Los códices, palabra que derivaba del “codex”, cuyo significado era tablilla o tronco, reemplazaron a los rollos, y a partir del siglo IV se volvieron casi que una regla en el Imperio Romano. Los primeros cristianos fueron quienes más los utilizaron, pues entre otras ventajas, les ofrecían la de minimizar las falsificaciones.

Entrega XIV de la serie Rumbos de democracia. Códice Sinaítico, la copia más larga y antigua de la Biblia Griega.WikicommonsUna de las principales transformaciones, posible gracias a la estructura del Imperio Romano y a sus códigos de disciplina y voluntad por dejar testimonio de lo que ocurría, de lo que se creaba y se decidía, fue la lenta pero segura conversión de los rollos de papiro, que duraban a lo sumo trescientos o trescientos cincuenta años, en códices.

Aquel proceso, que se dio entre los siglos II y IV después de Cristo, y que tuvo un especial protagonismo por parte de los primeros cristianos, fue lento y a veces, tortuoso. Como escribió Peter Watson, autor de “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, “Mientras los códices paganos eran una rareza en el siglo II, eran, por el contrario, algo bastante común en los textos cristianos.

Esto puede haberse debido al interés de estos últimos por diferenciarse de los paganos, o quizá también a que los códices fueran más baratos que los rollos”.Hasta el siglo II, la única alternativa que existía para los rollos eran las tablillas, tableros cubiertos de cera cuyas impresiones eran fácilmente borrables, lo que los hacía muy útiles para escribir ideas, borradores de cartas y demás, y que los maestros solían usar con bastante frecuencia en sus clases. Con el tiempo, aquella costumbre de pegar tablillas y escribir allí se empezó a llamar “códice”, que significaba, precisamente, tablilla o tronco.

Los romanos unían las tablillas, y más tarde, las hojas de pergamino, con lazos de cintas, cordeles, o con broches. Según Watson, “Marcial es el primer autor que menciona la aparición de obras literarias en forma de códice (en un poema de la década del 80 d.

C), pero la costumbre al parecer no resultó popular en aquella época, y aunque en el siglo II ya era más común, sólo triunfó en el siglo IV, al menos en el ámbito de la literatura pagana”. Le puede interesar: De escribas y clásicos (Rumbos de democracia XIII)El cambio se dio cuando los escribas y los cuidadores de textos, por llamarlos así, comprendieron que el papiro no era una garantía de “eternidad”.

Temían que la historia, o el testimonio que les había llegado a ellos, desapareciera. Los rollos de papiro eran robustos, mientras que los novedosos códices se cargaban y llevaban con mayor ligereza, lo que implicaba que se leyeran también con mayor facilidad.

Asimismo, las hojas estaban numeradas, lo que les permitía a los escribas hallar lo que buscaban no sólo con mayor precisión, sino con más velocidad. Todas aquellas razones desembocaban en una crucial, el costo de los códices.

Pese a que para muchos investigadores el precio fue decisivo, otros, como L. D.

Reynolds y N. G.

Wilson, autores de “Scribes and Scholars: A Guide to the transmisión of Greek and Latin Literature”, también dejaron constancia de los motivos que tuvieron los cristianos en usarlos.Como lo escribió Watson, citándolos, “Es mucho más probable que los cristianos hubieran recurrido al códice por una razón completamente diferente: debido a su formato, con páginas numeradas e índices de contenido, la interpolación de falsificaciones en un códice resultaba mucho más difícil. Para una religión joven, preocupada por la fidelidad y autoridad de sus Escrituras, las ventajas del formato códice debieron ser considerables”.

Con los códices, y por ellos, los primeros cristianos podían llevar consigo con mayor facilidad la palabra escrita, y en un solo códice podían incluir varios evangelios, o todos, por ejemplo. De alguna manera, la relación entre aquellos códices, precursores de los libros modernos, y el cristianismo, fue decisiva para la transmisión de su credo y su testimonio, y sentó las bases de lo que muchos años más tarde sería “el libro”.

Algunos de los códices más trascendentes que escribieron y conservaron los primeros cristianos una vez cesó la persecución a la que habían sido sometidos fueron el Códice Sinaítico, la copia más larga y antigua de la Biblia Griega, el Códice Vaticano, como el Sinaítico, originario del siglo IV, y cuyo contenido eran los manuscritos del Nuevo Testamento, y el Códice Alejandrino, proveniente del siglo V, uno de los manuscritos más importantes para el estudio de la Biblia. Aquellos documentos, el buen estado en el que se conservaron, la identificación que consiguieron transmitir sobre la relación códice-cristianismo, entre otras varias razones, hicieron que los cristianos pudieran multiplicar su credo, su dios, los evangelios y la Biblia y colaboraron para que, con el tiempo, lograran convertir su fe en la religión con mayor cantidad de seguidores en el mundo.Le sugerimos: La ley de las XII Tablas, el origen del derecho y la base de la República romanaEl cristianismo se mantuvo y casi que se formó con y por la palabra escrita, más allá de que algunos de sus más fieles creyentes fueran prácticamente analfabetos.

Igual, los analfabetos, como los escribas y los más estudiosos asimilaron el catecismo gracias a la palabra, bien fuera por oralidad y memoria, por las lecturas que se solían hacer entre ellos o porque hubieran leído directamente los textos que consideraban sagrados. Los primeros cristianos comenzaron a estudiar las escrituras hebreas, desde la versión de los griegos de la Septuaginta, pero no sólo ese libro, los Evangelios o el Antiguo Testamento hacían parte de su cultura religiosa.

Con el tiempo, escribieron sus propias epístolas y textos didácticos. Incluso, como lo dejó muy en claro Voltaire en su diccionario filosófico, en los primeros siglos se crearon por lo menos 80 evangelios distintos.Siga leyendo: Las consecuencias del senado vitalicio en Roma (Rumbos de democracia XI)