La presa más frustrante no está en las calles: está en las redes sociales

Un día de tantos, mientras avanzaba lentamente entre las presas interminables de San José, escuchaba el audiolibro Arden las redes, de Juan Soto Ivars. Suelo aprovechar esos trayectos para hacer algo productivo con un tiempo que, de lo contrario, se perdería entre semáforos, filas de vehículos y la frustración que acompaña al congestionamiento vial, que parece haberse vuelto parte de nuestra rutina.Mientras escuchaba, pensé que quizá las redes sociales también sufren su propia forma de congestionamiento.
No de automóviles, sino de emociones. Recuerdo cuando Twitter era un espacio de intercambio.
Se compartían ideas, se aprendía, se debatía. Muchas personas terminaban convirtiéndose en amigos y no era raro organizar encuentros para conocernos fuera de la pantalla.
Había desacuerdos, por supuesto, pero predominaba la sensación de estar participando en una conversación.Hoy, en la mayoría de los casos, la experiencia es distinta. Basta abrir cualquier discusión en cualquier red social para encontrar insultos, burlas y descalificaciones.
Como si la conversación hubiera quedado atrapada en una presa permanente de enojo, sospecha e indignación. Todo parece avanzar con dificultad.
Los matices desaparecen. La paciencia escasea.
Cualquier diferencia de opinión corre el riesgo de transformarse en un enfrentamiento.En Arden las redes, Soto Ivars describe algo que me resultó especialmente revelador. Más que hablar de quienes insultan, reflexiona sobre el clima que se genera cuando la indignación constante se convierte en la norma.
Hay una frase que me quedó resonando desde entonces: “A medida que la ofensa se vuelve libre, el pensamiento se acobarda”.Es aquí donde vale la pena poner el fenómeno bajo la lupa. Porque quizá el problema no sean únicamente las personas agresivas.
Personas agresivas siempre han existido. Lo que parece haber cambiado es el ambiente en el que todos participamos.
Las redes sociales premian la reacción inmediata. El comentario más duro suele recibir más atención que el más reflexivo.
La indignación viaja más rápido que los argumentos y la descalificación obtiene más visibilidad que la duda honesta.La ciencia ofrece algunas explicaciones. Sabemos que el anonimato y la distancia disminuyen nuestros frenos habituales.
También sabemos que algunas personas encuentran satisfacción en provocar malestar. Pero tal vez el efecto más preocupante ocurre en quienes observan.
En quienes dejan de opinar para evitar ataques. En quienes prefieren callar una pregunta o una duda.
En quienes concluyen que expresar una idea no vale la pena si el costo será una avalancha de agresiones.Sabemos que las palabras son poderosas. Pueden acompañar, enseñar, aliviar y construir puentes.
Pero también pueden herir, humillar y excluir. Cuando la agresión se vuelve cotidiana, no solo sufren quienes la reciben.
También se empobrece la conversación de todos.Quizá por eso la imagen de aquella presa en San José siguió acompañándome mientras terminaba de escuchar el libro. Porque, al igual que en nuestras carreteras, las redes sociales parecen estar cada vez más congestionadas.
No de vehículos, sino de enojo. No de tránsito, sino de intolerancia.Si las emociones ocupan todo el espacio disponible, las ideas encuentran cada vez menos lugar para circular.avilaaguero@gmail.comMaría L.
Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
Information from La Nación (Costa Rica). Edited by: Noticias Today.
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