Mascha Schilinski: la feminidad intemporal

Hay cineastas a quienes basta un par de largometrajes para probar su valía estética y narrativa. Ese es el caso de la alemana Mascha Schilinski (1984), que a los poco más de cuarenta años cuenta ya con una obra fílmica digna de la mayor atención integrada por Die Tochter (2017) y Sound of Falling (2025).
En su debut titulado internacionalmente Dark Blue Girl, la directora sitúa el derrumbe de una pareja en un escenario suspendido fuera del tiempo al igual que la granja de Sound of Falling: una isla griega donde campean la pasión solar, las piedras blancas, el oleaje azul oscuro y la sensación de que los días se deslizan con una parsimonia hipnótica. Dentro de ese espacio de apariencia edénica, Schilinski desarrolla uno de los retratos más penetrantes del desconcierto infantil ante la separación de los padres que ha brindado el cine reciente.
Asociado a la despreocupación y el placer, el ámbito vacacional adquiere una inesperada hondura afectiva gracias a la visión de Luca, la niña de siete años que atestigua el reencuentro de sus progenitores con la mezcla de ansiedad, fascinación y perplejidad que sólo la edad temprana es capaz de crear.Die Tochter respira desde la altura de Luca. El mundo adulto aparece fragmentado en conversaciones entrecortadas, silencios repentinos, roces corporales, miradas cargadas de un pasado imposible de reconstruir del todo.
Schilinski comprende que los hijos únicos viven el divorcio bajo una presión particular: no existe un hermano con quien compartir la extrañeza, repartir el miedo o intercambiar impresiones sobre lo que ocurre. Luca permanece sola frente a la temperatura cambiante de sus padres, convertida en escrutadora involuntaria de un nexo sentimental que revive por minutos para volver a desmoronarse en seguida.La labor de Helena Zengel posee una fuerza fuera de lo común.
Su actuación evita los registros previsibles de la infancia cinematográfica. Luca observa, absorbe, interpreta, y hay escenas donde incluso parece escuchar aquello que los adultos callan.
Schilinski aprovecha el rostro de Zengel para examinar la manera en que la niñez aprehende las oscilaciones eróticas de los mayores sin alcanzar todavía a descifrarlas. El cuerpo de los padres resurge ante Luca bajo una luz desconocida: abrazos demasiado largos, discusiones que desembocan en caricias, instantes de intimidad entrevistos desde puertas entornadas o —lo más estremecedor— en el lecho compartido por los tres personajes que figuran a lo largo de la cinta sin ningún acompañamiento secundario, generando la impresión de un simbólico microcosmos familiar.
La niña comienza a intuir que el deseo también gobierna el comportamiento de quienes deberían ofrecer estabilidad.Esa intuición conecta con otro de los grandes aciertos de la película: la convivencia entre la sexualidad volcánica de los adultos y la primera flama sensual de la infancia. Schilinski capta el despertar perceptivo de Luca con una delicadeza sobrecogedora.
El contacto de la piel salada, los cuerpos húmedos bajo el sol mediterráneo, las exploraciones del propio cuerpo y las miradas curiosas hacia los adultos forman parte de una sola corriente sensorial. La directora asume la niñez no como un territorio inocente y aislado sino como un lapso cruzado por pulsiones todavía imprecisas, por una energía física que busca nombres y direcciones.La atmósfera meridional de Die Tochter impregna toda la experiencia visual diseñada por el fotógrafo Fabian Gamper.
El calor se adhiere a los personajes, ralentiza sus movimientos y exacerba su voluptuosidad. La isla griega funge casi como una entidad orgánica que amplifica la tensión sentimental de la pareja y la vulnerabilidad de Luca.
Los colores luminosos, el rumor del mar y las noches tibias producen una sensualidad tenaz que termina envolviendo hasta los instantes más incómodos que proliferan en la trama.Resulta fascinante constatar cómo varios de los temas que Schilinski llevará después hacia regiones más sombrías ya se hallan aquí en estado embrionario. En Sound of Falling, su obra maestra, la directora abandona el resplandor mediterráneo para ingresar en un ambiente crepuscular donde la feminidad está ligada a la evocación, la violencia latente y los ecos de distintas generaciones.
Ese segundo largometraje apela a una construcción narrativa más compleja y una ambición visual de gran escala, pero el núcleo sensible sigue siendo el mismo: el estudio de las emociones femeninas desde una vecindad prácticamente táctil.Vista a casi diez años de su estreno, Die Tochter conserva incólume su capacidad para capturar el momento en que una niña discierne que el universo adulto está dominado por fuerzas contradictorias. Entre el resplandor del mar Egeo y las pulsaciones erráticas del deseo, Schilinski afinó desde su debut una voz artística de enigmática intensidad.***En el corazón de la comarca alemana de Altmark, dentro de una granja que parece erigida al margen del flujo temporal llamémosle normal, Sound of Falling despliega una de las arquitecturas cinematográficas más absorbentes y desconcertantes de los últimos años.
El segundo largometraje de Schilinski se interna en un enclave donde la memoria femenina, el deseo, la infancia, la juventud y la muerte se entrelazan a lo largo de un siglo para engendrar una suerte de médium audiovisual: una cinta traspasada por voces, presencias y repeticiones que convierten el espacio doméstico en un organismo vivo poblado de ecos.La estructura de la obra abarca cuatro etapas diferentes —el periodo previo a la Primera Guerra Mundial, la década de 1940, los años ochenta y la actualidad—, todas enmarcadas en un único entorno rural. Schilinski, no obstante, evita cualquier recorrido cronológico reconocible.
El tiempo rota sobre su propio eje. Las escenas obedecen a un movimiento espiral en el que las décadas se rozan, se contaminan y se reflejan unas en otras mediante transiciones que operan como hechizos.
Un personaje surge fugazmente en una habitación y otro, perteneciente a otra fase histórica, ocupa después el mismo encuadre con idéntico gesto o una frase similar. Los rostros infantiles se multiplican.
Las madres envejecen y rejuvenecen. Las puertas funcionan como umbrales entre años.
La cinta entera cobra así la forma de una cámara de resonancia donde las vidas de Alma (Hanna Heckt), Erika (Lea Drinda), Angelika (Lena Urzendowsky) y Nelly (Zoe Baier), las cuatro protagonistas principales, laten simultáneamente en el centro de la intemporalidad.Extraordinariamente innovador, ese dispositivo narrativo encuentra cohesión en una serie de elementos recurrentes que atraviesan las cuatro etapas. La palabra “tibio”, pronunciada en contextos diversos, brota una y otra vez con una extraña carga anímica ligada al afecto, el cuerpo y la descomposición.
También está la mosca que irrumpe en determinados momentos clave, pequeño heraldo de la fatalidad que anuncia una cercanía inquietante con la muerte. Y sobre todo el sonido de una aguja al caer en un gramófono: un chasquido breve, metálico y ominoso que reverbera a lo largo de todo el filme y deviene uno de sus emblemas secretos.
El título de la película se condensa en ese instante sonoro que abre el acceso a un orbe freudianamente espectral.Las cuatro protagonistas tienen vivencias vinculadas con el despertar sexual, el incesto y la desaparición física dentro de una atmósfera donde la vigilia y el sueño se confunden permanentemente. Alma descubre el cuerpo y la esfera mortuoria desde una mezcla de fascinación y terror.
Erika contempla la devastación emocional legada por la amputación supuestamente redentora de una extremidad en su tío Fritz (Filip Schnack), el hermano mayor de Alma, mientras la finca conserva reverberaciones enfermizas del pasado familiar. Angelika experimenta la adolescencia bajo una sensación ambivalente de amenaza y lujuria, como si los corredores y las estancias almacenaran incógnitas transmitidas de generación en generación.
Nelly, instalada en el presente, hereda todas esas sombras sin entender del todo su origen. Cada una de ellas está habitada por las otras, enlazada a una cadena invisible que se eslabona durante décadas completas.Sound of Falling posee visualmente una cualidad fantasmal que remite al aura de Gerhard Richter, sobre todo a esos retratos donde las siluetas humanas son arropadas por veladuras borrosas que las aprisionan entre la definición y el desvanecimiento.
La fotografía de Fabian Gamper trabaja con tonos apagados, interiores húmedos y destellos lechosos que hacen de la granja un auténtico ámbito mental. El diseño sonoro de Billie Mind resulta decisivo para sostener la noción de irrealidad: murmullos lejanos, crujidos domésticos y respiraciones amplificadas suscitan la impresión de que cada aposento conserva sedimentos acústicos de otras épocas.
La edición de Evelyn Rack entrevera periodos y cuerpos mediante asociaciones intuitivas, instaurando un ritmo en el que los cortes se antojan guiados por impulsos subconscientes.La unidad lograda por Mascha Schilinski y su coguionista Louise Peter posee una potencia inaudita. Todo en Sound of Falling obedece a una misma palpitación secreta: la imagen, el sonido, la fragmentación temporal y los silencios cimentan una odisea estética profundamente perturbadora, destinada a perdurar en los anales del cine contemporáneo.
La granja de Altmark se transfigura en un receptáculo de voces femeninas atrapadas entre generaciones sobrevoladas por la crueldad, un espacio liminal donde el tiempo cae pausadamente con el sonido seco y siniestro de una aguja sobre un vinilo que no puede ni quiere parar de girar. AQ / MCB
Information from Milenio (México). Edited by: Noticias Today.
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