“Misterioso, desconcertante, genial, sabio, estratega, romántico, escritor, inconformista, visionario, arrojado, profundamente contradictorio…”. Leía y releía como una letanía febril las palabras del prólogo de la biografía de Lawrence de Arabia de Richard Perceval Graves, el sobrino de Robert Graves, haciéndome la vana ilusión de que se referían a mí, mientras atravesaba el parque del Retiro por su parte más soleada y con 35 grados a la sombra. “El sol del Hidjaz no abrasa, pero ennegrece y consume despacio todo lo que se somete a él, desde los hombres hasta las piedras”, me dije puesto en la piel de T.

E. Lawrence.

Era como cruzar el desierto del Nefuz y no tuve el más mínimo pudor en sacar de la bolsa el salacot que me había llevado de casa para firmar en la Feria del Libro de Madrid (la iniciativa tuvo mucho éxito en Sant Jordi) y encasquetármelo a fin de protegerme de lo que estaba cayendo. “No descansaré hasta que sepan que tengo Áqaba”, susurré para animarme. La gente me miraba al pasar, como pidiendo explicaciones o quizá que les dejara el casco, pero yo me limitaba a esbozar una sonrisa y a soltarles unas frases sentidas de la película de David Lean o de Los siete pilares de la sabiduría, que también cargaba por si a alguien le sabía a poco que le firmara mi libro, rematadas por el inexcusable —si portas salacot— “doctor Livingstone, supongo”.

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