Hace pocos días, pasó algo que me movió el piso y me dejó el corazón temblando. Una señora lloraba sobre el cuerpo tendido sobre la acera de Ariel, el “guachimán”, mientras una pareja que regresaba de la feria del agricultor llamaba al 911.Llegaron los bomberos y auxiliaron a Ariel.

Su pareja no paraba de llorar y me comentó que no habían comido desde hacía un día. Asimismo, Ariel es epiléptico.

Su mochila verde, vieja y llena de huecos contenía una cajita con su medicamento. Tampoco habían podido bañarse, pues en el cuartucho donde se estaban quedando apenas salía un chorrito de agua.Perdón, Ariel.

¿Te escurriste entre las rendijas de la burocracia y la desidia? ¿Te dimos las herramientas para que pudieras alimentarte cuando eras niño?

¿Te ayudamos con uniformes? ¿Te acogió una comunidad preocupada por tu bienestar?No sé si te dimos la espalda, Ariel.

No sé cuál es tu historia. No sé cuántas puertas se cerraron, ni cuáles fueron esas puertas.

Solo sé que vivís en la calle y tratás de ganarte algunos colones cuidando carros.Continúo preguntándome: ¿qué estamos haciendo vos y yo? Sí, hay gente que les lleva comida a las personas indigentes durante las noches en San José.

Pero esto no sucedió en San José. Sí, existen personas y organizaciones que ayudan a los habitantes de la calle, pero no pueden asumir la atención de todos los que merodean por el país.¿Cuándo decidimos dejar de ver a nuestro hermano a los ojos y, para no ayudar, empezamos a esgrimir excusas relacionadas con las drogas, el alcohol o cualquier otro vicio?

Perdón, Ariel, es muy fácil cerrar los ojos y seguir caminando sin verte. No obstante, seguís ahí: con hambre, triste, sin esperanza, tendido sobre la acera.La situación de Ariel no es un caso aislado.

Cada vez se observan más personas deambulando por las calles, mientras las instituciones gubernamentales afrontan crecientes desafíos y limitaciones. Cuando una persona pasa un día sin comer, ya no se trata de un problema individual, sino de un problema colectivo.No sé cómo Ariel llegó a esa calle.

No sé qué decisiones tomó ni qué situaciones lo empujaron a vivir así. Lo que sí sé es que tenía hambre, que estaba desorientado, triste y posiblemente enfermo.También sé que hay muchos Arieles en todas las comunidades de Costa Rica y se asoman de vez en cuando para recordarnos una verdad incómoda: es más fácil acostumbrarnos a la indiferencia que abrir el corazón al sufrimiento ajeno.

La indiferencia es el primer paso para perder nuestra humanidad. Actuemos ya.catequesissanrafaelheredia@gmail.comAna Lorena Frías Chaves es docente jubilada.