Si hay una melena con la que siempre he estado obsesionada, esa es la de Cindy Crawford en los 90. Ya sabes: un pelo con volumen, movimiento y un aspecto desenfadado casi insultante.

Tenía esa cualidad tan frustrante de los buenos peinados: parece fácil de conseguir, pero esconde más trabajo que el que requiere la construcción de una catedral gótica. Durante años estuve convencida de que, si conseguía replicarlo, mi vida sería automáticamente un poco más glamurosa.Seguir leyendo