Junto con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, pocos acontecimientos impactaron tanto en la conformación de la cultura contemporánea como la independencia de Estados Unidos. Se trata del punto de partida no excluyente, pero sin duda basal, de la impresionante ola de cambios económicos, políticos, sociales, científicos y tecnológicos que vienen sucediéndose a una velocidad inusitada en los últimos dos siglos.

Hoy se habla del fin de la hegemonía norteamericana, en un contexto en el que algunos ponen en duda la capacidad de su democracia para sobrevivir desafíos sin precedentes, como el inédito avance del personalismo, la discrecionalidad, la opacidad y los repetidos casos de neopatrimonialismo. No obstante, el lenguaje y los parámetros fundamentales del orden político actual terminaron de forjarse y constituyeron el prisma a partir del cual interpretamos la realidad gracias a la energía transformadora que proporcionaron aquellos fabulosos y aún tan influyentes fenómenos históricos.Los ejes centrales de nuestra concepción de la política, como los atributos del presidente, los frenos y contrapesos, el control de constitucionalidad, la representación política, la idea de ciudadanía y su estrecha vinculación con el financiamiento del Estado (no taxation without representation), la relación entre derechos individuales e interés público, la libertad y la seguridad irrumpieron en la conversación pública a partir de la gran gesta de 1776.

Algunos venían de la tradición grecorromana, fueron revisitados durante la Ilustración, pero cuajaron de forma virtuosa y original en el pensamiento y la acción de los “padres fundadores”. Luego, evolucionaron y se amalgamaron con las distintas idiosincrasias nacionales a partir de la expansión del proceso independentista y la posterior “descolonización”.

Más aún, mantienen una vigencia notable hasta nuestros días.El experimento norteamericano permite infinitas interpretaciones y lecturas. Es un fenómeno que reconoce aspectos tan diversos como contradictorios, tan extraordinarios como desconcertantes y tan esperanzadores como repudiables.

A lo largo de su historia, pero sobre todo en los últimos años, se observan hechos y atributos contrastantes: lo mejor y lo peor, gestos de nobleza y generosidad emocionantes y casos que conmueven por su violencia e irracionalidad. Con sus paradojas, extravagancias, exageraciones y hasta absurdos, EE.UU. fue y sigue siendo una referencia ineludible para el resto del mundo: para quienes lo consideran un modelo a imitar y una fuente de inspiración, y para quienes es una potencia maligna que debe ser eliminada.

Al margen de estas miradas dicotómicas, en cualquier rincón de este planeta, en todas las culturas, alguien está ahora mismo soñando con emigrar y vivir su propio “sueño americano”.Porque la idea del “American dream” sigue siendo un valor medular, un mito fundacional con enorme atractivo en términos identitarios: cualquiera, más allá de su origen, religión, color de piel o clase social, puede alcanzar el éxito y llevar adelante su proyecto de vida gracias al trabajo duro y la apuesta por la iniciativa privada. Implica llevar a la práctica los ideales centrales de la Declaración de la Independencia de 1776: democracia, libertad y búsqueda de la felicidad.

Tradicionalmente, la concreción de dicho sueño implicaba la posibilidad de ser propietario de una vivienda, tener acceso a una buena educación (en especial universitaria, que se traducía en un salto significativo en términos de ingresos) e impulsar un proyecto empresarial propio.Decenas de millones, la gran mayoría inmigrantes o pertenecientes a segmentos sociales relativamente desfavorecidos, fueron capaces de cumplir ese sueño. A pesar de eso, hubo excluidos, perdedores y marginados: se priorizó el éxito individual a expensas de asegurar un piso mínimo de igualdad.

Más: los problemas raciales, la pobreza estructural y las tensiones derivadas de una profusa y diversa inmigración siguen generando problemas, a pesar de las políticas de “acción afirmativa”, profundizados por un sistema capitalista que no deja de sorprender por su capacidad de reinvención, dinamismo y vitalidad: ninguna de las 10 empresas de mayor valor bursátil existía hace una generación, ninguna de las 10 personas de mayor fortuna pertenece a familias tradicionales ni recibió herencias significativas. Pero ninguna es negra, latina o mujer.

Martin Luther King, uno de los cinco grandes líderes en este cuarto de milenio junto con George Washington, Abraham Lincoln y los dos Roosevelt (Teddy y Franklin Delano), resignificó la idea de “sueño” en su extraordinario discurso “I have a dream”, durante la célebre Marcha a Washington por Trabajo y Libertad de finales de agosto de 1963. Fue el clímax del movimiento por los derechos civiles, que en gran medida reformuló la política norteamericana.Con Alexis de Tocqueville como estandarte hasta los millares de turistas que disfrutan del Mundial, los viajeros que observaron de primera mano a la sociedad norteamericana han quedado sorprendidos por algún atributo distintivo, positivo e inesperado.

A comienzos de los años 90, instalado en la bucólica Chapel Hill, Carolina del Norte, para cursar un doctorado en Ciencia Política, este columnista quedó maravillado por el uso recurrente de la frase “This is America”: una tierra fecunda, meritocrática y donde el trabajo disciplinado era siempre la base del progreso. Ya había muchos críticos del “Reaganomics”, el gran cambio de paradigma con foco en la oferta de bienes y servicios (no en la demanda, como sugería la tradición keynesiana), implementado en la década anterior, por haber desestructurado los mecanismos de movilidad social para vastos sectores medios y populares.

Pero predominaba aún una confianza plena en el futuro del país, con el impulso adicional de la reciente caída del Muro de Berlín y el éxito en la Guerra Fría. Un cuarto de siglo más tarde, el rapero Childish Gambino grabó con ese mismo nombre una canción satírica que enfatizaba la obsesión por las armas de fuego, el consumo desmedido y la persistencia de la discriminación racial y la violencia institucional.En efecto, el clima interno y el papel de EE.UU. en el concierto mundial cambiaron de forma asombrosa en las últimas dos décadas: el impacto del 11/09/01 está latente, al igual que los fracasos militares y políticos en Afganistán e Irak.

El impacto negativo de la exitosa globalización, sobre todo en cuanto a la disrupción de incontables comunidades por la relocalización de industrias en otros países, profundizó las diferencias económicas y las tensiones políticas hasta umbrales cercanos a la ruptura del tejido social. La gran crisis financiera internacional de 2008 y la aceleración de la automatización, la robotización y la IA, junto con el impacto de la pandemia de Covid-19 y la inédita polarización política y cultural, constituyeron factores que catalizaron de manera preocupante y muy divisiva la dinámica política en todo el país, más allá de algunos liderazgos peculiares.Por eso conviene recordar una aguda frase atribuida a Winston Churchill: “Los norteamericanos siempre hacen lo correcto, luego de haber probado todas las otras opciones”.

Y, sobre todo, la máxima del legendario Warren Buffett: “Nunca apuestes contra los EE.UU”. En sus peores momentos, cuando parece que todo está perdido, el sueño americano resurge con más vitalidad, como sucedió luego de la Guerra Civil o del desastre de Pearl Harbor.

El “siglo norteamericano”, el poder hegemónico que imperó durante buena parte de los últimos cien años, puede parecer debilitado. Pero los valores y la admiración que su sociedad sigue generando continuarán influyendo en el resto del mundo por muchísimo tiempo más.