La nueva rebelión de las mesas… y las masas

Cada verano tiene su banda sonora y este no va a ser menos. Más allá de Bad Bunny y sus 12 conciertos entre Madrid y Barcelona, la música latina nos golpea con la misma insistencia que lo hacen el calor y las moscas, pero el portorriqueño de moda ya ha vendido más de 600.000 entradas.
No obstante, la película que nos espera estas vacaciones tiene otras claves. Hay en el ambiente una atmósfera dispuesta a ofrecernos una sinfonía distinta: la rebelión de las masas y, por extensión, de las mesas.Estas masas de ahora ya no se rebelan como antes.
No toman la Bastilla ni asaltan palacios de invierno. Sus “levantamientos” son distintos, reservan vuelos a las seis de la mañana, consultan quince aplicaciones simultáneamente y publican fotografías de lugares secretos que dejan de serlo exactamente tres minutos después.
La revolución contemporánea no lleva antorchas; lleva batería portátil y conexión de datos.El ser humano hace décadas que sueña con democratizar los viajes. Que cualquiera pudiera conocer el mundo parecía una conquista indiscutible.
Y lo sigue siendo. No obstante, toda victoria trae consigo su revés y una paradoja.
Ahora que todos podemos llegar a casi cualquier sitio, descubrimos que el problema consiste precisamente en que todos hemos llegado al mismo sitio, el mismo día y a la misma hora. Un viajero recorre miles de kilómetros buscando autenticidad y, al llegar, encuentra a otros diez mil viajeros haciendo exactamente lo mismo.La rebelión de las masas, en su versión 2026, no consiste tanto en la afirmación de una vulgaridad triunfante —como temía Ortega y Gasset—, sino en algo más paradójico: la exigencia universal de experiencias supuestamente únicas.
Todos queremos lo exclusivo, lo auténtico, lo “no masificado”… al mismo tiempo. Y ahí empieza la comedia.
Mientras las masas se desplazan buscando desconexión, terminan reproduciendo, con admirable disciplina, las mismas dinámicas de saturación, espera y ansiedad que pretendían dejar atrás. Cambia el escenario y el paisaje —de la oficina a la terraza frente al mar—, pero no cambia el guión.Hemos transformado la aventura, los viajes y el turismo en una obligación sudorosa e incómoda y en una exaltación de la propia existencia.
Si no has estado en ese lugar: Amazonas, Bali, Egipto, Everest… se te pone cara de palurdo cósmico. Como dice un amigo, el ocio ya no descansa, compite a codazos por una última instantánea.
Ese es otro de los problemas, hacer más de 2.000 fotos en 10 días y no recordar de dónde es cada instante. Vamos a un lugar a hacernos fotos, no a sentirnos más nosotros.Pero si las masas avanzan, las mesas resisten lo que les eches.
La batalla del verano ya no se libra en playas ni aeropuertos. Se libra en terrazas, restaurantes y chiringuitos.
Las mesas se evaporan misteriosamente cinco minutos antes de nuestra llegada. Siempre están reservadas para alguien más afortunado.
Las estadísticas nos dicen que los salarios de los españoles llevan décadas sin apenas subir, pero las mesas de los restaurantes cada día están más caras y más imposibles de reservar. Otra de las paradojas de la economía nacional.Las mesas, en este contexto, ya no son simples muebles.
Son símbolos de estatus, de previsión, de éxito vacacional. Conseguir una buena mesa —con vistas, a la sombra, en el sitio de moda— equivale a una pequeña victoria existencial.
No es casual que se fotografíen: la mesa certifica que uno ha llegado donde debía estar. En el fondo, esta doble rebelión —de masas y mesas— revela algo más hondo: nuestra dificultad para habitar el tiempo sin convertirlo en competición.
Incluso el descanso necesita ser optimizado, compartido, validado.Mientras se calientan los sueños de verano, y los precios y alquileres de agosto empiezan a hervir, las ciudades turísticas como Barcelona o Madrid viven atrapadas entre dos verdades. Por un lado, necesitan la actividad económica que generan los visitantes.
Por otro, necesitan seguir siendo lugares habitables para quienes viven allí todo el año. El equilibrio es delicado por no decir imposible.
Una ciudad no puede convertirse únicamente en un decorado para turistas, del mismo modo que tampoco puede cerrarse al mundo como una fortaleza melancólica.Quizá la solución, si es que hay alguna, no consista en combatir a las masas ni en liberar a las mesas, sino en recuperar una virtud poco apreciada en nuestra época: la moderación. Viajar más despacio.
Como a cámara lenta, para saborear la vida más y mejor. Descubrir lugares menos evidentes, pero igual de excitantes.
Aceptar que no todo destino debe convertirse en una fotografía obligatoria. Recordar que las vacaciones son una oportunidad para descansar, no una competición internacional de experiencias.
El gran placer no es alcanzar el Everest, sino poder ver el mar con una cerveza en la mano y en la soledad que ofrecen los “desiertos” humanos.Aunque, siendo realistas, cuando llegue agosto y aparezca la primera terraza con sombra frente al mar, volveremos a comportarnos exactamente igual que todos los demás. Es la vieja historia de la humanidad.
Tal vez la verdadera subversión este verano no consista en encontrar la mesa perfecta, sino en aceptar una imperfecta. O incluso en prescindir de ella.
Sentarse en cualquier sitio, sin reservas ni expectativas, y descubrir —con cierta sorpresa— que el verano sucede igualmente. Pero claro, eso no se puede fotografiar.
Information from 20 Minutos. Edited by: Noticias Today.
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