Borges y su postrera cátedra de liberalismo

La reciente conmemoración por los 40 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges en la entonces inopinada Ginebra –elección magníficamente explicada por la gran escritora Alina Diaconú (Clarín, 11/6/26)– invita a reflexionar acerca de la peculiar relación de los argentinos con una suerte de “pasionalismo” masivo, es decir, la exaltación de la masa guiada por desorbitadas pasiones como supuesto emblema de la mejor argentinidad.En efecto, la cavilada elección de Ginebra como destino para morir tuvo que ver no solo con la prevención que el más grande escritor de la lengua castellana desde Cervantes profesaba respecto del abuso de estas manifestaciones para sus decorosos parámetros, sino con algo más sutil y profundo que lo distinguió, al igual que a muchos otros argentinos, como es la discreta pero fervorosa preservación de la libertad del individuo para expresar sus emociones contra los riesgos de cederla al arbitrio del circunstancial mercachifle que logre imponerse sobre la veleidosa masa.Con inusitado espíritu profético se viene especulando en los medios de comunicación acerca de las mostrencas manifestaciones públicas que desató la muerte del Indio Solari y las que ya augura el corriente Campeonato Mundial de Fútbol, entre otras ocurridas en los últimos tiempos, advirtiendo públicamente acerca del riesgo político de que exista hoy en la Argentina un expectante aunque arrollador torrente de pasiones que pueda desbordarse sin dueño por las calles de sus grandes ciudades.Hasta numerosas publicidades parecerían haberse complotado en asegurar que la sublimación de las pasiones constituye la mejor forma de despertar la vanidad de un argentino para poder venderle algo, persuadiéndolo de que somos los campeones mundiales de la pasión, lo cual aunque es motivo de otro artículo, constituye una afirmación sociológica incierta pero de moda y, por ende, digna de estudio, pues icónicas personalidades argentinas como Rosas, Alberdi, Roca o Perón lo desmienten.En su última lección en vida, ese gran maestro del liberalismo y arquetipo indiscutible de argentinidad que fue Borges, se despidió enseñándonos a desconfiar de ceder nuestras emociones al descontrol de la masa o al apetito de los demagogos, y que la pasión, materia sensible e ignífuga por antonomasia, de la cual era un experto y a la cual supo como nadie procesar en un producto sublime, es un poderoso sentimiento de uso dual.Naturalmente, no se trata de denostar la idiosincrática y fecunda pasión argentina ni de poner en duda la autenticidad de las expresiones populares, sino de estar atentos a lo que los argentinos conocemos demasiado bien, como es el copamiento populista de la calle como forma de gobierno extraconstitucional.La glorificación de la pasión o la justificación automática de las masas volcadas a las calles no constituyen simpáticas anécdotas costumbristas, muestras para una sociología diletante o inofensivos juegos de entretenimiento, como lo recuerda el sabio artículo 22 de nuestra Constitución escrito, precisamente, con la sangre de infinitos trágicos episodios de nuestra historia, sino que importa el riesgo de ceder un enorme poder al arbitrio de lúmpenes sin nada que perder y de oportunistas con todo por ganar, pues cuando semejante instrumento se desata sin dueño, no faltará mucho tiempo para que lo encuentre, y no será aquel más sensato ni honesto, sino el más inescrupuloso y audaz.
Information from La Nación. Edited by: Noticias Today.
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