Hay algo que incomoda en los análisis que reducen el momento político de Keiko Fujimori a una reedición exacta de las condiciones que rodearon al fujimorato, como si el país hubiera permanecido congelado desde los noventa. Esa pereza analítica impide organizar mejor a la sociedad para resistir la coalición autoritaria temida.

No porque el fujimorismo carezca de pulsiones autoritarias –sería enternecedor descubrir a estas alturas su vocación republicana–, sino porque esa lectura es políticamente mediocre para pensar cómo reanimar espacios sociales que se han vaciado de política.Anton Jäger ha descrito nuestro tiempo como el de la hiperpolítica. Una época en la que todo se politiza, pero casi nada se organiza o institucionaliza.

Hay indignación permanente, opinión instantánea en redes sociales, identidades enfrentadas en campañas políticas, polémicas que arden durante horas y causas que desaparecen con la misma velocidad con que aparecieron. La política está en todas partes, pero los partidos, sindicatos, asociaciones y mediaciones que antes le daban forma se han debilitado.

Tenemos demasiada intensidad y muy poca institucionalización de esa politización.El Perú parece haber llegado a esa condición por vía propia. Luego de años de presidentes débiles, congresos impopulares, fiscales convertidos en actores políticos, partidos desechables y una ciudadanía más desconfiada, el país no vive una despolitización, sino una politización sin arquitectura.

Todos opinan sobre el poder, pero casi nadie confía en las reglas que deberían domesticarlo ni en los partidos o sindicatos que deberían canalizarlo.En ese vacío, la palabra ‘orden’ recupera atractivo para el fujimorismo porque sustituye la política por un atajo conceptual. No ofrece una teoría del Estado, sino una advertencia con megáfono: o tragas el orden que se te impone o puede venir algo peor.

Y, por supuesto, la posibilidad de construir proyectos alternativos queda descartada como una extravagancia de caviares u ONG ‘progres’.Pero si el establishment quiere evitar que el próximo ciclo sea apenas una restauración defensiva de un orden disfuncional –conviviente con economías ilegales, privilegios blindados e instituciones sitiadas–, debería proponer un pacto de segunda generación. No una foto solemne ni otro acuerdo nacional escrito con aroma de naftalina, sino un compromiso para atacar las causas del deterioro que todos conocemos, que no es otra que la fragmentación partidaria, la informalidad, las economías ilegales y la precariedad territorial del Estado en nuestras regiones.Las reformas de primera generación estabilizaron la economía.

Las de segunda generación deben responder a otro miedo: convertirnos en una democracia donde todo se discute, pero nada se construye. Keiko Fujimori no tendrá luna de miel.

Podrá tener mayoría, aliados, empresarios aliviados, pero sin reformas de segunda generación su gobierno solo profundizará las distancias sociales. El dilema peruano no es solo entre democracia y autoritarismo.

Es entre una hiperpolítica sin instituciones y una política capaz de volver a darle forma al conflicto.*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.