de México a fin de que esté libre de sospechas? ¿A quiénes debe satisfacer?

¿Es un asunto de satisfacciones, de derechos, de fiesta, de reconocimiento de egos?También explica el momento actual en el que los nuevos activistas derivan en influencers, justo cuando se dan cuenta de que son medianamente fotogénicos y despiertan coquetería en sus seguidores.