Osqui Guzmán: de su sueño de ser maestro de kung fu al fuerte disgusto con su padre y su gran historia de amor

Creció en una familia humilde de inmigrantes bolivianos que se dedicaban a la costura. Mientras él soñaba con ser maestro de kung fu, sus padres lo imaginaban con un título universitario.
Quizá por eso, cuando contó que se había anotado en el Conservatorio de Arte Dramático porque iba a ser actor, su papá dejó de hablarle por tres años. Pero un día fue a verlo al teatro; se reconciliaron y fueron mejores amigos.
Actor, director, dramaturgo, hace treinta años que Osqui Guzmán se gana la vida como artista y fue parte de icónicas obras de teatro como El Bululú, El centésimo mono, Derechos torcidos, entre otras, y de muchas películas y ficciones en televisión. Hoy es uno de los protagonistas de Vivitos y coleando 2 en el Auditorio Belgrano y tiene en cartel dos obras que escribió y dirige, El centésimo mono y Waminix, ambas en Timbre 4.
Asimismo, se sumó a la gira de Maldita felicidad, con Pablo Echarri y Paola Krum. De todo esto conversa con LA NACION y también de su historia de amor con Leticia González de Lellis, su compañera en la vida y en la creación de historias. —¿Siempre estás con varios proyectos al mismo tiempo?—A veces sucede.
En este caso, hay dos obras en cartelera de las que hice la dramaturgia y la dirección. Una es El centésimo mono, que ya tiene muchas temporadas y sigue rodando.
Y la otra es Waminix, una obra para toda la familia y en la que también participo como director junto a Leticia González de Lellis. La creamos junto al grupo Proyecto Migra, que es un grupo de circo contemporáneo.
Siempre está a sala llena y es una enorme satisfacción ver lo que pasa con la gente. Y estamos con Vivitos y coleando 2.
Ya había hecho Vivitos y coleando 1 en una temporada, aunque mucha gente cree que hice la obra muchos años y me asocia a ella porque, de alguna manera, pertenezco al mundo de Hugo Midón. —Porque trabajaste en otras creaciones de Midón...—Sí, durante mucho tiempo hice Derechos torcidos en teatro y también en Paka Paka. Y también hice Locos recuerdos el año en que Midón se fue.
Tener la oportunidad de hacer este material es como subirse a una alfombra mágica y hablar sobre la poesía, la belleza, los afectos, encontrarse, criticar a nuestra sociedad, preguntarnos quiénes somos, qué nos falta, qué nos pasa, cuáles son nuestros errores, verlos y reírse de ellos. Esta creación de Midón y Carlos Gianni es de un nivel muy singular y pocas veces visto en los musicales de nuestro país.Cuestión de familia—Tu hija Nuria debe ser tu fan número uno...—Ama todo lo que hacemos y lo critica también.
Y me dice: “Acá no hiciste tal cosa, te olvidaste tal otra” [risas]. Uno siempre critica lo que quiere.—Trabajás mucho con Leticia, que es tu pareja desde hace muchísimos años.
¿Cómo es compartir la vida cotidiana y la familia y asimismo crear juntos?—A veces el trabajo se complica y otras veces lo enriquece. Pasa de todo [risas].
Lo que nunca deja de suceder es la conversación, la paciencia, el tiempo, el amor. Si eso deja de pasar, entonces el camino es equivocado.
Hay una línea que se desdibuja y algunos artistas toman la decisión de unir todo. En nuestro caso eso se fue dando naturalmente.
Antes de casarnos ya empezamos a dar clases juntos. Ella primero como maestra de taller y después investigamos sobre nuestro propio material y ya fue la clase de los dos.
Incluso en algún momento yo tomé clases con ella porque había un montón de ejercicios que nunca había experimentado y ella sí. Todo tiene que ver con preguntarse cosas e investigar; eso es lo que nos gusta.—¿Se conocieron trabajando o tomando clases?—Nos conocimos tomando cerveza en una fiesta de teatro cuando la Escuela Municipal de Arte Dramático organizaba las “Chiva Calenchu” en el año 1998.
Y en el año de crisis del país, en 2001, nos casamos. Nuria nació hace siete años porque no sentíamos la necesidad de ser papás.
No era algo que estaba en nuestro imaginario. —Hasta que sucedió...—Hasta que lo necesitamos y la buscamos; y llegó Nuria.—Y siguen eligiéndose en la vida y en el trabajo...—Sí, aunque muchas veces nos ha ido mal. No obstante, nos elegimos también porque entendemos que no existe lo que está mal y lo que está bien en nuestro camino.
Existe la lectura que hacés de las cosas que suceden. Nada más.
Lo que está mal y lo que está bien es para un orden moral, que en todo caso totaliza a la gran masa de gente que todos los días sale a trabajar, se busca la vida, intenta distraerse, vive con su trabajo, con sus cuestiones, con sus cosas... Esa gente que vive el cotidiano es la que tiene razón, con la que no hay que discutir.
Nosotros somos del lado equivocado de la historia, de la vida y de todas las cuestiones morales y sociales. Somos el error en el sistema, siempre...
Por eso somos artistas. Entonces, desde ese punto de vista, para nosotros no existe lo que está mal y lo que está bien.
Existe discutir todo, ver el error, observarlo y sentirnos, en algún momento, frente a la maravilla de ese error. Y así es con todo, con el amor, con el trabajo, con la vida.
Por eso tampoco nos subimos al carro del éxito. Estamos juntos hace mucho tiempo y no creemos que sea un gran logro, pero sí entendemos que es un motivo de festejo. “Una decisión temeraria”—¿Tienen otros proyectos juntos?—Es difícil que tengamos proyectos.
Por lo general, las cosas suceden. Y sí conversamos un montón sobre cosas que nos gustaría, pero no las llevamos a cabo.
Simplemente conversamos y a veces nos convocan y ahí volcamos todas nuestras cuestiones, nuestros sueños, todo lo que nos dijimos, todo lo que nos atrevimos a discutir hasta las 3 de la mañana o en un viaje, o llevando a Nuria a la escuela. No hay proyecto sino más bien ensoñaciones. —¿Cómo es eso?—Para mí son momentos de iluminación cuando uno discute sin afán de llevar adelante algo.
Un proyecto, en cambio, tiene un objetivo. No es lo nuestro.
Ya con ganar algo de dinero para nosotros es suficiente. Por ejemplo, una de las cosas que estoy haciendo también es un reemplazo en la obra Maldita felicidad porque uno de los compañeros tenía que empezar la gira de la obra y se sentía muy afligido porque no podía (reemplaza a Carlos Portaluppi).
En una semana me aprendí el texto y voy a estar hasta que pueda volver. Y eso sucedió de repente.
Fueron días complicados porque tuve que abocarme a eso y Leticia se hizo cargo de la casa y de nuestra hija porque asimismo esa misma semana estrené Vivitos y coleando 2. Fue una semana de mucho estrés por una decisión que nadie tomaría, temeraria, pero que necesito hacer porque soy un trabajador. —Hace treinta años que te ganas la vida actuando, ¿tenés alguna actividad paralela que te sostenga cuando no hay proyectos artísticos?—Solo actuamos y damos clases.
Hace un montón de tiempo que no damos clases porque los tiempos de la actuación no nos lo permiten y eso nos pone muy tristes porque nos encanta la docencia. Nos apasiona.
Aprendemos un montón dando talleres y evolucionamos compartiendo la experiencia. Estamos dando clases online para Miami ahora, pero no es lo mismo.
Y también viajamos mucho trabajando y aprovechamos para dar talleres. Este año voy a llevar El bululú a Colombia, a un festival de teatro en Carmen de Viboral, y vamos a dar talleres también.
Desde que nos conocemos, nos propusimos viajar y hacer improvisaciones, funciones, dar talleres. Conocemos muchos lugares del mundo. “Quería ser profesor de kung fu”—Hablemos de tus inicios, ¿cómo fue el despertar de tu vocación?—Mis padres son inmigrantes bolivianos que se instalaron en La Boca y se ganaban la vida cociendo.
Yo nunca había ido al teatro y me anoté en el Conservatorio de Arte Dramático por una materia que se llamaba Acrobacia, violencia en escena y esgrima. Quería ser profesor de kung fu.
Esa era mi vocación. Mi mundo eran las artes marciales. —¿Y tus padres qué te decían?—Mis viejos querían que yo estudiara una carrera; querían un título.
Entonces, cuando descubrí que había una carrera como la de actor nacional que tenía esa materia, pensé en que podía darles un título a mis viejos y estudiar una materia que me sirviera para lo que me gustaba. Por ese motivo fui hasta el Conservatorio, pero mi viejo dejó de hablarme durante tres años cuando le dije.
Vivíamos en un cuartito de cinco por cuatro. Toda mi familia.
Y era dura esa situación porque no me hablaba y yo no podía encerrarme en mi cuarto; no existía ese lugar. Dormía en un sofá. —¿Quién mediaba?—Mi mamá era la que mediaba entre nosotros.
Esa situación se prolongó durante tres años hasta que gané una audición en la que se presentaron cuatrocientas personas y eligieron a doce y yo estaba entre ellos. Debuté en la obra El delirio, donde era una especie de bailarín también.
Con la mitad de mi sueldo ayudaba en casa pagando deudas de alquiler y la otra mitad me la patinaba. Mi viejo empezó a preguntarse de dónde sacaba la plata y mi mamá le expresó que estaba trabajando de actor.
Fueron a verme y al día siguiente mi viejo me expresó: “Te quiero pedir perdón. Te cagué la vida.
Yo quería que fueras una persona respetable, que te pudieras valer por vos mismo. Por eso te obligaba a leer, a practicar caligrafía para que tuvieras buena letra”. —¿Cómo?—Sí, me hacía escribir con letras góticas con un plumón que él se trajo de Bolivia y tinta china.
Yo trataba de zafar siempre; lo hacía un rato, pero después quería salir a jugar. Después me expresó: “Hoy me doy cuenta de que sos esa persona que yo quería que fueras.
No entiendo nada, hijo”. Le respondí que no me había cagado la vida, que podíamos volver a empezar y a partir de ese momento fue mi mejor amigo hasta el último día de su vida.
Fue muy emocionante. Estaba siempre atento, dispuesto a ir adonde yo actuara y cuando llegaba tarde de cualquier lado, él se levantaba para calentarme el plato de comida.
Me preguntaba de teatro, cómo estaban mis amigos. Fue otra etapa de la vida en la que pudimos reconciliar todos esos años de dolor. —Tu mamá, en cambio, te apoyó desde el principio. -Sí.
Mi vieja lo vio desde el principio. Apenas empecé a estudiar, hice teatro callejero en La Boca y ella iba a verme actuar.
Un día me expresó: “Servís. Porque cuando fui a verte en la esquina de Caminito, entre el público estaba Bergara Leumann, y me paré al lado y cada vez que vos aparecías él comentaba: ‘qué bueno este pibe’, y así toda la función así que vos servís”.
Bergara Leumann era un hombre culto, distinguido, que tenía su programa de televisión de cultura general, en el que había tango, artistas plásticos, músicos, actores. Era un hombre muy extravagante y culto sobre todo.
Entonces, ese fue el aval para que mi vieja me defendiera capa y espada durante toda mi carrera, con mi papá, con mis tías. Porque en toda mi familia fue un escándalo.
La familia boliviana es comunitaria y todos opinan. No se acostumbraba a ir al teatro en mi casa y por eso para ellos era un mundo insólito, rarísimo, en el que yo me había metido, y por el cual estaba echando mi vida a perder. —¿Y alguna vez conociste a Bergara Leumann?—No, fue ese momento en el que él tuvo que estar para que mi vieja reforzara lo que sentía.
Esas cosas me han pasado mucho. Por ejemplo, una vez en El Bululú vino a verme Horacio Roca y al final de la función le agradecí y pedí un aplauso y conté que él me había tomado el examen de ingreso en la materia de actuación en el Conservatorio y me había dicho unas cosas hermosas de mi trabajo.
Dije que había entrado por él porque lo cierto es que rebotaban a mucha gente y yo, que nunca había ido al teatro, no tenía ninguna expectativa. Pero entré y él me expresó unas cosas bellísimas de mi trabajo en el examen de ingreso.
El día de la función me esperó, nos abrazamos y me expresó que nunca había trabajado en el Conservatorio, solamente un verano, en el año 1989, para hacer una suplencia de un docente. Y fue ese verano en el que estaba yo, creo que esos son accidentes de algún sueño flagrante [risas].
Para agendar View this post on Instagram —Vivitos y coleando 2 se puede ver en el Auditorio Belgrano (Virrey Loreto 2348), el próximo sábado 4 y 11 de julio, a las 17, y durante las vacaciones de invierno, de miércoles a domingo, a las 17. —El centésimo mono en Timbre 4, los viernes, a las 20.30, (Boedo 640).—Waminix en Timbre 4 en Timbre 4 (Boedo 640), desde el domingo 19 de julio, a las 16, y después en vacaciones de invierno de miércoles a domingo, a las 16.
Information from La Nación. Edited by: Noticias Today.
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