La democracia y el futuro de nuestras libertades adquieren cada día mayor trascendencia. No tiene sentido lamentarse indefinidamente por las causas perdidas; ese juicio le corresponde a la historia.

Lo verdaderamente importante es reflexionar sobre lo que viene, porque el panorama que se vislumbra no resulta alentador.Mientras el mundo atraviesa profundas transformaciones políticas, económicas y sociales, nuestro país parece inmerso en un mar de aguas aparentemente tranquilas. Casi podríamos superponer la Costa Rica actual con aquella de hace varias décadas: un país orgulloso de su estabilidad democrática, de sus instituciones y de su Estado de derecho.

No obstante, bajo esa aparente calma, comienzan a surgir corrientes que merecen nuestra atención y reflexión.Las democracias modernas afrontan hoy desafíos inéditos. La polarización, el debilitamiento del diálogo respetuoso, la creciente desconfianza hacia las instituciones y la frustración ciudadana frente a problemas reales –la inseguridad, la lentitud de la justicia, las dificultades económicas y la percepción de ineficiencia estatal– crean un terreno fértil para soluciones simplistas que ofrecen respuestas inmediatas a problemas extraordinariamente complejos.En algún momento imaginé la gobernanza actual como una especie de Caperucita Roja política, recorriendo senderos ya trazados.

Así lo manifesté en un artículo anterior. Hoy, a la luz de ciertas palabras, hechos y actuaciones, aquella imagen se me desvanece.

No diré que se haya convertido en Cruella de Vil, porque la caricatura suele empobrecer el análisis, pero sí percibo un estilo cada vez más áspero, confrontativo y menos dispuesto a reconocer los límites que toda democracia constitucional impone al ejercicio del poder.Lo que me preocupa no es el temperamento de una persona, sino la creciente tendencia a confundir el respaldo popular con una autorización para debilitar los contrapesos institucionales que protegen nuestras libertades. Nombramientos cuestionados, favores políticos, descalificaciones personales, irrespeto hacia quienes piensan distinto, intentos de debilitamiento institucional y señales preocupantes de deterioro en la gestión pública forman parte de una realidad que no puede ignorarse.

Entretanto, muchas de las soluciones concretas que el país espera continúan descansando en el sueño de los justos.Se confirma así una vieja tentación del populismo: la creencia de que una sola persona, respaldada por el fervor de las mayorías, puede resolver obstáculos que las instituciones democráticas, deliberadamente diseñadas con contrapesos y límites al poder, no logran solucionar con la rapidez deseada.La historia nos enseña que las democracias rara vez desaparecen de manera abrupta. Con mayor frecuencia, se erosionan lentamente cuando los ciudadanos comienzan a percibir las instituciones independientes, la separación de poderes y el respeto al Estado de derecho como obstáculos incómodos y no como las garantías esenciales de su libertad.

Estas señales ya se están percibiendo en nuestro entorno.Voltaire nos recordó que la verdadera prueba de una democracia consiste en defender el derecho de quienes piensan distinto. La democracia no se limita al gobierno de las mayorías; exige también el respeto irrestricto por las minorías, la independencia de los poderes del Estado y la plena vigencia del Estado de derecho.Las mayorías otorgan legitimidad para gobernar, pero no constituyen una autorización para debilitar las instituciones encargadas de garantizar el equilibrio republicano y la protección de los derechos ciudadanos.

Debemos preguntarnos si estamos transmitiendo a las nuevas generaciones no solo el orgullo por nuestra tradición democrática, sino también la responsabilidad de preservarla, porque la democracia es mucho más que votar cada cuatro años. Es una actitud cotidiana de tolerancia, respeto, diálogo y aceptación de que ninguna persona ni ningún grupo político deben ejercer un poder sin límites.Después de haber observado durante décadas las fortalezas y debilidades de nuestro sistema político, sigo convencido de que la democracia continúa siendo el mejor mecanismo que hemos encontrado para convivir en libertad.

No es perfecta. Nunca lo ha sido.

Pero permite corregir errores sin recurrir a la violencia y ofrece a cada generación la oportunidad de mejorar el país que recibió.La pregunta que debemos hacernos hoy no es qué democracia heredamos nosotros, sino qué democracia heredarán nuestros nietos. Porque el verdadero legado que dejamos no son únicamente bienes materiales o recuerdos familiares.

También es el país donde ellos tendrán la oportunidad (o la dificultad) de construir sus vidas en libertad.Las democracias no suelen perderse porque desaparezcan las elecciones. Se debilitan cuando los ciudadanos, agotados por la complejidad de los problemas, comienzan a buscar refugio en la simplicidad de los salvadores providenciales y aceptan sacrificar principios fundamentales a cambio de promesas inmediatas.La libertad exige vigilancia permanente, pensamiento crítico y el valor de defender las instituciones incluso cuando sus decisiones no coinciden con nuestras preferencias personales.

Y esa herencia, hoy más que nunca, merece toda nuestra atención.jaime.feinzaig@icloud.comJaime Feinzaig es cirujano dentista y exembajador de Costa Rica en Italia.