El cine y la literatura de espionaje, de tramas subterráneas y pérfidas dentro del Estado, nos han acostumbrado mal. A seguir con fascinación personajes y situaciones con anverso y reverso, a virtuosos que operan en el lado oscuro, a veces planteándose dilemas morales, en posesión de estilo y cerebro, llenos de misterio y turbiedad, descritos con un nivel expresivo que posee imán para los receptores.

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